Suplemento Campus

Juan Domingo Argüelles

Juan Domingo Argüelles

FABULACIONES
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura.

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Sergio Fernández, maestro emérito y escritor impar

Una entrevista con el inclasificable autor, nacido en este país de desfiguros, que ya no podía dejar de escribir.

Publicado en la edición 836, febrero 6-12, 2020

El 6 de enero de 2020, próximo a cumplir 94 años (nació en la ciudad de México el 26 de febrero de 1926), murió el escritor, ensayista, investigador y maestro de muchas generaciones Sergio Fernández, autor, entre otros libros, de Los peces, Segundo sueño, Retratos del fuego y la ceniza y Los desfiguros de mi corazón. Maestro Emérito de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, fue reconocido también con el Premio Nacional de Letras. Cervantista y sorjuanista, Sergio Fernández cultivó una literatura inclasificable, donde el idioma es perfección, y la palabra, fecundidad. Fui su lector desde muy joven y, en mayo de 1989, hace más de tres décadas, conversé ampliamente con él. Recupero ahora en Campus una parte sustancial de esa entrevista que ofrece un fidedigno autorretrato del maestro y el escritor.

¿Cómo se inició en la literatura?

Desde los once años, aproximadamente, tuve una avidez de lectura que, claro, a esa edad fue por el lado de las cosas que por aquel entonces los niños leían; por ejemplo, El conde de Montecristo, Tarzán de los monos (la versión original de Edgar Rice Burroughs) y otros. No sabía con claridad, desde luego, que realmente me iba a dedicar a la literatura. Después vino una especie de intromisión por parte de mi padre, quien insistió muchísimo en que yo siguiese una carrera remuneradora. Me obligó un poco a elegir entre la medicina, la abogacía y la ingeniería. Hice entonces un bachillerato en ciencias fisicomatemáticas y después pasé a la Facultad de Ingeniería. Pero ahí, mientras el profesor daba clases, digamos de cálculo integral o de cálculo diferencial, yo leía una novela de Émile Zola. Ya no terminé ese año ahí; pasé a la Facultad de Filosofía y Letras.

Hice la carrera con bastante desgano porque los profesores eran muy mediocres. Digo esto con toda sinceridad. Entonces, empecé a tomar cursos adláteres, por ejemplo, de historia del arte, filosofía, historia de la historia, con muy buenos maestros, que en Letras no los había. De este modo me introduje en un circuito cultural muy amplio que no solamente contemplaba el departamento de letras. A pesar de esto, y aun ya terminada la carrera, tampoco sabía yo que iba a ser novelista, sino que cuando bien me fuera iba a escribir lo que ya estaba en esos momentos realizando que era una tesis de maestría. Posteriormente llevaría a cabo una tesis de doctorado y me entregaría a investigar permanentemente. En un momento determinado, no sé exactamente por qué, escribí mi primera novela (Los signos perdidos), misma que ahora juzgo pésima. Esto lo he dicho en todas partes. Pero esa novela me enseñó muchas cosas y, sobre todo, me enseñó a escribir. Después vino lo que usted ya conoce, entreverando permanentemente el ensayo con la novela o con el anecdotario.

¿Qué significa en su vida la escritura?

No sé exactamente qué significa, pero creo que es una parte amplísima de mí mismo. Casi podría decir, si no tuviera yo una hija, que es un factótum, un absoluto.

¿Se ubica dentro de alguna generación o corriente literaria?

Creo que no. Justamente el otro día alguien me dijo: “Tú eres un francotirador”. Porque no tengo generación. Me imagino que por lo que respecta a la edad, sí; pero no por lo que toca a la mancomunidad de intereses. No tengo grupo en el sentido de, por ejemplo, la generación de Contemporáneos, en donde realmente hay un tipo de escritura, cartas, una comunión, además de amistades y de obvios rechazos. Lo que tengo yo en realidad son buenas relaciones, lejanas, con escritores, y buenas relaciones con colegas de la universidad. Nada más eso.

¿Se siente deudor de algunos escritores en especial?

En el sentido de una filiación, sí.

¿De quiénes?

De todos los que he leído; menos de los muy malos, a quienes les debo, por otra parte, el que me hayan enseñado a no hacer las cosas tan mal como ellos. (Por ejemplo, he leído mucho la novela mexicana del siglo XIX, y fuera de algunas páginas entresacadas por aquí y por allá, de Manuel Payno, de La linterna mágica y de El Periquillo, encuentro que es una literatura que nunca tiene un nivel artístico. Ese es el tipo de cosas que no quisiera hacer.)

