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Neurociencia para vivir mejor: La empatía en un cerebro cansado

Tener empatía significa poder entender y compartir los sentimientos, pensamientos y experiencias de otro individuo. Es ponerse en el lugar del otro, sentir lo que podrían estar sintiendo y mostrar comprensión y cuidado hacia sus emociones y situaciones. Es una habilidad clave para conectar con los demás y para mostrar compasión y apoyo. Sin embargo, existen situaciones estresantes que hacen que un cerebro cansado o extremadamente emocional muestre habilidades físicas y cognitivas mermadas, incluyendo nuestro nivel de empatía.

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El equilibrio entre la necesidad de supervivencia individual y la responsabilidad social hacia un grupo se ve afectado cuando el individuo se agota

La empatía no es exclusiva de la especie humana, aunque ñesta sí tiene capacidad para reflexionar sobre estos impulsos.

Tener empatía significa poder entender y compartir los sentimientos, pensamientos y experiencias de otro individuo. Es ponerse en el lugar del otro, sentir lo que podrían estar sintiendo y mostrar comprensión y cuidado hacia sus emociones y situaciones. Es una habilidad clave para conectar con los demás y para mostrar compasión y apoyo. Sin embargo, existen situaciones estresantes que hacen que un cerebro cansado o extremadamente emocional muestre habilidades físicas y cognitivas mermadas, incluyendo nuestro nivel de empatía.

Por ejemplo, recuerdo el día que un accidente en la montaña modificó la empatía del grupo. Un miembro se había quitado los guantes y se soltó de la cuerda que lo unía a los demás alpinistas. Quería capturar una foto épica a más de 5000 msnm. Según recuerdo, habíamos pasado seis agotadoras horas ascendiendo, tras una noche helada a -10°C y casi sin dormir. Sus dedos entumecidos fallaron. El frío y el sueño habían robado su agilidad, y el fallido intento reflejo desencadenó una caída vertiginosa.

Se deslizó muy rápido por el suelo de hielo. En menos de 30 segundos, descendió mucho de lo que nos había tomado horas subir, hasta que chocó violentamente contra unas rocas. Una hora más tarde, logramos llegar a donde estaba. Había sobrevivido con un tobillo lastimado, tal vez fracturado. Ya no podía caminar ni cargar.

Bajo condiciones de estrés, el cerebro debe equilibrar la necesidad de supervivencia individual con la responsabilidad social hacia un grupo. Este equilibrio se ve particularmente desafiado cuando el cerebro está agotado.

Un cerebro exhausto tiende hacia el egoísmo. Este conflicto interno nos enfrenta a un dilema: ¿ayudar al que está herido, a pesar del riesgo de ponernos en peligro, o centrarnos en nuestra propia supervivencia? Este dilema es una realidad de estrés cotidiano que, aunque no siempre se manifiesta de manera tan dramática como en una montaña, influye en nuestras interacciones diarias, ya sea en el trabajo, en la familia o en la calle.

Aquella ocasión alguien sugirió que debíamos dejar al herido ahí, en la montaña, para ir en busca de ayuda y regresar por él después. Pero el frío lo habría matado. El excelente líder que teníamos nos unificó como grupo, y pidió redistribuir la carga de su mochila y ayudar entre todos, poniendo el ejemplo él mismo.

Horas después, cuando nos detuvimos a comer, cada uno luchaba con su propia necesidad básica, además de cargar con la del herido. Mis reflejos también fallaron, y mi porción de comida resbaló de mis manos congeladas, cayendo en un charco de aguanieve color marrón. Sin dudarlo, la recogí y la devoré. La necesidad superó cualquier asco. Este acto me reveló cómo la línea cognitiva que divide lo correcto de lo incorrecto puede desplazarse bajo la presión de necesidades básicas, como comer, y surge la pregunta de hasta cuánto modulamos nuestros criterios en cuanto a la moral o la empatía.

