La importancia del libro y la lectura

Los libros nos despiertan, como quería Kafka, con un gran golpe de hacha que rompe el mar helado que llevamos dentro.

Conocimiento. De la piedra hasta el e-book, leer ha potenciado el crecimiento y la liberación humana

Con motivo del Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, que se celebra cada año el 23 de abril, Graciela Flores Bello, directora de la Unidad de Servicios Bibliotecarios y de Información Ixtac, de la Universidad Veracruzana, y otros bibliotecarios, me pidieron una breve reflexión sobre la importancia del libro y la lectura para su boletín digital. Con gusto compartí con ellos y con profesores, estudiantes y divulgadores de la lectura el siguiente texto.

En su libro Verdad y mentiras en la literatura, Stephen Vizinczey afirma que “las clases y las naciones buscan tranquilidad y autojustificación, más que conocimientos”, y esta es una verdad sabida desde el Eclesiastés donde leemos que “no tiene caso hacer muchos libros, y el excesivo estudio es aflicción de la carne”.

Se entiende por qué. Porque el saber, el conocer, nos hace más conscientes de la realidad y, por tanto, del dolor y del placer, y, siendo así, conscientes y abiertos al saber que nos otorgan los libros y la lectura, es casi imposible cerrar los ojos ante la realidad que lastima o que ofende, ahí donde lo que es cierto casi nunca es bello, como sí lo puede ser, para los autoindulgentes, la mentira o la farsa.

Salvo los catecismos y los libros que son fundamento de las religiones, en todo tiempo y lugar los libros que abren la mente y nos hacen más conscientes del dolor y del placer siempre han tenido mala fama y una pésima prensa. Sócrates no escribió libro alguno, pero sabemos de su pensamiento y sus acciones gracias a su discípulo Platón, autor de los famosos Diálogos y de la <iApología de Sócrates.

Sócrates, quien desconfiaba de los libros porque consideraba que podían volvernos perezosos y atrofiar nuestra memoria, sigue hablándole al lector gracias a Platón, y sabemos puntualmente, gracias a él, que Sócrates fue sentenciado a muerte luego de ser acusado de corromper a la juventud y de negar la religión y oponerse a las leyes atenienses. Le propusieron perdonarlo si se arrepentía de sus acciones y él renunció a ese perdón, porque adujo que incluso arrepintiéndose volvería otra vez a ser y hacer lo mismo: sembrar el escepticismo y abrir el pensamiento de los jóvenes, y, por ello, acto seguido aceptó su castigo: bebió la cicuta y murió. Murió por la verdad y por el conocimiento, y aceptó esa muerte en lugar de negarse a sí mismo en lo más profundo de su ser.

Si de alguien podemos decir que fue un libro abierto (aunque no haya escrito jamás libro alguno) es de Sócrates. La oralidad, que es el principio de las historias, los cuentos, los poemas, las tragedias, las comedias, los cantos homéricos y, por supuesto, la filosofía, es también el principio de la escritura que primero tuvo el soporte de la piedra, luego el de arcilla, el pergamino, el papiro y más tarde, incluido nuestro tiempo, el papel y el cristal líquido de las pantallas. Y de ahí surgieron los libros y las bibliotecas: primero en rollos y códices; después, en el formato códex, es decir, el libro en la forma que hoy conocemos, pero manuscrito, hasta llegar al libro impreso que comenzó su camino de casi seis siglos con la invención de Gutenberg de la imprenta de tipos móviles, hacia 1440.

Hoy el libro está también en las pantallas, con el e-book y otras formas digitales, pero, invariablemente, sigue siendo libro, y su decodificación sigue siendo lectura, lectura que, por cierto, tenemos que diferenciar de la decodificación de mensajes de texto en correos, chats y otras formas de interacción escrita y usada abundantemente en los dispositivos digitales que muy poco tienen que ver con la lectura de libros.

