La inauguración de los pasados Juegos Olímpicos llamaron particularmente la atención, en un mundo tecnificado cada vez más proclive a no sorprenderse con nada, no solo porque con talento y creatividad echaron mano de la historia y el arte que a borbotones emana de cada uno de los rincones de su ahora otra vez sede París, con el gran río Sena como hilo conductor, sino además porque en su narrativa visual y sonora relució de igual modo un tono gozosamente provocador y muy ad hoc con un país y una Ciudad Luz que han sido protagonistas y/o detonadores de grandes movimientos revolucionarios en prácticamente todos los ámbitos. Con todos sus claroscuros a la vista, porque el transcurrir vivo y cotidiano está hecho de luces y de sombras, de aspectos unos sublimes y otros grostescos, como bien lo tenían consignado los románticos decimonónicos en su nomenclatura, Francia toda y París en lo particular han contribuido de manera notoria a que la historia avance, con todo lo que ello implica de triunfo y de derrota porque, como bien escribió el gran historiador inglés Arnold Toynbee, “la historia debe de pensarse, para hacerla inteligible, en términos del todo y no de las partes”.
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