La empatía, en esencia, no es exclusiva de los humanos. Se ha observado en elefantes que ayudan a miembros heridos de su manada, delfines que sostienen a compañeros enfermos en la superficie para que puedan respirar, e incluso en ratas que prefieren liberar a un compañero atrapado antes de obtener una recompensa de comida. Estos comportamientos, que parecen tan «humanos», tienen una homología cerebral. Sin embargo, creemos que lo que distingue al humano es su capacidad para reflexionar sobre estos impulsos y “decidir conscientemente” actuar en beneficio de otro, incluso cuando hacerlo conlleva un sacrificio personal significativo. Pero, ¿es realmente así?

Las neuronas espejo, descubiertas en los años 90, juegan un papel fundamental en la empatía. Estas neuronas están distribuidas en varias zonas corticales y se activan no solo cuando realizamos una acción, sino también cuando vemos a otros realizarla. Su conexión con la subcorteza genera emociones similares a las que el otro experimenta, y la activación de vías de oxitocina puede generar culpa y vergüenza, promoviendo la ayuda y disminuyendo la probabilidad de lastimar a otro. Es como si nuestro cerebro simulase la experiencia del otro en algún grado, permitiéndonos «sentir» lo que el otro siente. Este mecanismo es crucial para la empatía, pero también tiene sus limitaciones. Un cerebro agotado puede «desconectar» este proceso en favor de la autopreservación.

La empatía, tanto en humanos como en animales, está profundamente ligada a cómo el cerebro procesa experiencias emocionales en función del estado de equilibrio energético del cuerpo. En otras palabras, la capacidad de ser empático depende de tu propia reserva energética. Cuanto más agotado estás, menos energía queda para preocuparte por los demás. Este fenómeno es observable en situaciones de estrés y fatiga extremos, donde la prioridad del cerebro se desplaza hacia la supervivencia individual.

Piensa, en un ejemplo más cotidiano, en que debes despertarte a medianoche para ir a conseguir agua para alguien sediento. La capacidad de hacerlo, y de hacerlo con empatía, depende de cuán descansado estés. Cuando no dormimos lo suficiente, nuestro cerebro disminuye la capacidad de sentir empatía, es decir, de entender y compartir los sentimientos de los demás. En un estudio, se observó cómo las personas con insomnio reaccionan menos ante imágenes dolorosas y su cerebro no reaccionó tan intensamente como lo hizo en el grupo que durmió bien.

Esto sugiere que, aunque a simple vista parezca que la falta de sueño no cambia mucho nuestra empatía, en realidad, el cerebro está respondiendo de manera diferente. Las personas con insomnio o estrés crónico podrían tener más dificultades para prestar atención o procesar correctamente las señales de dolor en los demás, lo que podría reducir su capacidad para sentir empatía.

Quizá la máxima expresión de compasión ocurre cuando uno logra ver por los demás a pesar de tener una necesidad similar o incluso contraria, como en el caso de sacrificar sueño para cuidar de otro. Las madres experimentan durante varios meses posnatales situaciones similares al alimentar bebés cada cuatro horas.

La neurobiología de la empatía nos muestra que este sentimiento, tan esencial para la cohesión social, no es un recurso infinito. Está condicionado por las reservas energéticas del cuerpo y puede verse comprometido en situaciones de extrema fatiga.

Sin embargo, es precisamente en estos momentos de mayor agotamiento cuando la empatía puede tener el impacto más profundo, no solo en los demás, sino también en nosotros mismos, forjando un sentido de conexión y propósito que trasciende las circunstancias inmediatas. Si quieres marcar positivamente la vida de alguien, sé empático cuando más lo necesita. Te garantizo que tu propio cerebro encontrará la manera de recompensarte. Indiscutible verdad.

Genaro A. Coria-Avila
gcoria@uv.mx |  + posts

Instituto de Investigaciones Cerebrales / Universidad Veracruzana /

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