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El caminante

El uso de inteligencia artificial en las universidades puede agravar las brechas sociales y quitarnos nuestra única defensa contra la destrucción

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Estudios han comprobado que el uso de bots para tareas de creatividad y pensamiento causa daños al cerebro.

En The Pedestrian de Ray Bradbury, un hombre camina por su vecindario en la noche, acostumbrado a la rutina de las casas, lo que aparece en sus pantallas. Después de años, conoce lo que consumen, los murmullos, las risas. El unísono de la rutina. Hasta que aparece la única patrulla en una ciudad de tres millones de habitantes y lo apuntan con una pistola. Es 2053 y ver a alguien libre, sin presión o prejuicios, es algo inaudito.

Los policías le cuestionan la razón por la que está fuera de su casa. Él argumenta que simplemente está caminando. ¿Por qué razón?, le cuestionan.

“Caminando por un poco de aire”. El policía insiste: “¿No funciona su aire acondicionado?”. Sí, responde. “¿No posee una pantalla en su casa?”, lo presionan.

Pero Leonard no tiene razón para estar fuera de su casa. Es algo que disfruta. Un bálsamo. Los policías deciden arrestarlo.

— “¿Trabajo o profesión?”.
—“Supongo que escritor”.
—“Ninguna profesión”, apunta el policía.

Y así, a Leonard lo mandan al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas.

Leí ese cuento en secundaria, una historia escrita en 1951, y se quedó conmigo. Tenía 12 años, quizás, y entendí la amenaza de la tecnología, del culto a ella, de lo que representa la deshumanización.

Para quienes hemos sido moldeados por el arte, es imposible explicar su importancia a quienes no han tenido la misma fortuna. El arte es ensayo, reflexión, indagación, cuestionamiento. Es lo más cercano a una máquina del tiempo, es ensayo y error. Es aspiración.

Cuando mi padre me invitó a ser reportero de este suplemento, y tuve la oportunidad de cubrir lo que importa en las universidades, entendí pronto: aquí, en las aulas, están las soluciones a todos los problemas del país. A todos.

No hay algo que se le escape a investigadores, profesores, maestros, doctores. En las universidades del país está la guía para un futuro brillante. El futuro que merecemos. Si alguien tiene el dedo en el pulso del mundo, son ellos.

Ver el auge de la IA generativa provoca la misma sensación de frustración. Ya hemos pasado por aquí. Ya sabemos qué va a suceder. Pero es la naturaleza humana atentar contra sí misma. El auge de la llamada Inteligencia Artificial, que no es otra cosa que aprendizaje automático, es el producto de moda en Wall Street. Es la gran apuesta de los billonarios que quieren más. Desde su introducción al mercado laboral, empresas adyacentes y ajenas a ella, han saltado a la nueva tendencia sin saber a grandes rasgos ni qué es.
Inteligencia artifical contra el conocimiento y la humanidad
En AI is Destroying the University and Learning Itself (La IA está destruyendo a la Universidad y al conocimiento mismo), Ronald Purser escribe que las herramientas nos ayudan a resolver labores, la tecnología cambia los ambientes mismos en que pensamos, trabajamos, y nos relacionamos.

Como observó el filósofo Peter Hershock, no simplemente usamos las tecnologías. Participamos en ellas. “Con las herramientas, conservamos nuestra autonomía: podemos elegir cuándo y cómo usarlas. Con las tecnologías, la elección es más sutil: redefinen las propias condiciones de la elección”.

Purser, profesor en San Francisco State University (SFSU), asegura que a los estudiantes no les están enseñando a pensar más profundamente, sino a escribir “prompts” más eficientemente.

Y recuerda el caso de octubre de 2025, cuando Perplexity AI lanzó un anuncio de Facebook para su nuevo navegador Comet, en el que aparecía un influencer adolescente que presumía de usar la app para hacer trampa en todos los exámenes y tareas. Y no era una parodia.

“La empresa literalmente pagó para difundir la deshonestidad académica como argumento de venta”.

Neil Postman advirtió sobre el surgimiento de una “Tecnópolis” (en su libro así titulado) cuando las sociedades entregan su juicio a imperativos tecnológicos, cuando la eficiencia y la innovación se vuelven bienes morales. Y ahí, me parece, está el talón de Aquiles de la IA. No hay argumento moral que sustente su existencia. Los propios “arquitectos de la IA”, como Time Magazine los llamó sin un dejo de ironía en una foto que emula, también sin ironía, la obra de otro artista, tienen problemas cuando se les cuestiona lo que implica.

Peter Thiel, el villano fundador de PayPal, ha renegado siempre de las prohibiciones tecnológicas como disuasorias de la innovación. Pero no hay nada innovador en lo que hacen. Todos los modelos de aprendizaje automático dependen de material intelectual ya creado y protegido por derechos de autor. Poco o nada les importa la innovación. Y menos la humanidad.

