Me instalé en México hace casi siete sexenios. Mis recuerdos se vuelven borrosos conforme se alejan del presente inmediato. Sin embargo, creo acordarme de que, a lo largo del periodo, los políticos y los investigadores señalaron constantemente la importancia de reconfigurar el sistema educativo. La idea cobró mayor relieve cuando sucesivas reformas ampliaron la escolaridad obligatoria. En paralelo, los académicos, afiliados como investigadores o docentes al Sistema de
Educación Superior (SES), deploraban discretamente y, luego, abiertamente que los estudiantes carecían de habilidades suficientes en expresión oral o escrita y en competencias matemáticas para desempeñarse adecuadamente en el nivel.
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