In Memoriam. Ennio Morricone y su indisoluble vínculo con el cine

Cultura

Mario Saavedra

Mario Saavedra

*Alguna vez actor (Diosa de Plata como protagonista de la película Crónica Roja, del ahora laureado escritor Fernando Vallejo), es escritor, periodista, editor, catedrático, promotor cultural y crítico especializado en diversas artes.

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In memoriam. Ennio Morricone y su indisoluble vínculo con el cine

Resulta imposible dejar de asociar el nombre del gran Ennio Morricone (Roma, 1928-2020) con el séptimo arte, lenguaje al que su talento musical estuvo indisolublemente vinculado por más de medio siglo. Siendo por mucho el más prolífico compositor para este lenguaje que mi querido y admirado Fernando Vallejo ha llamado “el gran embeleco del siglo XX”, en sus más de quinientos soundtracks​ ––escribió para prácticamente todos los formatos, incluidas las series de televisión–– es posible encontrar de todo, si bien siempre con el sello distintivo de quien como pocos supo acompañar y potenciar las imágenes en movimiento.

Sin olvidar que músicos de la talla de Prokófiev, Gershwin, Shostakóvich, Copland,   Korngold, Bernstein, Glass, Michael Nyman o Max Richter, o nuestros más cercanos Revueltas y Chávez, por sólo mencional a algunos que de bote pronto me vienen a la memoria, han escrito para el cine, qué duda cabe que el gran talento creativo de Morricone contribuyó a enriquecer la nómina más especializada de los Steiner, Gaxman, Rózsa, la dinastía Newman, Rota, Jarre, Hermann, Mancini, Goldsmith, Vangelis, Piovani, Kilar, Williams, Poledouris, Barry, Howard, Shore, Elfman, Zimmer, Honner, entre otros nombres que han contribuido a dimensionar el séptimo arte. Un pianista y un director de orquesta no  menos oficioso, en sentido inverso, el séptimo arte sirvió a su vez para consignar la fama de quien al paso de los años se convertiría en un referente obligado del quehacer cinematográfico mundial de la segunda mitad del siglo XX.    

Romano de origen y por convicción, y atraído por el cine desde niño, estudió instrumentación y composición con el reconocido músico y pedagogo italiano Goffredo Petrassi. A manera de examen de perfeccionamiento, y en lo que al paso de los años resultaría siendo para él una escuela invaluable, Morricone se dedicó primero a arreglar la música de otros compositores que ya estaban establecidos en el cine. Así, su amigo de la infancia Sergio Leone, con quien había crecido disfrutando a los grandes directores tanto europeos como norteamericanos de la primera mitad de la centuria, sería el primero en invitarlo a componer bandas sonoras originales, y se puede decir que su aportación resultaría fundamental en la conformación del subgénero  italiano conocido como spaguetti western; así nacieron, en la década de los sesenta, Por un puñado de dólares, El bueno, el feo y el malo y Hasta que llegó su hora.

Tratándose ya de un compositor reconocido, sin embargo no sería sino hasta las decadas posteriores cuando la celebridad de Ennio Morricone se consolidó al escribir auténticas obras maestras como las partituras para Días de gloria, de Terrence Malick, de 1978, o Érase una vez en América, del mismo Leone, de 1984, o La misión, de Roland Joffé, de 1986, o Los intocables, de Brian de Palma, de 1987, y claro, Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore, de 1988, sin duda la más significativa y representativa de sus bandas sonoras. Pletóricas de melodías hermosas y únicas, La misión y sobre todo Cinema Paradiso nos confirman que un extraordinario registro musical suele convertirse en algo más que otro personaje protagónico de una cinta, cuando no en parte de su esencia, de su espíritu, a tal grado que esa película no sería lo mismo sin ella. En este sentido, el músico romano escribió auténticas e inolvidables joyas musicales, entre ellas, las que resultan ser las páginas líricas por antonomasia de su nutrido acervo, sus himnos, “Nostalgia” y el “Tema de amor” de Cinema Paradiso, y “El oboe de Gabriel” de La misión.

Años después volvería a hacer mancuerna con Tornatore, con la escritura de la también circular música para su Malèna, del 2000, un auténtico poema visual con la hermosa y sensual Monica Bellucci en su mejor momento. Otros registros de justa mención son, por ejemplo, las bandas sonoras para Campos de esperanza,  del húngaro Lajos Koltai, del 2005, y los lacrimosos biopic y su secuela sobre Juan Pablo II, de Giacomo Biatatto, del mismo 2005 y el 2006, respectivamente, que en buena medida sobreviven gracias a la aportación de tan inspirado compositor italiano. Otro tanto habría que decir de la no menos intrascendente Baarìa, del mismo Giuseppe Tornatore, que si bien despliega el derroche artístico propio de un realizador de oficio, de igual modo se recuerda sobre todo por la presencia de Morricone.

Oscar honorífico en 2006 y Oscar a la mejor banda sonora en 2016 por su trabajo para el sui generis western Los ocho más odiados, de Quentin Tarantino, y más recientemente Premio Princesa de Asturias de las Artes ––junto con el también reconocido musicalizador John Williams––, entre los muchos y variados reconocimientos que recibió a lo largo de su ejemplar carrera, el genio de Ennio Morricone será recordado sobre todo por sus arriba citadas obras maestras de antología, fuente ya de inagotables y variadas versiones. Entre sus muchos registros discográficos de obligada referencia, además de los de sus muchos soundtracks, mención especial tiene el que hizo con el dotado primer celista chino ––y universal–– Yo-Yo Ma, entre quienes han manifestado su particular pesar por tan sensible pérdida. 

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