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In memoriam: Béla Tarr, el maestro del tiempo

Con un estilo de hondo enfoque filosófico y poético de la realidad, el realizador nos deja una escasa pero poderosa filmografía llena de riqueza y simbolismos

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Su estilo contemplativo ha trascendido a otros cineastas contemporáneos como el norteamericano Gus Van Sant.

Hay una insistencia patológica en reproducir constantemente
las mismas acciones en espera de que algo nuevo suceda. Es
una tendencia típica del ser humano. Lo que he intentado es
reproducir la vida.

B. T.

La obra del dotado realizador húngaro Béla Tarr (Pécs, 1955-Budapest, 2026) constituye un hito en el cine contemporáneo, que se reconoce por su singular estilo de hondo enfoque filosófico y poético de la realidad, de largos y pausados planos secuencia a través de los cuales el llamado maestro del tiempo consiguió construir su inconfundible poética. Como Rulfo, Tarr decidió parar —callar— muy prematuramente, porque consideraba ya haberlo dicho todo después de su notable y consagrante última gran película, El caballo de Turín, de 2011, donde la conocida anécdota nietzscheniana que marcó el declive mental y anímico final del autor de Así hablaba Zaratustra es el punto de partida y el detonador de una honda reflexión sobre “la pesadez de la existencia humana”.

Sus valiosas aportaciones al cada vez más extraño llamado cine de autor tienen que ver con su singular visión artística del quehacer fílmico, donde la mirada pausada del creador/pensador tiene un sentido y una razón de ser, un compromiso tanto estético como crítico. Muy ligado a la honda tradición cinematográfica de su país, Tarr siempre se sintió atraído por los relatos de la vida cotidiana, particularmente aquellos que reflejan la lucha de la clase trabajadora en la Hungría posbélica. A lo largo de su carrera, mantuvo una fértil colaboración creativa con su esposa, Ágnes Hranitzky, con quien construyó una más rica y panorámica mirada de la realidad en un mundo cada vez más complejo y entreverado —a través de una gozosa y a veces también tirante complicidad—, de eso que Milan Kundera llamaba “la insoportable levedad del ser”.

Desde sus reveladores inicios con Nido familiar de 1977 hasta su última obra maestra El caballo de Turín de 2011, a lo largo de casi treinta y cinco años de una no muy nutrida pero sí intensa creación, Béla Tarr creó un universo visual y narrativo que se aleja de las convenciones del cine tradicional y rompe con toda clase de estereotipos. Su estilo se distingue por el uso de tomas largas y un tempo deliberado y reflexivo, que invita a los espectadores a sumergirse en la atmósfera de narrativas igualmente meditativas y conflictuantes, porque la existencia misma lo es. Los planos de sus filmes no solo cuentan historias, sino que transmiten sensaciones y reflexiones sobre la existencia, el tiempo y la humanidad, lo que lo vincula con pensadores y creadores que continuamente se entrecruzan en esos pequeños pero maravillosos resquicios donde coinciden la reflexión poética y la creación de ideas.

La adaptación de Tarr de la novela Sátántangó, de su coterráneo László Krasznahorkai, con su duración de más de siete horas, es un claro ejemplo de su audacia artística, cuasi operística, wagneriana, desafiando las expectativas del espectador e invitándolo a un viaje contemplativo, de introspección, meditativo. Aclamado internacionalmente, este dilatado filme constituye un referente no solo dentro de su filmografía, sino también en la historia del cine; es considerado ya un clásico, más allá de que esté destinado a un público, por desgracia, cada vez más reducido. Ya decía el Umberto Eco de Obra abierta, y así lo pensaba Tarr, que la creación artística debe entenderse como un todo inacabado que la mirada contemplativa y crítica del observador/lector/escucha, según el lenguaje del cual hablemos, debe completar y cerrar, de acuerdo a sus propios vacíos y necesidades.

Su reconocimiento tardío, con galardones que incluyeron el Gran Premio del Jurado en Berlín o el Premio a Mejor Director Extranjero en Cannes, señala la evolución del gusto de ese público selecto y la crítica especializada hacia un cine más contemplativo y menos comercial, más comprometido y menos complaciente. Pero la influencia de Tarr ha trascendido a otros cineastas contemporáneos que reconocen la impronta de su estilo en su propia obra, como el norteamericano Gus Van Sant, que afirma haber aprendido con él a hacer un cine menos precipitado y más reflexivo. En la opinión de ambos, el cine (artístico y comprometido, por obvias razones) no puede, ni mucho menos, limitarse a entretener, sino que debe buscar la transformación, sacudirnos, inquietarnos.

La riqueza y el simbolismo de buena parte de su escasa pero compacta filmografía hacen de Béla Tarr un cineasta indispensable para comprender el panorama actual del cine, revelando cómo el arte puede profundizar en la experiencia humana para transformarnos y contribuir a hacer un mundo mejor, acaso menos injusto y más equitativo, al margen de sistemas y programas políticos que, por desgracia, siempre terminan las más de las veces por corromperse y llevar agua solo a su molino. Si el arte de adeveras consigue este propósito, ya habrá entonces cumplido con creces su cometido. Su legado perdurará, no solo a través de su filmografía, sino también de las nuevas generaciones de cineastas que se inspiran en su visión estética y filosófica.

Al recordar a Béla Tarr, es fundamental apreciar cómo su quehacer ha conseguido desafiar el tiempo y el espacio cinematográficos, creando una obra que continúa resonando con fuerza tras la búsqueda de la “verdad” y de la “verdadera esencia del ser”, recordando otra vez a Kundera. Con su fallecimiento, la comunidad cinematográfica pierde a un gran maestro, pero su esencia sobrevive en cada uno de sus sorprendentes fotogramas. ¡Descanse en paz!

Mario Saavedra
Escritor, periodista, editor | Web |  + posts

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