¿Cómo será la educación en 2030?

Al observar las tendencias actuales podemos reconocer algunas de las metamorfosis que ya han comenzado a gestarse en las aulas. ¿Estaremos preparados?

El pasado 4 de diciembre, se presentó en Madrid el libro La educación del mañana: ¿inercia o transformación?, editado por la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI). Presentamos un extracto del ensayo de Otto Granados Roldán con el que inicia el libro, en exclusiva para Campus.

Uno de los males de esta época cambiante y dominada por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación es que son tantos y tan veloces los acontecimientos que queda poco tiempo para pensar con distancia, profundidad y sosiego acerca del futuro. Entre la esquizofrenia colectiva que inunda las redes sociales, a veces parece un ejercicio fútil tratar de formular algunos escenarios previsibles a mediano plazo, pero de tarde en tarde hay que tomarse la calma de imaginar cómo será el mañana en que vivirán los niños y jóvenes que hoy acuden a las escuelas y universidades en todo el mundo, en particular en América Latina y el Caribe (ALC), nuestra región.

Desde que la humanidad existe, tres grandes pasiones han gobernado su vida: acumular poder, buscar la inmortalidad y adivinar el futuro. ¿Cómo será mañana la política, la sociedad y la cultura? ¿Cuáles serán las nuevas formas de organización comunitaria? ¿Existirán las fronteras y los estados tal como los conocemos ahora? Si realmente hay vida en otros planetas ¿alguien tiene derecho a colonizarlos? ¿La inteligencia artificial aplicada a la robótica podrá reemplazar las relaciones entre personas o descifrar con precisión cómo funcionan la conciencia, las decisiones éticas y los comportamientos morales? ¿Podremos manipular desde antes de nacer el código genético de los seres humanos no solo para identificar su conducta futura sino también para influir en ella en la vida cotidiana? ¿Cuentan los padres con el derecho de crear mediante modificación genética “bebés de diseño”?  ¿Debemos alterar nuestra huella genética para que las futuras generaciones no hereden posibles enfermedades o discapacidades? ¿Deben tener derechos los robots que son utilizados masivamente al servicio de personas, fábricas, hospitales o asilos? ¿Las máquinas y los seres humanos constituyen una modalidad de familia?  ¿Algún día pasaremos de tener una democracia representativa basada en el sufragio universal surgido en el siglo XIX a una especie de algocracia, es decir una democracia mediada por algoritmos y datos? En suma: ¿cómo será el mundo en las próximas dos o tres décadas?

Para los académicos acostumbrados a trabajar con el instrumental y la evidencia que ofrecen las ciencias sociales y de la vida, en particular la información estadística, los precedentes históricos, la genética, la biotecnología, la prospectiva y la investigación empírica, parece riesgoso tratar de responder a esas y otras interrogantes porque, en general, suelen resultar mejores cuando predicen el pasado que cuando se aventuran a explorar ese lugar llamado futuro. Esa actividad —dibujar el porvenir— antiguamente cultivada por brujas, gitanas, profetas y magos, tal vez esté reservada ahora para futurólogos, científicos, escritores y líderes que se atrevan a abordarla esperanzados en que no contarán con el tiempo suficiente de vida como para ver, con cierto rubor, si sus pronósticos se cumplieron o no. Pero lo que sí es posible es al menos observar ciertas tendencias que permitan reconocer algunas de las metamorfosis en curso y dejar a la exquisitez de la filosofía y el espíritu —que se interrogan sobre el sentido del mundo, la vida y la trascendencia—, intentar elaborar otras respuestas y predicciones.

Por ahora, y a pesar de los efectos que tenga sobre la salud y la economía la pandemia desatada por el covid-19 en 2020, cuya dimensión exacta no podemos todavía calibrar con evidencia dura, lo que sí sabemos, entre otras cosas, es que en promedio la población seguirá creciendo hasta el final del siglo, aunque a un ritmo relativamente menor de lo que se pensaba hace una o dos décadas;  la expansión de las clases medias continuará una vez recuperado cierto nivel de crecimiento económico; el cambio climático y su impacto constituirán eventualmente la próxima crisis que afrontará la humanidad; las guerras del siglo XXI no serán por petróleo sino por el agua; la automatización del trabajo competirá de manera más rápida con la generación de empleo tradicional, y en buena parte del mundo surgirán formas distintas de interacción ciudadana, una vida pública con mayores grados de desintermediación mediante modalidades de expresión inéditas, entre ellas la que ahora se empieza a llamar e-democracia, y, tal vez, mutaremos hacia una especie de sociedad posdemocrática, donde este valor convencional será sustituido por otros que le importan más a las personas como la felicidad y la salud mental. En suma, contra los pronósticos sombríos pero confiando en la capacidad de resiliencia de la humanidad —bien probada desde la peste negra en el siglo XIV hasta la crisis financiera de 2008-2009, pasando por la gripe española, las dos guerras mundiales del siglo XX, el sida, el ébola o el covid-19, entre otras tragedias—, y en los enormes progresos alcanzados por la ciencia y la civilización, es probable que, como vaticinaron Daniel Franklin y John Andrews en un libro de The Economist, en 2050 el mundo será más rico, más sano, más conectado, más sostenible, más productivo, más innovador, más culto, menos desigual, y ofrezca más oportunidades a miles de millones de personas. .