Hablando en el podcast Interesting Times con Ross Douthat, el conductor le preguntó si temía que la IA se estancara, volviéndose muy inteligente, pero creativa de una manera conformista.

“¿Preferirías que la raza humana sobreviviera?”, preguntó Douthat. Thiel hizo una pausa y no respondió de inmediato. “Estás dudando”, insistió Douthat. Mientras Thiel intentaba ordenar sus pensamientos, Douthat dijo: “Esta es una larga vacilación”. Después de su pausa, simplemente respondió: Sí.

Pero Thiel y los tecnobillonarios no reparan en el daño ecológico y social que implican sus esfuerzos. Mucho se ha escrito sobre el impacto que los servidores para IA requieren, en términos de daño a la naturaleza. Según el Washington Post, generar un texto de cien palabras en ChatGPT consume, en promedio, 519 mililitros de agua, el equivalente a una botella.

“Este consumo, que puede parecer mínimo en la escala de una sola consulta, se magnifica cuando se analiza el impacto a gran escala. Si solo el 10 por ciento de la población activa en Estados Unidos usara este servicio semanalmente, el consumo anual de agua ascendería a más de 435 millones de litros”.

El magnate de Silicon Valley, Marc Andreessen, citó un mensaje del Papa León XIV, instando a los líderes tecnológicos a cultivar el discernimiento moral al desarrollar inteligencia artificial, sistemas caracterizados por la justicia, la solidaridad y el respeto por la vida. Lo hizo señalando al Papa (¡AL PAPA!) como “woke” (la palabra de quienes no saben cómo quejarse cuando son llamados a cuentas), desestimando los llamados a la responsabilidad social o la ética tecnológica como parte de una campaña de desmoralización contra la innovación que ya lleva décadas.

Pero es que pedirles a los techbros que actúen, como llama la recomendación sobre la ética de la inteligencia artificial de la Unesco, con responsabilidad y rendición de cuentas y con transparencia y explicabilidad, es quitarles la esencia de lo que los hace techbros.

Thiel y otros inversionistas de Silicon Valley como Andreessen ven la regulación anti-IA como el Anticristo; no es casualidad que así le haya titulado a sus pláticas de evangelización tecnológica. Pero lo que buscan, y lo han dicho, es disrupción en la democracia mundial, particularmente de Estados Unidos.

No es casualidad que en las elecciones federales de Estados Unidos en 2024, las corporaciones cripto invirtieron 119 millones de dólares, casi el 44 por ciento de las contribuciones electorales. Quieren un asiento en la mesa. Y hacer lo que les plazca con la regulación.

Una startup vinculada a Peter Thiel quiere construir la “próxima gran ciudad” en Groenlandia. Con una financiación de 525 millones de dólares, Praxis pretende revitalizar la civilización occidental mediante una ciudad tecnolibertaria sobre una colina. No están escondiendo lo que están haciendo. Pero son tan obvios que la gente no escucha, distraídos por el algoritmo y la tecnología concebida para la distracción.

Y es que este sistema fue creado para eso: para dejar de pensar. Para la tecnología, para Wall Street y Silicon Valley, para el progreso de los pocos, el conocimiento estorba. Le llaman futurismo tecno-libertario para distraer de lo que realmente es: un truco de cartas.

En The AI Con, Alex Hanna y Emily M. Bender analizan a los pocos pero bien colocados jugadores que están posicionados para acumular mayor riqueza extrayendo valor del trabajo creativo de otros, datos personales y labor, y remplazándolos con facsímiles artificiales.

Alex Hanna y Emily M. Bender analizan a los pocos pero bien colocados jugadores que están posicionados para acumular mayor riqueza extrayendo valor del trabajo creativo de otros, datos personales y labor, y remplazándolos con facsímiles artificiales.

Pero la dependencia en la IA, dicen Hanna y Bender, no sólo es malo para los artistas; es malo para todos. El hecho de que los resultados de búsqueda en internet ahora comiencen con un resumen generado por IA, señalan, probablemente embote el pensamiento crítico.

Hanna y Bender citan una famosa y antigua regla de IBM: “Una computadora nunca puede ser considerada responsable; por lo tanto, una computadora nunca debe tomar una decisión de gestión”. Pero esa es precisamente la razón por la que algunos en el poder quieren entregar la capacidad de toma de decisiones a las computadoras: promete una utopía soleada de ganancias sin culpa.

La IA es la cura y la enfermedad: es la cura contra el pensamiento y el antídoto contra el cuestionamiento. Y es que su uso está afectando lo único tangible que nos diferencia de otros animales: el raciocinio.

Como probó un estudio de MIT, el uso de bots para tareas de creatividad y pensamiento, literalmente, destruye el cerebro.