Invención sin igual

Jorge Luis Borges dijo, y esto sigue vigente hasta para el libro digital, que el más maravilloso invento del ser humano (que también inventó la rueda, la espada y el arado) es el libro, porque si la espada es la extensión de la mano cuyo fin es matar o herir, el libro es la extensión de nuestra memoria, de nuestro pensamiento, cuyo objetivo es hacernos más humanos. Contra lo que temía Sócrates, el libro no atrofió la memoria, sino que la potenció, y todo el proceso del desarrollo humano lo podemos reconstruir gracias a los libros, independiente del soporte en el que estén.

Los libros nos despiertan, como quería Kafka, con un gran golpe de hacha que rompe el mar helado que llevamos dentro. Y todo gran libro, al despertarnos, se opone a los poderes fácticos y establecidos que buscan nuestra sumisión o nuestra simple obediencia; porque, a diferencia de los poderes cuya función es controlar y someter, la de los grandes libros es despertarnos y liberarnos. Ningún gran libro, jamás, buscará nuestro sometimiento, y sólo leyéndolo mal, esto es, prejuiciosamente o bajo el imperativo de alguna ideología totalitaria, nos conducirá al fanatismo.

La verdadera lectura

El 23 de abril (Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, proclamado por la Unesco) y el 29 de abril (Día Internacional de la Lectura Universitaria, establecido por la Red Internacional de Universidades Lectoras, RIUL) son oportunidades y aun, si se quiere, buenos pretextos para visibilizar la importancia del libro y la lectura en la sociedad y en la individualidad, pero también en el ámbito universitario donde, con frecuencia, no suele admitirse que hay necesidad, ¡también en los centros de educación superior!, de fomentar y promover la lectura, y no necesariamente la “lectura académica” que, invariablemente, se realiza en las universidades para avanzar en las diversas carreras, sino sobre todo la lectura autónoma y soberana que va más allá de la lectura instrumental (esto es, la de los libros concebidos como instrumentos para un fin académico) y que nos abre puertas a mundos vedados y a veces insospechados a los que no debemos renunciar porque, al hacerlo, nos limitamos en nuestro ser individual y social.

Queda claro que siempre será mejor conocer que ignorar, y que, independientemente de la carrera que hayamos escogido como profesión, leer buenos libros de otras disciplinas y otros saberes, de otros universos, amplía nuestro conocimiento, rompiendo el mar helado que llevamos dentro y dándonos la oportunidad de descubrir un placer, un gozo que, además, hace más anchos nuestros horizontes profesionales y humanos.

Leer libros, y, sobre todo, leer buenos y grandes libros, obras maestras irrepetibles, no es un acto sin consecuencias, pues nos abre la posibilidad de una universidad continua: esa extensión universitaria que es imposible llevar a cabo sin libros y sin lectura.

Por cierto, hay que dejar ya, de una vez y para siempre, de engañar a la gente con las falacias de “libros populares” y “lectura popular” oponiéndolas a los conceptos “libros elitistas” y “lectura de élite”. Hay que dejar de decir y creer bobadas, especialmente en la universidad. Cualquier persona con sensibilidad e inteligencia puede disfrutar y comprender a los grandes autores. Quienes dicen escribir “para el pueblo” son los chambones que creen que el pueblo es estúpido. A éstos hay que explicarles, dice el gran escritor ruso Antón Chéjov (tal como le escribió en una carta, en 1903, a Nemiróvich-Dánchenko, dramaturgo y director teatral, fundador del Teatro del Arte de Moscú) que “eso del teatro popular y de la literatura popular es una tontería, es un caramelo popular. No hace falta bajar a Gógol al pueblo, sino subir al pueblo hasta Gógol”. Pero hay gente, incluso en las universidades, que todavía no entiende esto, y, si comprender es distinguir, hay quienes aún no distinguen su nariz de su frente.

Acerca del autor
Juan Domingo Argüelles
Fabulaciones

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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