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Nuevo puritanismo: las voces y los ecos

A pesar de la opinión presidencial, las universidades se han mantenido activas

The spirits are using me
larger voices callin’
Crosby, Stills & Nash, 
Southern Cross

El jueves de la semana pasada, en sus rutinarias mañaneras, el presidente lanzó varias preguntas en torno a las razones por las cuales las universidades públicas se “resisten” al regreso a las clases presenciales. En un acusado tono de reproche (acompañado de su reiterada muletilla “con todo respeto”), con una sonoridad que siempre oscila entre el sermón y el regaño, el presidente afirmó que los maestros universitarios “estaban muy cómodos en sus casas”, “cobrando sus sueldos sin riesgos”, mientras que los sindicatos universitarios mantenían una suerte de silencio cómplice con la situación. De pasada, acusó a grupos de poder en las universidades que actúan como mafias (“no tengo otra palabra”), con liderazgos que, sin ser formales, “mandan en las universidades”, en las que incluía a la UNAM y a la U. de Guadalajara, llamando a la acción a los estudiantes y profesores para terminar con “cacicazgos” (La Jornada, 08/10/2021).

La voz presidencial exhibe, una vez más, su desprecio por las formas y los fondos de la comunicación política. Otra vez, es el espectáculo de un monólogo privado, no de un diálogo público, cuya lógica es denunciar, acusar, denigrar a quienes considera adversarios, enemigos, conservadores. No hay distinción entre instituciones, grupos o individuos. Como su pecho no es bodega —uno de sus refranes favoritos—, el presidente hostiga, provoca frente a los medios y redes en cadena nacional a quienes en ejercicio de su independencia intelectual, de sus posiciones críticas, o de su autonomía institucional, se deslindan de las acciones presidenciales y deciden actuar en forma distinta a las aspiraciones del jefe máximo del oficialismo. Universidades, centros de investigación, partidos, asociaciones, escritores, científicos, intelectuales, son objetos frecuentes de las descalificaciones del conspicuo inquilino sexenal que todos los días recorre las salas, patios y pasillos de Palacio Nacional.

A tres años de su administración, el estilo de gestión política del presidente confirma sus prejuicios y fobias, sus afinidades, excesos y repeticiones. Su voz es seguida por los ecos de sus subordinados, el funcionariado de primer nivel, dirigentes de su partido, que se han enfrascado desde el prinicipio en demostrar quién es más leal al presidente, quién interpreta mejor sus creencias y obsesiones, quién se distingue más en acciones que evidencien la corrupción, el desplifarro, la inmoralidad o la perversidad del statu quo neoliberal, pseudemocrático e inmoral de los gobiernos anteriores a Morena. La nueva élite de poder obedece mecánicamente a su líder, empeñado en la “purificación de la vida pública”, sin reparar en el tamaño de las fracturas gobierno-oposición, los excesos y los efectos no deseados o perversos de un liderazgo que a estas alturas es claramente autoritario y clientelar, que aspira a sentar las bases de un nuevo orden político y moral del país. Las dirección del Conacyt representa con transparencia la lógica purificadora del transformacionismo a través de la divulgación de un “código de conducta” que prohibe a los servidores de ese organismo público criticar las acciones, proyectos o programas impulsados por la actual administración. La forma y el contenido del código retratan de manera espléndida la racionalidad puritana que domina los cálculos, deseos e ilusiones de la élite oficialista.

Juego de espejos
Lo más precupante de las creencias presidenciales sobre las universidades es que alimentan las bestias negras de la desconfianza sobre la importancia o el desempeño de esas instituciones. El presidente sopla al fuego con el combustible del escepticismo sobre la legitimidad social, intelectual y cultural de las universidades públicas, haciendo eco de las afirmaciones similares que otras voces han promovido desde hace tiempo. Pero las evidencias muestran que la imagen de que las universidades no apoyan el regreso a clases presenciales es insostenible. Desde hace varias semanas, no pocas universidades públicas regresaron a clases mediante distintas estrategias y temporalidades. Los calendarios escolares son diferentes y por lo tanto las temporalidades del regreso a la presencialidad son también distintas. En todos los casos, la virtualidad o las formas híbridas se mantienen desde hace año y medio como herramientas prácticas frente a una situación de crisis.

Mantener el funcionamiento universitario durante la pandemia significó un gran esfuerzo por apoyar a profesores y estudiantes mediante sistemas de enseñanza/aprendizaje a distancia, con resultados que aún se tendrán que valorar con precisión. Contra lo que las creencias presidenciales suponen, los profesores no trabajaban sin cobrar, en la comodidad de sus hogares, y los estudiantes tuvieron que adaptarse a condiciones inéditas de interacción escolar. Todos tuvieron que aprender sobre la marcha las nuevas tecnologías para mantener cursos, ajustando programas, realizando seminarios, conferencias y talleres, dirección de tesis, tutorías, publicando artículos y libros, promoviendo eventos culturales, aún en entornos de enorme incertidumbre por las erráticas formas de gestión de la pandemia por parte del gobierno federal y de los gobiernos estatales.

A estas alturas, se confirma que el presidente está atrapado en su propio juego de espejos, que oye pero no escucha, que nadie es capaz de advertirle sobre los riesgos de la polarización y la provocación que sus palabras y actitudes tienen en el ánimo público y político. Pero también se confirma que, en caso de valorar los riesgos de su célebre incontinencia verbal, no le importa. Lo suyo es endurecer su clientela electoral en vista de la segunda mitad de su gobierno. El cálculo apunta hacia el 2023, el año en que decidirá quien será su candidato o candidata para la sucesión presidencial, asegurando además el respaldo político-electoral suficiente para consolidar a Morena como el partido hegemónico de la transición neopopulista de la tercera década del siglo XXI. La retórica obradorista es la voz y los ecos de espíritus puritanos persiguiendo herejes y apóstatas que deambulan en los alrededores de Palacio Nacional.

Acerca del autor

Adrián Acosta Silva
Estación de paso en Investigador del Cucea de la Universidad de Guadalajara

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