¿Le preocupa la posteridad?

Post mortem.

¿Qué tanto cree en el método y qué tanto en lo que suele llamarse inspiración?

Creo que, en mi caso, y en el caso de muchos otros, contrariando la opinión romántica, la inspiración (o eso que se llama inspiración) se da después de muchas horas de estar en el escritorio. Es decir, no se da. O sólo a través de una disciplina y de un rigor de trabajo muy intensos. Es en ese momento cuando realmente hay un poder o una energía interior creativa muy intensa; pero si yo de pronto dejo de escribir un año, por ejemplo, y luego quiero por medio de la “inspiración” y el daimón y quién sabe qué, ponerme a trabajar, seguramente no haré nada decoroso. Pienso que uno tiene que estar sobre la marcha, por más que para mí sí haya dos condiciones complementarias, aunque aparentemente contradictorias. Una sería la etapa de receptividad y otra la de la creatividad. Hay veces que sólo puedo recibir y leo muchísimo, y hay ocasiones en que estoy intensamente creativo.

¿Cómo entiende las palabras verdad y justicia?

Primeramente, como las entendería Cervantes. Es decir, atomizadas. Para Cervantes no hay una verdad; hay tantas verdades como cerebros. La verdad de Sancho Panza no tiene nada que ver con la de Don Quijote, y la de ambos con la de ninguno de los otros personajes del libro. Esta atomización de la verdad me parece a mí que es la única verdad posible; me parece que está condicionada a un tiempo interior subjetivo. La otra sería la de los científicos o la del filósofo, pero no la de un escritor. Porque, por otra parte, un escritor no soluciona problemas; más bien los provoca o los plantea. El héroe o la heroína de una novela son personajes con posibilidades erizadas de dificultad. Pienso que es una cosa utópica el creer en un criterio de verdad absoluta o de justicia. Pertenecerá a otro tipo de mentes, pero no a la de un escritor.

¿Cuál es su libro más satisfactorio?

Dudo siempre entre el Segundo sueño y Los peces.

¿A qué escritores mexicanos admira?

Si por mexicanos se entiende algo amplio empezaría por Juan Ruiz de Alarcón, que es una de mis grandes admiraciones. Y de Alarcón pasaría yo directamente hasta Sor Juana. De ahí a López Velarde, con algunos toques de Othón, de Díaz Mirón y de José Juan Tablada, pero toques nada más. Y luego a la generación de Contemporáneos en donde creo que están los grandes poetas de México.

¿Cuál es su opinión respecto del poder?

El poder es una descomposición moral. Yo opino lo de Sófocles. Él dice que para conocer a un hombre hay que darle primeramente el poder, y lo que quede de ese hombre, después de habido el poder, será cuanto quede en las manos y, posiblemente, es un vacío.

¿Cómo define el amor?

A través de sus aberraciones.

¿Y la felicidad?

Creo que no existe.

¿Qué importancia tienen los viajes en su vida?

En la medida en que me transforman y que soy otro, descanso de este horroroso que está aquí ante usted, y me parece entrar en una galaxia diferente. Soy muy buen viajero, tengo muy buen humor (que, generalmente, no poseo). Viajando soy otra persona. Me encantan la naturaleza, los museos, los bares; disfruto todas estas cosas. Nunca voy a bibliotecas, porque para eso mejor me quedo en México. Mis viajes van por un lado muy hedonista. Visito piedras y pinturas; es decir, museos. Admiro la arquitectura, la escultura. Para mí eso es un placer; nunca me cansa. En cambio, sí, me fatigaría muchísimo quedarme, por ejemplo, un mes en Madrid leyendo a Lope de Vega.

¿Le angustia la página en blanco?

Sí, me parece lo más espantoso que hay en este mundo.

¿Qué me dice de la serenidad?

Que es algo que a mí me encantaría poder conocer. Pero no tengo la menor idea de lo que es eso. Siento que estaría emparentada un poco con la santidad.

La palabra ocupa un lugar fundamental en su literatura, la palabra en sí misma, ¿qué me dice de esta deliberada actitud?