Cuando los participantes en la prueba usaron ChatGPT para redactar ensayos, los escáneres cerebrales revelaron una caída del 47 por ciento en la conectividad neuronal en las regiones asociadas con la memoria, el lenguaje y el razonamiento crítico. Sus cerebros trabajaron menos, pero se sintieron igual de involucrados: una especie de espejismo metacognitivo. El 83 por ciento de los usuarios intensivos de IA no pudo recordar los puntos clave de lo que había “escrito”, en comparación con solo el 10 por ciento de quienes escribieron sin ayuda. Los revisores neutrales describieron la escritura asistida por IA como “desalmada, vacía y carente de individualidad”. Lo más alarmante de los resultados es que, tras cuatro meses de depender de ChatGPT, los participantes escribieron peor una vez que se eliminó que quienes nunca lo habían usado.

El estudio advierte que cuando se delega la escritura a la IA, la forma en que las personas aprenden cambia radicalmente.

No hay, como dice Martha Lincoln, profesora de antropología de SFSU, un racional pedagógico detrás del uso de la IA en el aula.

No se trata del éxito estudiantil, argumenta Lincoln.

La guerra por la concentración
Sobre el acuerdo que las universidades estatales de California firmaron con la compañía OpenAI, aseguró que “se quiere convertir esto en la infraestructura de la educación superior, porque somos un mercado para ellos. Si priorizamos la IA como fuente de respuestas correctas, estamos eliminando el proceso de enseñanza y aprendizaje. Simplemente estamos vendiendo a precios muy bajos”.

Incluso, si nos vamos a innovación, la IA como la conocemos no ha probado más que ser un modelo de aprendizaje automático. WorldTest, el nuevo punto de referencia creado por MIT para probar la comprensión de la IA sobre el mundo, puso a 517 humanos a competir contra modelos de IA. Según los resultados publicados, los humanos superaron consistentemente a todos los modelos de IA probados en 43 entornos diferentes y 129 tareas. El estudio de referencia midió tres capacidades fundamentales: predecir partes ocultas de las observaciones, planificar secuencias de acciones y detectar cambios en las reglas del entorno.

Es decir: no hay mejor herramienta que el cerebro humano. Pero las empresas que impulsan estos modelos dependen de la atrofia de nuestro intelecto para triunfar. Y ahí es donde la educación debe ser el arma.

Si dejamos a un lado el pensamiento crítico, el raciocinio y las humanidades, perderemos la guerra, porque estamos perdiendo la batalla. Aunque algunos países, como Suecia, están viendo ya las consecuencias de la presencia de pantallas en el aula.

En su momento elogiados por la adopción de tablets y portátiles en las aulas, ahora se están replanteando qué papel desempeña la tecnología en la enseñanza diaria. Y es que en 2023, el gobierno y los educadores suecos comenzaron a expresar su preocupación. Diversos estudios alertaron sobre la disminución de la comprensión lectora y la concentración entre los estudiantes suecos. Así, se hizo el anuncio oficialmente de que reduciría el uso de dispositivos digitales en los primeros grados, centrándose más en los libros físicos y la escritura a mano. Según Reuters, el ministro de Educación sueco enfatizó que “los estudiantes necesitan más libros de texto y menos tiempo frente a las pantallas”.

El gobierno declaró tasas de literalidad descendentes, problemas de concentración, reducidas interacciones sociales y crecientes brechas de equidad. Era lógico que pasaría. Pero suena las alarmas del mundo al que nos estamos introduciendo sin frenos.

De ceder ante los impulsos alarmistas de quienes nos quieren meter la IA hasta en la sopa, estaremos siendo corresponsables en condenar el futuro a un grupo de privilegiados que ven en la educación y la creación un estorbo. Y las universidades deben ser un bastión de lógica, razón y conocimiento. No sólo de servicio al mercado.

Y es que las empresas detrás de esta tecnología han empujado ciertos temores respecto a su futuro que muestran lo que esperan de la humanidad.

Tuve, insisto, la fortuna de estudiar en una universidad humanista como La Ibero. Hablamos de Herodoto, los griegos clásicos (increíble), los romanos (un poco menos), Santo Tomás de Aquino, Kierkegaard, Sartre, Baudrillard, Alfonso Reyes, et al, el boom latinoamericano, los siglos en medio, los siglos que vienen. Tuve la dicha de estar rodeado de libros, de cine, de museos, de arte. Y entiendo lo que podemos perder.

La educación es el único factor de movilidad social trascendente. El único. Lo que quieren es quitarnos esa capacidad de crear algo que luche contra lo que quieren establecer como una corriente furiosa que viene a cambiarlo todo. Quieren que exista una brecha más grande entre quienes tienen acceso a la tecnología y quienes no. Y el único antídoto contra la destrucción, si no física, sí intelectual de la humanidad, es abrir un libro y descubrir que el máximo enemigo de cualquier opresor, es el conocimiento.

Salvador Medina
Director Editorial del Suplemento Campus | Web |  + posts

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