El disfrute que causan los libros es algo más profundo que un simple regocijo pueril
En 1992, con su libro Como una novela, Daniel Pennac (1944) puso un poco de saludable desorden en los rígidos ideales de la denominada promoción de la lectura. Pero otro tanto de ese desorden, ya no tan saludable, lo pusieron, y a veces lo impusieron, quienes “aplicaron” a rajatabla la célebre sentencia del escritor y docente francés: “Por inhibida que sea, cualquier lectura está presidida por el placer de leer”.
A partir de este concepto como premisa, algunos entendieron, y entendieron mal, que, absurda, paradójicamente, debíamos exigir que los lectores revelaran o evidenciaran placer, al entrar y salir de los libros desde una perspectiva de “entretenimiento” y hasta de “diversión”. Placer a cualquier costo, pero no en la acepción principal de dicho sustantivo (“goce o disfrute físico o espiritual producido por la realización o la percepción de algo que gusta o se considera bueno”), sino en la secundaria, previsible y no pocas veces insustancial: “diversión, entretenimiento”, de acuerdo con la última edición del Diccionario de la lengua española de la Real Academia.
No se quiso comprender que Pennac, en su mismo libro ya citado, ofrecía también una complementariedad: “Están los que jamás han leído y se avergüenzan de ello, los que ya no tienen tiempo de leer y lo lamentan, los que no leen novelas, sino libros útiles, ensayos, obras técnicas, biografías, libros de historia”. En vez de comprender esto como un argumento complementario, desprendimos de él, erróneamente, que las lecturas útiles no eran importantes como las inútiles, las de gratuidad y, especialmente, las literarias por excelencia, que monopolizan, según este error, el placer y la gratuidad. Queda claro que la literatura es, por definición culta, una “inutilidad”, un goce, un disfrute que sólo niega su razón de ser cuando se impone como una tarea, como una obligación escolar, como un castigo. Más aún si Pennac, para reforzar su discurso del placer textual cita a Rousseau cuando éste afirma: “La lectura es el azote de la infancia y prácticamente la única ocupación que sabemos darle”.
Pero no vayamos tan aprisa en las alabanzas del pedagogo Rousseau. ¡Ay, Rousseau!: es el mismo que amaba tanto a la humanidad y a la naturaleza, el mismo que sentó las bases de la pedagogía, el autor de Emilio o De la educación (1762), pero ¿no es acaso también el mismo que no tuvo reparo en deshacerse de sus hijos entregándolos a los orfanatos de la beneficencia pública “abarrotados de niños abandonados”, como bien lo explica y documenta Paul Johnson en su prodigioso libro Intelectuales?
Dejémonos de ñoñeces. No entendimos bien a Pennac y creímos en las buenas intenciones de Rousseau, a pesar de que Roland Barthes, en El placer del texto (1974), casi dos décadas antes que Pennac, ya nos había avisado de lo más importante en torno a este tópico: “El texto de placer no es forzosamente aquel que relata placeres; el texto de goce no es nunca aquel que cuenta un goce. El placer de la representación no está ligado a su objeto”. Y, además, por si ello fuera poco, remata Barthes, “todo el mundo puede testimoniar que el placer del texto no es seguro: nada nos dice que el mismo texto nos gustará por segunda vez; es un placer que fácilmente se disuelve”.
Hemos estereotipado el placer con algo que no le pertenece forzosamente: la puerilidad y la banalidad que llevan a la “diversión” (“Leer es divertido” les decimos, como consigna y lema, a los lectores y, especialmente, a los niños y a los adolescentes). Creemos que el placer del texto lo despierta la puerilidad, y hay un montón de gente que escribe hoy con ñoñez para lectores ñoños, porque supone que el placer del texto equivale a diversión, dispersión y regocijo, en su peor sentido.
No advertimos la enorme incongruencia que hay en ello, y nos falta regresar no a Pennac, sino a Barthes, cuando escribe: “Placer del texto. Clásicos. Cultura (cuanto más cultura, más grande y diverso será el placer). Inteligencia. Ironía. Delicadeza. Euforia. Maestría. Seguridad: arte de vivir”.
