Mejora continua en escuelas vacías

Mejoredu busca darle un nuevo enfoque a la educación ¿Lo logrará ante la difícil realidad actual?

La Comisión Nacional para la Mejora Continua de la Educación (Mejoredu) publicó el pasado 14 de diciembre el documento “La mejora continua de la educación. Principios, marco de referencia y ejes de la educación”. Según las palabras introductorias del texto, aquí se formulan las “ideas centrales y conceptualizaciones” para “dar contenido a los fundamentos legales” de los que nace la mencionada Comisión, creada como se sabe en octubre del 2019. A través de 97 páginas, la intención central del documento es la construcción de un “verdadero enfoque humanista de la educación”.

La Comisión fue diseñada con una gran cantidad de atribuciones y propósitos: realizar estudios, investigaciones y evaluaciones diagnósticas e integrales del sistema educativo nacional (SEN); determinar indicadores de mejora; emitir lineamientos relacionados con el desarrollo del magisterio, el desempeño escolar y resultados de aprendizaje; generar y difundir información que contribuya a la mejora del SEN. Según el texto de su creación, los principios de “independencia, transparencia, rendición de cuentas, objetividad, pertinencia, diversidad e inclusión” son los que rigen su actuación como organismo público. La sobrecarga de facultades y principios a organismos públicos como Mejoredu no es algo novedoso: forma parte de las ilusiones de una época en que todo se resuelve con palabras y enunciados retóricos.

Las atribuciones y principios de su creación esperaban ser traducidas e instrumentadas luego del nombramiento de su Junta Directiva, y ese es, justamente, el sentido del texto que publicó Mejoredu el mes pasado, un esfuerzo importante por formular una perspectiva clara sobre la gestión y coordinación del sistema educativo nacional, luego de la desaparición del anterior Instituto Nacional de Evaluación de la Educación (INEE), como producto de los trabajos de demolición de la reforma educativa del sexenio anterior. Primero, los deslindes ideológicos relacionados con el pasado reciente: “en Mejoredu nos deslindamos de la mirada que reduce las prácticas educativas a la fabricación de un producto de calidad y que mira la actuación de quienes paricipan en ella sólo bajo una racionalidad instrumental, orientada por criterios técnicos de la maximización del interés individual” (p.12). En segundo lugar, la propuesta de mejora continua se define como un “proceso progresivo, gradual, sistemático, diferenciado, contextualizado y participativo” (p.16). Más adelante, se propone un “horizonte de mejora” basado en dos “pilares”: “a) una buena educación con justicia social”, y ”b) una educación al alcance de todas y todos”.

Pero, ¿qué significa una buena educación?. El documento la define como una educación “significativa, integral, digna, participativa y libre, relevante y trascendente, y eficaz”. El lenguaje de la pedagogía crítica se cuela a lo largo del texto, a través de referencias a Paulo Freire y sus relatos sobre la educación como práctica de la libertad, las críticas a la “educación bancaria” (la escolarización como el simple producto de la acumulación de información), o mediante las referencias a las trampas del “curriculum oculto” que Henry Giroux y otros colocaron en los años ochenta en el centro de sus críticas a la estandarización de las escuelas y sistemas educativos del capitalismo contemporáneo.

El documento rescata de manera extraña el uso de una palabra que se puso en boga durante los primeros años noventa del siglo pasado, y que acompañaba con frecuencia los conceptos de evaluación y calidad. Se trata del concepto de la “excelencia” que se colocó en el texto de la reforma al artículo tercero constitucional en mayo del 2019, como parte de la construcción de la “Nueva Escuela Mexicana”. Excelencia, según el documento de Mejoredu, significa el “mejoramiento integral constante que promueve el máximo logro de aprendizaje de los educandos, para el desarrollo de su pensamiento crítico y el fortalecimiento de los lazos entre escuela y comunidad, considerando las capacidades, circunstancias, necesidades, estilos y ritmos de aprendizaje de los educandos”. La excelencia implica entonces “a) un proceso, b) una meta o resultado central, c) dos finalidades principales (desarrollo de pensamiento crítico y fortalecimiento de lazos entre escuela y comunidad), y d) un principio atenuante de la meta y sus finalidades a partir de la desigualdad y diversidad que existe entre los NNAJ” (una sigla que Mejoredu agrega al críptico lenguaje de las políticas educativas del gobierno, que significa “Niños, Niñas, Adolescentes y Jóvenes”) (p. 53).

El tono relativista, relacional, contextualizado, por supuesto, crítico, domina a lo largo del documento. Se descalifican o se minimizan palabras como evaluación y calidad para sustituirlas o matizarlas por “evaluación diagnóstica” y “excelencia”, como si el timbre de las palabras sustituyera la claridad conceptual de las cosas a las que se hace referencia. Ello no obstante, el documento en su conjunto compromete la acción de Mejoredu en la instrumentación de la nueva reforma educativa que el lopezobradorismo se ha empeñado en impulsar en lo que resta del sexenio. La cuestión central es si las capacidades, atribuciones y principios del organismo serán suficientes para enfrentar la ola de “desmejoramiento” educativo que enfrenta el país desde antes del 2018, en un escenario poblado de escuelas vacías y clases virtuales, y que se ha recrudecido dramáticamente con la crisis sanitaria y económica que enfrentamos desde hace casi un año.

Adrián Acosta Silva
Investigador del Cucea de la Universidad de Guadalajara | + posts
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