Hace más de veinte años, en 2003, mi amigo JVZ tomó asiento ante un piano desvencijado en el desvencijado hotel en el que nos alojábamos, junto con otros colegas, en el barrio de Saint-Germain-des-Prés, en París, se frotó las manos (hacía frío), se acomodó ceremoniosamente en el taburete e interpretó (creo no equivocarme) el Nocturno opus 9 número 2 de Chopin. Al concluir la interpretación, nada mal, por cierto, con su acostumbrada ironía, sentenció: “Ya puedo poner en mi currículum: ‘Ha tocado en París’”.
El sarcasmo de esta anécdota me lleva al tema de los políticos y las políticas (uso deliberadamente el desdoblamiento inclusivo de género) que, para darse importancia cultural (obviamente, simbólica) se ufanan en incluir en sus currículums, al enumerar sus títulos, diplomados y profesiones, este sorprendente oficio: “escritor”, “escritora”. Y es que, en un ámbito cada vez más desprestigiado y pleno de analfabetismo cultural, ya todos esos personajes que lo representan a usted (porque conste que no a mí) se dicen escritores. Igual que Balzac, igual que Stendhal; lo mismo que Kafka, Borges y Rulfo.
Creen ellos y ellas que ser escritor/escritora les confiere un aura de inteligencia y sensibilidad y, probablemente, hasta de genio. Antes, digamos hasta mediados del siglo XX, a ningún político, a ninguna política, se les hubiese ocurrido presumir esto que era lo menos presumible. ¿Qué político se habría atrevido a decir que era escritor, como timbre de orgullo, para pedir el voto? Sólo a un loco. ¡Ni José López Portillo lo hizo!
Pero ahora a esa que denominan, en un oxímoron monstruoso, “clase política”, cuando de lo que carece la política justamente es de “clase” en el sentido de “categoría” (ejemplo: “un bailarín de mucha clase”), le ha dado por apropiarse del sustantivo “escritor, -a” que, estrictamente, está definido a la perfección en el Clave, Diccionario de uso del español actual de la siguiente manera: “persona que se dedica a escribir obras literarias o científicas, especialmente si ésta es su profesión”, y con la mayor estulticia (o sea, con las patas), en el Diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española (RAE), en su primera acepción: “persona que escribe”.
Despertemos a la RAE como sugería Kafka: con el golpazo merecido para romper el mar helado que contiene su Diccionario. Resulta que, para el DRAE (Diccionario de la RAE), si “escritor” es la “persona que escribe”, “cantante” es el “que canta”, cuando lo correcto es lo que expresa en su segunda acepción: “persona que canta por profesión”. A nadie en sus cinco sentidos se le ocurriría, siguiendo las pautas del DRAE, poner en su currículum que es “cantante” nada más porque lo hace en la ducha, en su habitación, en el coche, sentado en el retrete o en el karaoke de la fiesta familiar. Pero entre los políticos también hay gente así… y hasta han grabado discos (poniendo de su bolsillo o a cuenta del erario), con sus deficiencias vocales (y bucales), sin importancia ninguna más que para ellos (en su ego).
En el caso del “escritor/a”, atendiendo a la definición de la primera acepción del DRAE, hasta el funcionario de los memorándums para hacer buen uso del sanitario en las oficinas públicas, es “escritor”. Al cabo, escribe que no debe desperdiciarse el papel sanitario ni arrojarlo a la taza del escusado, al igual que no se deben escupir los chicles en el urinario. Por ello, ¿por qué no habrían de serlo los políticos y las políticas que escriben mensajes en tarjetitas para que sus asistentes las transcriban en la computadora, cuidando, eso sí, de no reproducir sus faltas de ortografía? A esto hemos llegado: a que los analfabetos culturales, y ya no sólo funcionales, usurpen el oficio de escritor o de escritora, porque creen que esto les da importancia intelectual. Ignoran que incluso entre los escritores profesionales hay muchos que difícilmente destacan por su inteligencia y sensibilidad y algunos ni siquiera por su ortografía… aunque escriban y vendan muchísimos libros.
¿Todos somos todo?
