A partir del auge de las redes sociales de internet se han producido generaciones perdidas de lectores de libros y, especialmente, de libros con un contenido inteligente además de placentero. No es lo mismo leer un libro, en el soporte que sea, que simplemente tuitear.
Nunca debemos olvidar, aunque haya gente torpe que banalice esto, el hecho de que, con los libros de Harry Potter, de J. K. Rowling, al finalizar el siglo XX y en la primera década del XXI (1997-2007) asistimos al milagro de que los niños y los adolescentes leyeran libros de 700 y 800 páginas de puro texto, sin monitos, sin imágenes, porque las imágenes, como es obvio, estaban en la imaginación. (Hace falta el estudio que examine objetivamente qué ocurrió con la “generación de lectores de Harry Potter”.)
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