Un vistazo rápido sugiere cambios radicales, alucinantes, dramáticos y profundos en casi todas las zonas de la vida social: en las variedades habituales de constituir una familia nuclear; en los patrones convencionales de comunicación y de socialización de las personas; en los conceptos, instituciones y prácticas políticas; en la estructura de la economía, y, por supuesto, en los paradigmas de la educación tal como la hemos concebido hasta ahora. Esas tendencias, según ha analizado José Joaquín Brunner, nos dicen que la sociedad futura será una sociedad del conocimiento. En la forma de educación, destrezas, habilidades, competencias, tecnologías e información, el conocimiento será el recurso clave en el desarrollo de las personas y los trabajadores del conocimiento serán la fuerza dominante en el universo laboral. Una sociedad así, según pensaban ya hace tiempo los expertos en administración, tendrá una extraordinaria movilidad ascendente y no conocerá fronteras porque el conocimiento corre y se comparte mucho más rápidamente que el dinero, y el valor agregado que esa sociedad arrojará sobre la economía, no estará compuesto por la cantidad de activos físicos de que se disponga sino por el volumen, oportunidad y sofisticación del conocimiento invertido en un sistema productivo.

Todo ello va a modificar aún más el modo como operan las economías entre otras cosas porque la clave serán las ideas innovadoras puestas en valor. En algunos sectores, la producción y generación de bienes y servicios serán masivos y a gran escala para dar paso —mejor dicho: para consolidar— eso que ya se conoce como economía compartida o colaborativa de “costo marginal cero”, y en otros estarán hechos sobre medida para solucionar problemas únicos y aparecerán o desaparecerán de un día para otro de acuerdo con lo que demanden o dejen de demandar grupos específicos de ciudadanos, clientes o consumidores. En cualquier caso, aún con mutaciones hoy inéditas, “el éxito de nuestro trabajo futuro —concluye Lynda Gratton—  dependerá en parte de la habilidad para construir el capital intelectual que nos permitirá adquirir la capacidad de generar valor” . En otras palabras: lo que estamos viviendo no es un cambio de época sino un cambio de paradigma que pasa inevitablemente no por el espacio físico que hoy todavía conocemos como escuela sino por un concepto mucho más elástico que hemos llamado, desde siempre, educación. Tomará tiempo desde luego, pero menos del que creemos, entender de forma granular dónde y cómo se expresará esa nueva educación pero parece claro que será como una caja de herramientas con la que niños, jóvenes e incluso adultos podrán adquirir competencias, destrezas y habilidades para aprender y desaprender, para formular conceptos e ideas, para encontrar soluciones a problemas que todavía no existen, y, en suma, para competir y desarrollarse en la vida.

La educación del mañana tenderá a dar mayor flexibilidad y atención a las características personales del alumno y menos a los títulos y diplomas; a desarrollar las inteligencias múltiples de cada uno; fomentará las habilidades para trabajar en equipo y comunicarse en ambientes laborales crecientemente tecnificados; formará destrezas más o menos bien desarrolladas y un grado importante de iniciativa y creatividad personales. Será una educación multicultural, adquirida a toda hora y en cualquier lugar, dentro o fuera de las aulas, de manera presencial y a distancia, y a la medida de las particularidades e intereses del individuo. Preguntará más por las causas de las cosas y las razones de los hechos, que por la fecha, hora, ciudad, dirección y temperatura del día en que nacieron los héroes patrios, de los cuales, posiblemente, los escolares del mañana no se acordarán. Probablemente las carreras universitarias serán menos especializadas que ahora y tenderán más bien a mezclar contenidos de diferentes disciplinas curriculares para acomodarse a necesidades sociales y productivas más flexibles y complejas o a la solución de problemas multidisciplinarios como el medio ambiente, el agua, el funcionamiento de las ciudades, la energía y las ciencias de la vida. Los grados escolares habituales serán meras referencias formales, pues la gente cambiará de área de conocimiento y de trabajo varias veces durante su vida útil y requerirá, por lo tanto, aprender a lo largo de toda ella.

A las angustias éticas y morales que hoy invaden a educadores, filósofos y padres de familia por inculcar en las nuevas generaciones las distinciones entre el bien y el mal seguiremos respondiendo, igual que desde los griegos, con una pedagogía estéril que pretenderá el sueño imposible de hacer de todos modelos de bondad y nobleza, olvidando que una ética mínima consiste tan solo en educar para decir la verdad, cumplir los compromisos y respetar la ley, con lo que ya sería suficiente. Los hombres y las mujeres del futuro serán más creyentes pero menos practicantes; confiarán menos en los demás pero más en sí mismos; combinarán por igual razón y fe, y tendrán una vida más individual y solitaria, pero dedicarán más energía a diversas causas comunitarias y colectivas.  En suma ¿cómo será la educación de las próximas décadas? ¿Están preparados nuestros sistemas de educación para hacer frente exitosamente a esta panoplia de retos y desafíos? ¿Hacia dónde dirigir una conversación sensata, inteligente y realista sobre cómo construir un modelo distinto y mejor para la educación? La magnitud de los cambios que se observan, acentuados por los distintos impactos de la coyuntura sanitaria, ha generado incertidumbre, desconcierto y pesimismo. Pero la disyuntiva no es entre vieja o nueva normalidad, sino entre seguir con la inercia de una educación deficiente y de mala calidad o avanzar hacia una opción que aporte claridad, confianza y esperanza en el poder de la educación como instrumento de transformación social y humana, y provoque un diálogo informado sobre cómo mejorarla en todos nuestros países.

Link para descargar el libro:

Link de la nota donde la OEI presentó el libro:

La Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura presentó en Madrid La Educación del Mañana: ¿inercia o transformación?

La Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura presentó en Madrid La Educación del Mañana: ¿inercia o transformación?, un libro colectivo

Otto Granados Roldán
Presidente del Consejo Asesor de la OEI. Chen Yidan Visiting Global Fellow de la Escuela de Graduados en Educación de Harvard. Ex secretario de educación Pública. | + posts
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