Fue huérfana de padre desde una edad temprana, pero tuvo el apoyo —moral principalmente — de una madre que no supo arredrarse ante ninguna circunstancia. Atravesó por vituperios y calumnias, envidias y sinrazones propias de una época donde la mujer y un mueble eran igualmente valiosos; aún así, su espíritu inquebrantable nunca la dejo claudicar para convertirse en una de las hijas más notables de México, nos referimos por supuesto a Matilde Montoya, la primera doctora mexicana, quien falleció un día como hoy, pero de 1938.
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