Una de las rutinas que caracterizan el oficio académico contemporáneo es la elaboración de informes. Se trata del ejercicio de reportes individuales del desempeño académico a lo largo de un ciclo escolar, organizados en formatos donde se describen puntualmente la cantidad y calidad de las actividades realizadas y los logros obtenidos, acompañados por las evidencias correspondientes. Aunque los informes de los académicos son una práctica más o menos antigua en el ámbito universitario, su auge ocurre con la evaluación del desempeño del profesorado asociado a la permanencia o promoción laboral y, sobre todo, a la competencia por las recompensas económicas y simbólicas que representan los programas de estímulos pecuniarios a las/los académicos.
Esos informes suelen ser la base de las estadísticas que las autoridades universitarias y gubernamentales utilizan para mostrar los avances, estancamientos y retrocesos de la productividad académica de sus comunidades e instituciones. También sirven parcialmente para que las grandes empresas que promueven los rankings de las mejores universidades y programas profesionales o de posgrado realicen sus tablas de competencia cada año, que producen indicadores de calidad, reputación y prestigio en el campo de la educación superior nacional, regional o internacional. La idea de “universidades de clase mundial” se alimenta de la información estadística que producen las universidades a partir de los informes anuales de sus propios académicos.
El resultado es un generalizado ejercicio colectivo, entre académico y burocrático, cuyo sentido se diluye entre papeles, certificaciones, constancias, formatos electrónicos, números y estadísticas. Los informes convertidos en prácticas de memoria escolar y asedio burocrático muestran los límites de la libertad académica del profesorado, prácticas llenas de contradicciones, paradojas y absurdos de la vida universitaria, que en más de un sentido muestran el perfil de un relato kafkiano. ¿Para qué sirven constancias de participación en gestión colegiada de actividades, número de estudiantes tutorados o dirigidos per cápita, o las distinciones entre actividades de difusión o divulgación (nadie sabe muy bien cuál es su diferencia) realizadas por el profesorado en un semestre o año escolar? ¿A alguien le interesa saber a cuántos congresos, seminarios, talleres y cursos asistió un profesor en un año escolar? ¿Qué significado tiene todo eso?
En la vorágine de reportes anuales al SNII, a las autoridades universitarias o a la SEP, los informes se han convertido en aburridas crónicas académicas dirigidas a satisfacer objetivos difusos, repetitivos y frecuentemente contradictorios. Y en esos momentos de soledad y ansiedad gobernados por la urgencia de elaborar documentos que deberán ser rigurosamente firmados en tinta azul, es tentador volver la atención a Un informe para una Academia, uno de los relatos más célebres y quizá menos comprendidos de Franz Kafka, el gran escritor checo. Trata del informe de un simio que relata la experiencia de intentar convertirlo en un individuo medianamente educado, adiestrado en las pequeñas artes de los buenos modales, la deferencia hacia los demás, el aprendizaje de la lectura, la escritura y el habla. Es el testimonio de un experimento de cinco años que tiene el propósito de transformar a los animales en humanos, en el cual permanecen los instintos básicos de supervivencia y adaptación natural, donde los reflejos salvajes de un “mono libre” (como se autodenomina en primera persona el personaje de Kafka) coexisten con los comportamientos civilizados de los hombres. Después de todo, en el clásico relato kafkiano se mezclan la ironÌa y la ficción, los rituales y los instintos, la exhibición y el consumo diseñado para el espectáculo de un simio humanizado.
El relato es, en sí mismo, insuperable. Pero se inspira en las rutinas y rituales que forman parte de los hábitos delun informe homo academicus, los cuales conocía (y padecía) muy bien el propio Kafka a través de sus estudios universitarios en el campo del derecho y su experiencia profesional en varios bufetes de abogados en Praga. Rendir informes es una función no declarada de los académicos cada fin de año o ciclo escolar, que contempla actividades como las conclusiones de un proyecto de investigación, las tesis dirigidas, las tutorías a alumnos, los cursos de actualización, la productividad individual (libros, artículos, capítulos de libro), la gestión colegiada, las distinciones obtenidas. Desde hace décadas, esos informes a la academia se han convertido en actividades dirigidas a alimentar la rendición de cuentas sobre el desempeño del profesorado, y engrosar así las estadísticas institucionales que año tras año las autoridades universitarias elaboran para dar cuenta de la utilización de los recursos públicos que reciben.
No obstante, los informes a la academia se parecen cada vez más al relato kafkiano. No se sabe muy bien para qué sirve llevar un conteo de actividades de una profesión ejercida por individuos muy diversos, en condiciones muy distintas. Un buen amigo catalán —académico también— lo describe con una metáfora afortunada: tratar de ordenar los comportamientos del profesorado es como tratar de pastorear gatos. Celosos de su libertad académica, los profesores desarrollan sus actividades de muy diversas maneras, difícilmente cuantificables en formatos y estadísticas. La naturaleza del oficio es su complejidad y adaptabilidad a las diversas circunstancias socio-institucionales y a las características de las culturas académicas de disciplinas y profesiones. La desconfianza o el escepticismo que subyace a todo ejercicio evaluador se traduce en el críptico lenguaje de las métricas derivadas del soborno de los incentivos asociados a las políticas académicas contemporáneas.
Tal vez los informes académicos consistan en algo mucho más general y ambiguo, y quizá más interesante, que consiste en ejercicios erráticos para tratar de “internarse en la espesura” de datos y relatos, como recuerda el personaje de Kafka. Tal como concluye el simio frente al grupo de científicos que escuchan con interés los resultados del experimento: “Que nadie diga que no valió la pena. Por lo demás, no busco el juicio de los hombres; solamente quiero difundir conocimientos”.