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¿Para qué sirve la poesía?

La belleza de unos versos no va a resolver nuestros problemas, pero la necesitamos para incitar nuestra inteligencia y sensibilidad

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Ante las crisis actuales, es normal preguntarse si aún tiene sentido leer o crear poemas.

Los lectores de poesía son minoritarios en todo el mundo. Muchos lectores (ocasionales o asiduos) argumentan que no leen poesía porque ésta no los “engancha”, no los atrapa, como sí lo hace la novela, ¡y hay que ver con qué novelas son atrapados y se convierten en rehenes de las mesas de novedades! Muchos no han leído a Balzac ni a Stendhal ni a Tolstói ni saben quién es Giuseppe Tomasi di Lampedusa, pero leen sin falta las novelas de temporada, y como la lectura es un gusto soberano, a nadie se le puede disminuir, como lector, porque la poesía no lo atrape ni lo enganche, así sea la de Hölderlin, Rilke, Baudelaire o Pessoa.

Leer por placer es una decisión libre, autónoma. Nadie tiene derecho a decirle a alguien que “debe leer” a equis autor, porque, de otro modo, está perdiendo su tiempo (aunque quien da este tipo de consejos crea, sinceramente, que, en efecto, es una pérdida de tiempo leer a un determinado autor). Para decirlo con el mayor énfasis posible: el derecho de escribir no significa que los demás tengan la obligación de leer lo que alguien escribe. Escribir y leer son derechos que no están concatenados. Y, en cuanto a lo que cada cual escribe o lee, no hay tampoco delito que perseguir. Tan lector es quien lee a Walter Rizo como quien lee a Shakespeare. Hay diferencia en el consumo de nutrientes culturales, pero fuera de los espacios públicos (por ejemplo, los centros escolares) nadie tiene derecho a exigirle a alguien que, en lugar de comer Doritos o Cheetos, se alimente de sopa de verduras y pescado.

Quiero decir, con esto, que hay libertades que no tienen una correspondiente obligación. La libertad de manejar un automóvil conlleva la obligación de respetar los semáforos. La libertad de fumar marihuana “para uso recreativo” va aparejada a la obligación de no exceder la posesión límite de gramos que establece la autoridad. El derecho al libre tránsito impone la obligación de que nadie (lo ejerza o no) impida a otros ese derecho. Pero no son los casos del arte y, en especial, de la literatura. Escribir no nos da derecho a imponerles a los demás la lectura de lo que escribimos. O, para decirlo con Jorge Ibargüengoitia: “que cada quien lea lo que quiera y, si no quiere leer, que no lea nada”. Pero, quienes leemos también tenemos derecho a decir, sin ofender: “Ellos se lo pierden”. O, con palabras de Javier Cercas: “Mi más sentido pésame”.

Cuando la gente dice que no lee poesía porque ésta no la atrapa ni la engancha, el poeta, como en el caso de Eduardo Lizalde, también tiene derecho al sarcasmo epigramático: “La prosa es bella / —dicen los lectores—. / La poesía es tediosa: / no hay en ella argumento, / ni sexo, ni aventura, / ni paisajes, / ni drama, ni humorismo, / ni cuadros de la época. / Esto quiere decir que los lectores / tampoco entienden la prosa”.

En cuanto a lo comercial, frente a la novela, la poesía pierde por goliza. Pero no quiere decir que la novela sea mejor que la poesía, sino que hay más lectores de novela que de poesía y también más editores comerciales dispuestos a publicar novelas que libros de poesía. La poesía no necesita dar siempre frutos maravillosos para que tenga un selecto sector de lectores lo mismo cursis que exigentes. Y también es verdad que muchos poetas, o aprendices de poetas, se han esforzado para no tener lectores, pues la poesía no consiste, simplemente, en escribir líneas cortadas. Y, sin embargo, quien hace esto, también está en todo su derecho.
Hay incluso un Día Mundial de la Poesía, que se celebra el 21 de marzo, establecido por la Unesco a partir de 1999, “para promover la diversidad lingüística, la expresión poética y visibilizar lenguas en peligro, reconociendo a la poesía como un arte que conecta a la humanidad y fomenta el diálogo y la paz a través de la creatividad y la imaginación” que, como puede ver el lector, es todo un rollazo demagógico nada más, y ese es el único día en que los medios de información dicen algo obligado sobre el género poético.

