Universidad para los próximos tiempos

Hoy existe un llamado para establecer un nuevo contrato social para la educación superior para responder a la complejidad y los retos de las sociedades actuales

Lo deseable sería que las instituciones de educación superior públicas evolucionen a constituciones más abiertas.

La sociedad actual, se dice con frecuencia, es heterogénea, diferenciada y hasta fragmentada. México, por su parte, es un mosaico cultural y en los puntos en los que se divide el territorio hay distintas necesidades, y relaciones sociales específicas, que ahora se marcan, de alguna manera, por la tecnología de la información, los efectos de la pandemia del covid 19 o la violencia no controlada.

El país transita con un Estado que busca transformarse y transformar la realidad social, que pretende disminuir la desigualdad, romper la rigidez de la estructura en la que se encuentra la estratificación social, que divide y subraya a los grupos sociales a los que pertenecen las personas.

Al mismo tiempo, contrariamente, desde la esfera política se anima la polarización, a partir de contenidos ideológicos que distinguen a los llamados conservadores de otra cosa que no se define con claridad.

La incertidumbre, los nuevos miedos, la democracia inacabada, la falta de tolerancia y la desconfianza están a la orden del día. Es posible que, de aquí en adelante, vivamos situaciones de conflicto político por la orientación que se quiera imprimir al cambio social en esta tercera década del Siglo XXI.

Mientras la historia pasa, tenemos que ser capaces de revisar una buena cantidad de teorías sociales, que permitan interpretar y promover el movimiento de esta formación social concreta que se llama México, en este momento. Nuevos paradigmas que en la reflexión tengan en cuenta cómo mejorar la educación superior.

En el plano institucional, se trata de hacer un esfuerzo en nuestras universidades públicas, federales y estatales, para ir construyendo propuestas y lineamientos para instalar un nuevo curso del desarrollo en el que se defina el papel a jugar por parte de las instituciones de educación superior, tal que puedan realizar efectivamente sus propósitos institucionales, y definir nuevas estrategias para organizar sus funciones.

Hay varias cuestiones a discutir en medio de toda esta problemática. Una es cómo incentivar el aumento de la matrícula, calculando que muchos estudiantes abandonaron la escuela, por diversas razones. Tal aumento está vinculado al crecimiento de la planta académica, sus condiciones laborales y de retribución, y la existencia de infraestructura. Tener en cuenta que un tercio de la matrícula es de sostenimiento particular y que el peso de las instituciones privadas es variable por entidad federativa, lo cual habla de una diferenciación de distinto grado de las universidades públicas en el territorio nacional. Por ejemplo, en Yucatán la matricula privada alcanzaba un 47 por ciento mientras que en Sinaloa la cifra se ubicó en 11 por ciento en 2017 (Mendoza).

Cómo resultado de la pandemia, la educación superior en línea cobró auge. Y, otra vez, instrumentar esta modalidad tuvo un grado de dificultad distinto entre las universidades públicas. Algunas ya tenían sistemas abiertos desarrollados; otras tuvieron que enfrentar esta modalidad como problema. Hoy, la educación remota está consolidándose. Habrá que discutir qué papel jugará la educación en línea y cómo atender a distintos públicos. Habrá que desarrollar programas de licenciatura en varias disciplinas y programas de formación y actualización para todos aquellos que estando en el mercado laboral requieran renovar conocimientos. Tal vez, se tengan que abrir algunas maestrías y doctorados, que posiblemente se liguen a nuevos puestos de trabajo, que demandarán flexibilidad laboral y especialización técnica. Los programas por esta modalidad necesitarán ser muy rigurosos académicamente hablando. Desde luego, esta vertiente académica cohabitará en las universidades con la vertiente presencial, que también habrá que reformar. Ambas líneas estarán presentes en los cambios académicos y organizativos de cada universidad.

Pensar en la universidad pública que viene es un asunto inagotable e irreductible a unas cuantas líneas escritas. Pero algunas tesis generales son ilustrativas. El trabajo de los académicos de carrera podría organizarse en espacios colectivos, toda vez que necesita de la crítica positiva de los colegas, pero también de programar cursos y proyectos de investigación en colectivo que cubran objetos de estudio complejos, de importancia social, abordados de una forma inter o multidisciplinaria, a mayor profundidad y extensión. Una organización que vincule esfuerzos de varios académicos habrá de evaluarse centrada en la colaboración, más que en la meritocracia y la competencia insana.

La universidad seguirá como una institución concentradora de energías intelectuales y científicas, ocupada en “el análisis de los problemas sociales que padecemos” (Sierra). Es una casa de ciencia y un proyecto cultural desde las humanidades. Sería deseable que los cambios en la universidad pública lleven a constituir instituciones más abiertas, flexibles, inclusivas, que promuevan la igualdad de oportunidades, que estimulen la cooperación y la colaboración , y que sean capaces de responder a la complejidad y los retos de las sociedades de nuestro tiempo, en este Siglo XXI. En fin, hay un llamado para establecer un nuevo contrato social para la educación superior.

Sobre la firma
Programa Universitario de Estudios sobre la Educación Superior | recillas@unam.mx | Web

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