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Libros, lectura y bondad

Es mejor leer que no hacerlo, pero esta actividad no es una vacuna contra la maldad

En el culto supersticioso del libro como fetiche suele atribuírsele a este objeto poderes narcóticos y mágicos: lees un libro y éste te atrapa a tal grado que te impide cometer actos dañinos, o bien lees un libro y, por arte de magia, te vuelves “bueno” o “mejor”. Desde que se realizan en México, todos los programas de lectura se basan en estas premisas que llevan al siguiente corolario: los malvados y los delincuentes lo son porque no leen libros.

No importa el partido político que esté en el gobierno: la ideología de la lectura es siempre la misma. Durante la actual administración, en la presentación de la Estrategia Nacional de Lectura, en Mocorito, Sinaloa (el 27 de enero de 2019), se repitió esto, enfatizándose que “un libro puede ser un camino para ser mejores personas y mejores mexicanos”, y que “nadie que está leyendo está pegando, pateando o agrediendo a alguien”.

Entre los mitos que hemos creado en torno al libro, éstos son dos de los peores, pues de ellos se concluye que un ladrón, un asaltante, un asesino y un criminal, en general, lo son porque no han leído libros: por carencia de cultura libresca. No deja de ser una visión clasista, puesto que un gran sector de la delincuencia está constituido por pobres que son, a la vez, analfabetos, lectores precarios, no lectores y personas de baja escolarización.

Sin embargo, con el propósito de fomentar el gusto (o el hábito) por la lectura, le decimos a la gente que leer libros la torna “buena”, así, en un sentido lato, pero a la hora de explicar en qué forma se vuelven “buenos” los lectores de libros, la mayor parte de quienes esto sostienen escurren el bulto. “Buenos”, ¿en qué sentido? ¿Buenos como la madre Teresa de Calcuta, buenos como George Steiner o buenos como Robespierre y el “Che” Guevara? Lo que no le decimos a la gente, cuando afirmamos que leer libros nos hace “buenos” es que la “bondad” o la “benignidad” a la que nos referimos con esta premisa tiene que ver, obviamente, con nuestra idea del bien: con la que posee cada cual; es decir, con el propio modelo que cada uno de nosotros considera el “ser bueno”. Decimos que leer nos torna “buenos” ¡porque nosotros nos consideramos “buenos”!, ello a pesar de que Steiner, Harold Bloom y Daniel Pennac nos dieron los suficientes argumentos para demostrar que la consecuencia de la lectura de libros no es siquiera la de convertirnos en “buenos ciudadanos”.

Por supuesto, quienes afirman que leer nos hace buenos no mencionan siquiera el modelo del hombre analfabeto solidario y empático (“en el buen sentido de la palabra, bueno”, diría Antonio Machado), ¡porque se les derrumbaría su “teoría”, frente a una sola persona “buena” que no ha precisado de la lectura de libros! Quienes se autocalifican “buenos”, según sus preferencias de lectura, dirán, generalizando, que leer libros nos torna buenos, pero ¡siempre y cuando los lectores se parezcan a ellos! Y entre estos que afirman que leer nos torna “buenos” hay individuos a quienes la “bondad” (“natural inclinación a hacer el bien”) no se les ve por ningún costado. Son “buenos” porque leen libros, y nada más.

Al hablar de libros hay que ser precisos en una cosa: ni quienes los leen ni quienes los escriben poseen necesariamente una ética o siquiera una moral que puedan deducirse de tales libros. No por ser lectores (y lectores de buenos libros) tendemos obligadamente, al bien (por supuesto, tampoco al mal). Un buen libro lo es por su calidad literaria y sus valores estéticos; no por sus intenciones. Las intenciones las ponen los lectores, y las consecuencias de la lectura de un determinado libro son impredecibles. ¿Por qué más de un asesino ha tenido como inspiración El guardián entre el centeno, de Salinger? Obviamente, no por culpa de Salinger ni del libro mismo, sino por culpa de los lectores que se identifican, torcidamente, con el protagonista Holden Caulfield; en cambio, millones de personas han leído este libro y les ha gustado o disgustado, pero no por ello se han vuelto “malas” ni por supuesto “buenas”. (Y hay “sádicos”, por cierto, que nunca han leído ningún libro de Sade.)