Por otra parte, hay cosas que los autores del DRAE jamás comprenderán debido a su absoluta falta de lógica, y lo mismo pasa con la mayor parte de las personas que confunden, deliberadamente, según sus conveniencias vanidosas, la savia con la sabia. Llamar “escritor” a la “persona que escribe” y “cantante” “al que canta”, es como llamar “pianista” a la “persona que toca el piano”, esto es, a quien no ignora el arte de la música y es amante de ella al grado de tener nociones musicales y poder interpretar algo en el piano. Pero ser “pianista” es una profesión de grandes exigencias técnicas, conocimiento musical, habilidades, inteligencia y sensibilidad. Pianistas Claudio Arrau, Rajmáninov, Horowitz, Rubinstein, Barenboim, y hasta los profesores de los centros escolares que han hecho de este arte sublime su profesión y su modo de vida, pero no las personas aficionadas que pueden tocar el piano e interpretar algunas piezas, pero que no ejercen esta profesión.
¡Triste realidad! Hoy, todo el mundo que tenga un teléfono celular toma fotografías. Yo lo hago con frecuencia en mi jardín. Pero muy lejos estoy de ser fotógrafo, profesión que requiere algo más que hacer clic. Al rato, si no es que ya, habrá gente que ponga entre sus profesiones la de fotógrafo, nada más porque retrata cualquier cosa con su celular o se hace muchas selfis. En el caso de la pintura es lo mismo: no es “pintora” (así sea de brocha gorda), simplemente la “persona que pinta” las paredes y puertas de su casa. “Pintor/a” es, en primer término, la “persona que profesa o ejercita el arte de la pintura”, o bien “la persona que tiene por oficio pintar puertas, ventas, paredes, etc.”, según define este sustantivo el incongruente DRAE que no usa el mismo criterio en el caso de “escritor/a” y “cantante”. Lo mismo si me da por pintarrajear telas en caballete u otras superficies, como simple aficionado, no puedo decir que soy “pintor”, pues “pintor” y “pintora”, incluidos los de brocha gorda, son únicamente los que ejercitan el arte de la pintura como profesión y los que realizan el oficio de la brocha gorda, entre ellos los que se anuncian así: “Se pintan casas a domicilio”.
Pero esto también se da entre los graduados universitarios. Una persona que estudió la Licenciatura en Filosofía (como cierta política que emula a la que dice que es “escritora” porque publicó un librejo), asegura ser “filósofa”. En realidad, no lo es. La filosofía es algo muy superior y ni siquiera se necesita pasar por la escuela ni escribir un libro para serlo (tal es el caso de Sócrates, quizá el más grande filósofo de la historia). La política que presume ser filósofa, y que no es ni Hannah Arendt ni María Zambrano ni Martha Nussbaum ni mucho menos Hipatia de Alejandría, debe poner tan sólo en su currículum que es licenciada, maestra o doctora en Filosofía. La razón es muy simple: ninguna universidad en México entrega títulos profesionales de “filósofos” y “filósofas”, sino tan sólo del grado o del posgrado que se ha cursado: “Licenciada en Filosofía”, “Maestra en Filosofía”, “Doctora en Filosofía”.
Lo mismo pasa con los “abogados”. Las universidades mexicanas no entregan títulos de “abogado”, sino de “Licenciado en Derecho”. Para ser “abogado”, el Licenciado en Derecho”, tal como lo expone el DRAE, debe ofrecer “profesionalmente asesoramiento jurídico y ejercer la defensa de las partes en los procesos judiciales o en los procedimientos administrativos”. Aunque haya conductores de taxis que digan que son “abogados”, en realidad son “Licenciados en Derecho” que manejan un taxi debido a que no litigan por incapacidad o por falta de fuentes laborales. Esto me recuerda el célebre sarcasmo de Carlos Monsiváis: “Se solicitan cinco taxistas con posgrado y cinco abogados con bicicleta”.

Juan Domingo Argüelles
Poeta y ensayista, lexicógrafo y editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus últimos libros son <i>¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español</i> (Océano, 2021), <i>El vicio de leer: Contra el fanatismo moralista y en defensa del placer del conocimiento</i> (Laberinto, segunda edición, 2022), <i>Más malas lenguas</i> (Océano, 2023) y <i>Epitafios</i> (Laberinto Ediciones, 2024). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo; en 2024, el INAH y el Gobierno del Estado de Quintana Roo reconocieron su obra y trayectoria en el marco de la edición 35 de la Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia, y en noviembre de 2025 el Gobierno del Estado de Chihuahua le concedió la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América.
- Juan Domingo Argüelles
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