¿La lectura, cosa de risa?
¿Puede un lector de libros científicos gozar la lectura? ¡Por supuesto que puede! Más aún si su gusto, su placer está en el descubrimiento del conocimiento científico. ¿Puede un historiador sentir placer cuando escribe y cuando lee acerca de la historia? Puede, por supuesto, como lo pueden experimentar también otros lectores amantes de la historia y, quizá, de la arqueología, de la antropología, de la historiografía y otras ramas del conocimiento científico sobre el pasado remoto.
Por otra parte, decir que las lecturas de La guerra y la paz, de Tolstói, y Crimen y castigo, de Dostoievski, son “divertidas”, es frivolizar y faltarles al respeto a estas obras de tan profundidad humana. Cierto, hay libros que pueden ser “divertidos”, en el sentido más amplio del término (digamos, como ejemplos, Gargantúa y Pantagruel, de François Rabelais, o Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain), pero aun éstos tienen un fondo satírico y de humor inteligente que va más allá de la risa o la sonrisa, mucho más lejos que la simple “diversión” o el elemental “entretenimiento”. Los mejores libros, incluidos los de sátira, ironía y buen humor siempre van allá del divertimiento.
Para cualquier persona inteligente, la risa no es necesariamente el signo inequívoco del placer. Menos aún la carcajada; esto es, la risa estruendosa. Hay socarrones que carecen de sentido del humor: son aquellos incapaces de reírse de sí mismos porque se sienten llamados a realizar grandes proezas y misiones de apostolado. Se toman tan en serio que no se reirían de sí mismos por considerar esta risa una afrenta a su sentimiento íntimo de suficiencia, gravedad, narcisismo y hasta sacralidad. Su socarronería, que esgrime contra los demás, a quienes detesta, trata de esconder su frigidez.
Esto también lo advirtió lúcidamente Barthes en El placer del texto: “nuestra sociedad parece a la vez tranquila y violenta, pero sin lugar a dudas es frígida”. Por ello anda buscando, en los libros “placeres fáciles”, para reírse “como loca” con cosas que sólo son irrisorias para los bobos. El escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia puso en su lugar a tales bobos: “Debo aclarar algo muy importante: yo no me burlo, no me río. Me parecería ridículo hacer un personaje con el único objeto de burlarme de él. Si mi lenguaje hace reír a la gente, allá ella. No me halagan cuando me dicen: ‘Ay, me reí como una loca o un loco al leer su obra’. No me gusta que me lo digan. En el fondo, está uno escribiendo para sí mismo… De cada hora que me divierto, tengo cien de trabajo. Para mí escribir no es una diversión. No acostumbro hacer bromas ni por teléfono, y la mayoría de los chistes que me cuentan me parecen siniestros”.
Y si alguien no entiende esta explicación de Ibargüengoitia es, simplemente, porque no sabe leer. Qué mayor placer, diría yo, que leer a Oliver Sacks (“cultura, inteligencia, ironía, delicadeza, euforia, maestría y, en fin, arte de vivir”, para decirlo con Barthes). O a Montaigne, Platón, Thomas Hobbes o a Karl Popper, y no por cierto a tantos guasones que han confundido el placer del texto con una deformación pediátrica cuyo mejor nombre es ñoñez.
*Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

Juan Domingo Argüelles
Poeta y ensayista, lexicógrafo y editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus últimos libros son <i>¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español</i> (Océano, 2021), <i>El vicio de leer: Contra el fanatismo moralista y en defensa del placer del conocimiento</i> (Laberinto, segunda edición, 2022), <i>Más malas lenguas</i> (Océano, 2023) y <i>Epitafios</i> (Laberinto Ediciones, 2024). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo; en 2024, el INAH y el Gobierno del Estado de Quintana Roo reconocieron su obra y trayectoria en el marco de la edición 35 de la Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia, y en noviembre de 2025 el Gobierno del Estado de Chihuahua le concedió la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América.
- Juan Domingo Argüelles
- Juan Domingo Argüelles
- Juan Domingo Argüelles
- Juan Domingo Argüelles







