Te despiertas con la alarma, sabiendo que el caos está a punto de comenzar. Entras en la habitación de tu hija adolescente, quien se enreda aún más en las cobijas, como si quisiera escapar de la responsabilidad de levantarse. Insistes, primero con paciencia y luego con un toque de desesperación. Finalmente, aparece en la cocina, arrastrando los pies y con una expresión que grita: "odio las mañanas". Intentas iniciar una conversación amigable, pero ella te responde con un gruñido o un comentario sarcástico. Al recordarle que deben salir pronto, notas cómo se molesta y, con un suspiro exagerado, te recuerda que no quiere que la vean contigo cerca de la escuela. Todo esto te desconcierta: ¿cómo puede ser tan testaruda y perezosa, pero al mismo tiempo tan preocupada por lo que los demás piensen? Esta mañana no es única; es solo un fragmento del enigma que representa la adolescencia.
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