El año pasado, con motivo de ese día, un periodista universitario me mandó cuatro preguntas que, por diversos motivos, en especial de trabajo, no pude responder oportunamente y mis respuestas se quedaron en la computadora. La primera pregunta es: “¿qué importancia tiene hoy la poesía en nuestro país, ante tanta violencia?”. Hubiera podido decir que no lo sé, pero recordé, previsiblemente, a Hölderlin.

“¿Para qué poetas en tiempos de miseria?”, se preguntó Hölderlin. Su pregunta sigue resonando hoy y nos enfrenta a un dilema. Se refería el gran poeta alemán a la miseria moral y espiritual, más que material, que ha crecido en todo el mundo como una bola de nieve, y en nuestro país no es la excepción. México no es un país, es una fosa clandestina que los gobiernos, desde hace años, han querido ocultar. Es probable que no sean hoy tan importantes los poetas y ni siquiera la poesía, como bien lo entendió Javier Sicilia cuando determinó ya no escribirla más en un país tan lleno de injusticia, corrupción, violencia e impunidad. Pero la poesía, incluida la de Hölderlin sigue moviendo y removiendo la sensibilidad, la inteligencia y la historia. Me queda claro que los poetas no deben responder únicamente con poesía, pues, antes que poetas, son ciudadanos, y, como ciudadanos, están obligados a no mostrarse ciegos ante la tragedia que vivimos. No quiere decir esto que no puedan responder con poesía, pero tienen que ir más allá de la poesía.

Palabras sin sentimiento
Otra de las preguntas que me hizo el periodista se refiere a la importancia que tiene la poesía en un entorno sumamente digital. Le respondí, sin titubear, que hoy la poesía también puede convertirse en una simulación, en una mentira, en la posverdad. Con la inteligencia artificial tal parece que ya no se necesitan poetas, pero la “poesía” que produce la inteligencia artificial es tan exangüe, tan sin vida, que sólo se reduce a palabras sin sentido. Lo malo es que mucha gente cree que “eso” es poesía. Se equivoca por completo: la poesía sólo puede ser escrita con sangre, con sensibilidad, con sentimientos y con conocimiento de la historia poética. Hoy más que nunca la poesía importa, frente a las imitaciones de la IA carentes de toda verdad lírica.

No me sorprendió que el reportero me preguntara si la poesía debería cultivarse en las universidades, pues cabe decir que el reportero era de la UNAM. Le dije: por supuesto que debería ser así, si la universidad se precia de ser universidad, porque en las universidades muchísima gente no sabe leer poesía, o dice que no la comprende, que no la entiende, y por eso se entrega a leer narrativa; sobre todo, esa narrativa de simple entretenimiento o de tesis (que es la que está de moda hoy, sobre temas “candentes” del oportunismo woke), carente, por lo general, de toda profundidad. La gran poesía, cuando lo es, no sólo hace pensar y sentir, sino también comprender mejor el mundo y comprendernos mejor cada uno.

Por último, me preguntó si era posible calcular o tener un aproximado de cuántos poetas hay en México. ¿Cómo saberlo?, le respondí. La poesía siempre ha sido el género más practicado en el mundo, y México no es la excepción. En nuestro país hay miles de poetas y están por todas partes. Que la poesía que escriben sea buena, mala, regular, pésima y, excepcionalmente, excelente o genial, es otra cosa. Pero lo importante es que la poesía se lea y se ejerza más allá de que sea “profesional” o “excelsa”. Y no hay que olvidar la poesía popular que está en las canciones y en los corridos, lo mismo de ayer que de hoy. La poesía, dijo García Lorca, anda por las calles, y si no la advertimos es nuestro problema. Nadie se muere a causa de no leer o no escribir poesía, pero la vida de los que carecen de poesía, probablemente sea una vida más pobre que las vidas de los que aman y practican la poesía.

Juan Domingo Argüelles
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Poeta y ensayista, lexicógrafo y editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus últimos libros son <i>¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español</i> (Océano, 2021), <i>El vicio de leer: Contra el fanatismo moralista y en defensa del placer del conocimiento</i> (Laberinto, segunda edición, 2022), <i>Más malas lenguas</i> (Océano, 2023) y <i>Epitafios</i> (Laberinto Ediciones, 2024). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo; en 2024, el INAH y el Gobierno del Estado de Quintana Roo reconocieron su obra y trayectoria en el marco de la edición 35 de la Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia, y en noviembre de 2025 el Gobierno del Estado de Chihuahua le concedió la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América.

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