Tenía más de veinticinco años sin ir a Nueva York, una ciudad que me encanta y siempre disfruto mucho, por su magnificencia, por su pluralidad étnica y cultural. Todavía me tocó con sus monumentales Torres Gemelas como parte esencial de su fisonomía de entonces, y regresar a la Gran Manzana sin ellas ha resultado impactante. Lo primero que hicimos fue visitar El Memorial de la ahora llamada zona Cero en recuerdo de las cientos de víctimas inocentes, que como en toda guerra absurda suelen ser los primeros en sufrir de manera colateral los horrores de las diferencias e inquinas ideológicas, de toda clase de fanatismos y excesos producto de la sinrazón y de la ignorancia. Muy conmovedor ha sido plantarnos antes sus dos fuentes donde el agua pareciera caer al infinito sin freno, como debió haber sido la caída de quienes se precipitaron al vacío sin otra opción de por medio. Para sanar en algo esta dura pero necesaria experiencia, volver a la Metropolitan Opera House era imprescindible, y con una nueva producción de la Aida, de Verdi, fue la ocasión idónea.
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