Desde hace décadas a América Latina y el Caribe se le considera la región más desigual del planeta. Es una desigualdad que se expresa de muchos modos: en el ingreso económico de las personas, en el acceso a los bienes públicos (empleo, vivienda, salud, educación), en el consumo de bienes privados, en los procesos de movilidad social, en las oportunidades laborales, en los niveles de bienestar y prosperidad a los que pueden acceder las distintas generaciones. Ese contexto de desigualdad persistente, donde los grupos de más altos ingresos y mejores condiciones sociales concentran las mayores ventajas del desarrollo y de la globalización, explica en gran parte los problemas de la pobreza multidimensional, exclusión social y migración forzada que hoy se observan en la región.
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