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Adrián Acosta Silva

Adrián Acosta Silva

ESTACIÓN DE PASO
Investigador del Cucea de la Universidad de Guadalajara.

Adrián Acosta La utopía digital

La utopía digital

Una de las implicaciones más claras de la epidemia en las universidades es la alteración de las rutinas. La política del confinamiento obligatorio asociada a la gestión de la crisis, ha significado enfrentar las tradicionales prácticas presenciales del sistema escolarizado con la necesidad de desarrollar súbitamente habilidades para gestionar clases, seminarios o talleres en modos virtuales. En cuestión de días, muchos profesores e investigadores conocieron el extraño mundo de las plataformas como instrumentos de comunicación con colegas y estudiantes. “Classroom”, “Hangout”, “Blue Jeans”, “Zoom” se sumaron al correo electrónico, YouTube, Whatsapp, Skype, Twitter, Facebook o Instagram como parte del instrumental favorito de la retórica de la innovación académica.

Las autoridades educativas y universitarias celebraron en distintos tonos la alteración de las rutinas presenciales como la oportunidad para mostrar la capacidad del sistema educativo para adaptarse a un entorno de crisis. No pocos profesores y muchos estudiantes, por el contrario, han manifestado su inconformidad con las rigideces, inconsistencias e insuficiencias institucionales de la gestión virtual de los procesos de enseñanza/aprendizaje. Se trata de dos lógicas distintas de entendimiento del problema. De un lado, la virtualidad educativa como proceso de administración eficiente de la crisis; del otro, las limitaciones que las tecnologías de información y comunicación tienen para procesar la complejidad de la docencia e investigación universitaria.

Ambas lógicas de interpretación conducen desde luego a lógicas de acción diferentes. Mirar la gestión de la virtualidad como un problema de administración de los recursos institucionales tiende a subrayar el neo-fetichismo tecnológico como parte de la nueva utopía educativa: la utopía digital. Desde el otro extremo, un acentuado conservadurismo defiende las interacciones cara a cara como parte de un genuino proceso de aprendizaje universitario, que crítica a las TIC´S como parte de una nueva distopía: la distopía digital.

Entre ambos relatos coexisten matices, reservas, preguntas que forman parte de un debate en construcción. Tienen que ver con la educación virtual abierta y masiva (“mooc´s”), con la visión de las universidades como sistemas flexibles, inteligentes, adaptables a diversas poblaciones, territorios y contextos. Pero el debate también implica reconsiderar el papel de las interacciones presenciales en atmósferas colectivas, grupales, donde la conversación y la reflexión forman parte insustituible de las relaciones sociales que favorecen el desarrollo de capacidades cognitivas y argumentativas entre profesores y estudiantes. Desde hace tiempo, ese debate forma parte de la agenda educativa del siglo XXI.

No se trata sólo de un dilema artificial entre tradición e innovación, que involucra a sus respectivos promotores y detractores. Se trata de la construcción de nuevas rutinas educativas y organizativas sobre la base de las experiencias que la propia gestión de la crisis sanitaria está marcando en el comportamiento social e institucional de las universidades. ¿Son prescindibles las clases presenciales? ¿El autoaprendizaje es el futuro de la educación superior? ¿Todos los profesores y todos los estudiantes enfrentan la situación en las mismas condiciones y obtienen los mismos resultados? ¿Aprenden igual los estudiantes en entornos virtuales que en presenciales? ¿Las exigencias intelectuales y académicas de la formación profesional o de investigación son independientes de los medios virtuales o presenciales empleados? ¿Hay diferencias significativas entre niveles profesionales y disciplinas del conocimiento? Tal vez la búsqueda de respuestas a estas cuestiones ayude a extraer algunas lecciones de la experiencia que la política del “distanciamiento social” dejará en los campus universitarios.

En cualquier caso, la utopía digital está en el centro de la discusión. El uso intensivo de las nuevas tecnologías ha creado un denso tejido de hábitos y costumbres que ya forman parte del paisaje de las rutinas sociales dentro y fuera de las universidades. Computadoras, teléfonos inteligentes y plataformas digitales representan el espíritu de la época que gobierna las prácticas cotidianas de estudiantes, profesores y directivos. El hecho es que esas prácticas están en el centro de las interacciones que hoy caracterizan zonas extensas de la vida universitaria y social contemporánea. Frente a estas prácticas, las narrativas distópicas resultan incómodas para los promotores de las utopías digitales.

Las promesas de la digitalización de la educación universitaria apuntan hacia un nuevo campo de ilusiones, un imaginario en el cual apps, plataformas y nubes de información sustituyen bibliotecas, aulas y pintarrones. La fascinación por lo nuevo —el novedismo— es el motor de una generación de funcionarios y empresas que han firmado el acta de defunción de las universidades tradicionales y sus modos presenciales de aprendizaje. Las realidades educativas, sin embargo, suelen alimentar el escepticismo contra las nuevas utopías digitales. Justo como ha ocurrido con todas las utopías en todos los tiempos.

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