Decir que la escritura y la lectura de libros (y especialmente de “libros buenos”) nos hacen “buenas personas” es, en el mejor de los casos, una ingenuidad, y, en el peor, una mentira por arrogancia. Nos incomoda admitir que muchos buenos lectores y escritores pueden ser malhechores e incluso criminales sádicos y asesinos despiadados, y de eso mejor no hablamos. De ahí nuestra arrogancia cultural: “los libros nos hacen buenos porque yo soy bueno”, aunque quien afirme esto sea un malvado, y hasta tenga conciencia de ello.

¿Cómo presumir, como un triunfo de la cultura, el hecho de que el “Che” Guevara leyó, como consta en un homenaje de la Biblioteca Nacional de la República Argentina (Che lector, 2017), a Homero, Cervantes, Shakespeare, Dante, Verne, Goethe, Zola, Martí, César Vallejo, etcétera, y que, a pesar de esas lecturas se haya entregado al asesinato con la coartada de que “asesinar” no es lo mismo que “fusilar”, aunque esto lo hiciera sin juicio alguno? El 11 de diciembre de 1964, el “Che” lector tuvo el orgullo de decirlo ante la Asamblea General de la ONU, donde algunos incluso le aplaudieron: “Fusilamientos, sí. ¡Hemos fusilado! Fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario. Nuestra lucha es una lucha a muerte. Nosotros sabemos cuál sería el resultado de una batalla perdida, y también tienen que saber los ‘gusanos’ cuál es el resultado de la batalla perdida hoy en Cuba. […] Pero, eso sí, asesinatos no cometemos”. A Ricardo Piglia no se le cayó la cara de vergüenza cuando llamó a su compatriota (que se asumía como “una fría máquina de matar”) “el último lector”, en su libro homónimo; ese “último lector” cuya divisa era: “Ante la duda, mátalo”. Escribir y leer libros no nos vacuna ni siquiera contra la maldad, a secas, mucho menos contra la sevicia. A veces hasta proporciona una coartada a la persona “leída” para justificar sus crímenes, como en el caso del “Che”, aunque para André Comte-Sponville el matón “refinado” resulte una vergüenza mayor para la cultura que el simple “bruto malvado”, pues “la sangre destaca mejor en los guantes blancos y el horror es más evidente si es una política”.

Sí, definitivamente, es mejor leer libros que no leerlos, pero lo que hagamos con ellos, y las consecuencias que produzcan en nosotros, es cosa de cada cual. Del peor libro podemos sacar una actitud benéfica para los demás y para nosotros; del mejor de ellos podemos desprender, tal vez, nuestra justificación para cometer los peores actos, en nombre de nuestra “cultura establecida en el bien, la bondad y la mejoría individual y social”, según lo creamos: como el “Che” Guevara, que llamaba “gusanos” a quienes no estaban de acuerdo con su ideología y por ello creía que era mejor exterminarlos, “fusilándolos”, sin juicio o con un simulacro de juicio, y con el cinismo de diferenciar ese acto del “asesinato”. Lo decía alguien que había leído a Homero, Shakespeare, Cervantes y Dante, entre otros.

Suponer que la lectura (y la escritura) de libros piadosos, nos hace piadosos es como suponer que la lectura (y la escritura) de libros licenciosos nos torna licenciosos. Esto es no tener ni la menor idea de la creación literaria, que no es otra cosa que el uso del lenguaje escrito para sublimar la realidad y crear mundos alternativos en la ficción. Bien lo dice Mircea Eliade: la lectura de libros o el ideal cultural de conseguir que tengamos sociedades que aprecien la lectura “no se trata de moral, ni de pedagogía; ni siquiera de una higiene espiritual”, sino de “utilizar técnicamente esta enorme energía espiritual que permanece latente en los libros”, pues “la literatura puede ser un extraordinario estimulante”. Que nos estimule al bien o al mal es sólo asunto nuestro, es decir, de cada lector: ese cada cual que puede elegir, después de leer libros, entre ser como Verne o como Guevara.

Acerca del autor

Juan Domingo Argüelles
Fabulaciones

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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