Las trayectorias vitales de cientos o miles de individuos que coexisten en los territorios de la educación superior siempre van acompañadas por ciertas tonalidades y sonidos. El silencio del campus es engañoso. Ruidos, murmullos y música habitan esos espacios coloreando la vida de los individuos, marcando sus experiencias con sonidos que suelen cambiar o alternarse a lo largo y ancho de sus vidas. La imagen plomiza de la política o la vida escolar universitaria, los ácidos de la incertidumbre sobre el futuro, los rituales de solemnidad que acompañan las grandes ocasiones, la reflexividad de los procesos de aprendizaje, o los momentos de soledad y las prácticas de convivencia, tienen como música de fondo tonalidades diversas, que hoy se transmiten usualmente por airpods conectados a teléfonos inteligentes. La imagen de miles de muchachas y muchachos con audífonos, caminando solitarios por los jardines y pasillos universitarios, escuchando quién sabe qué cosa, forman parte de la música del campus.
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