Esta contestación se la da Los peces. Ahí lo que hago es abreviar una anécdota destruyendo todo lo que sea, digamos en términos muy amplios, la metonimia, para quedarme solamente con la metáfora. El amor a la metáfora, que es una forma de hiperbolizar el mundo, es lo que siento que un escritor de mi tipo debe hacer. No me interesa un tipo de novela con fondos épicos determinados, o con fondos dramáticos tales o cuales. No. Lo que me interesa es una novela o un escrito que no tenga, precisamente, un fin que no sea otro que el montaje de la metáfora; porque a mí me parece que la palabra tiene una función sagrada y que es la que olvida actualmente el periodista o el novelista que quiere forzosamente tener un público a través de la atracción de una anécdota determinada.

¿Podría usted autodefinirse en términos literarios?

Me costaría mucho trabajo. Eso mejor se lo dejo a usted.

Hábleme de Los desfiguros de mi corazón. ¿Cuál fue su intención al escribirlos?

Buscar una estética que me contemplara por dentro, a la manera, por ejemplo, de los Caprichos de Goya; a la manera, también, del teatro negro de Valle-Inclán. Siento que hay una parte muy desfigurada, en el sentido mexicano de la palabra, dentro de mí, que no se expresa cotidianamente porque soy un ser civilizado mal que me pese decirlo. Soy educado, asisto a mis compromisos (esta entrevista es una prueba de ello) y, en general, lo hago con toda formalidad. Soy lo contrario de esas personas que abundan en México a quienes les parece lo más natural ser incumplidas, informales e improvisadas. A mí todas esas cosas me parecen lamentables. Siento que México es un país de desfiguros porque es un país improvisado, de disparate; que tiene un lado muy positivo en tanto que no está mecanizado, en tanto que es un país mágico, y esta es la parte que me produce a mí una especie de escozor literario, pero además la parte que yo tengo por dentro, que es la que no expreso en la medida en que se expresa en un ambiente. Eso fue lo que me llevó a escribir Los desfiguros de mi corazón. Por cierto, actualmente, los estoy ampliando.

Y en esta ampliación, ¿ha seguido la misma línea?, ¿o la habrá variado?

No lo sé. Para saberlo tendría que cotejar las escrituras, cosa que no he hecho ni creo que vaya a hacer porque yo jamás me releo una vez que publico.

En las páginas iniciales de Los desfiguros usted trae a cuento sus experiencias de lectura de El buscón. ¿Cuál es la relación que hay entre Los desfiguros y la obra de Quevedo?

Pues ojalá hubiera alguna. Lo que pasa con Quevedo es que es una de las grandes oportunidades que tiene la literatura contemporánea de nutrirse, de permanentemente alimentarse. La sintaxis en Quevedo es formidable. Yo no creo que el idioma contemporáneo de los grandes escritores hispanoamericanos o españoles pudiera realmente darse con plenitud sin la lectura de Quevedo. Los sueños, por ejemplo, obedecen también a un género de disparate tremendo. Ahí siento que Quevedo es, para hablar en términos centroeuropeos (que no me gusta mucho), el gran primer surrealista dentro de la literatura, al igual que se dice de El Bosco en la pintura.

¿Podría usted dejar de escribir?

Creo que no. Lo que voy a decir pareciera una vanidad, pero es lo contrario, es un desfiguro: soy la literatura. Me cuesta mucho trabajo vivir sin tener presente todo un registro de una cultura que he asimilado a base de un gran esfuerzo y que se infiltra permanentemente. Ya no puedo dejar de ser lo que soy. Y aquí creo que hay esa deformación típicamente profesional. Supongo que un carnicero lo que tiene que hacer constantemente es destazar, esté o no esté dentro de la carnicería.

¿Acepta el calificativo de barroca para su literatura?

Pienso que sí. Me lo han dicho tantas veces que creo que sí, sea lo que sea el barroco.

¿Cuál es la diferencia de actitud literaria, si es que hay alguna, cuando usted escribe ficción y cuando escribe ensayo?

Son dos mentes. Esto lo dije en una entrevista que me hicieron a propósito del Premio Universidad Nacional en 1988. Pienso que, para usar una metáfora, con la mano derecha escribo una cosa y con la mano izquierda otra. De alguna manera se enriquecen mutuamente, pero también se estorban. El rigor del ensayo tiene que llevar hacia una meta determinada, aunque, como le dije al principio de esta charla, yo no tenga el afán de resolver problemas, ni siquiera en el ensayo, pero sí saber por ejemplo qué cosas me está diciendo Cervantes, o qué cosas me está diciendo Proust, y eso tiene que poseer un rigor definitivamente intelectual. La inteligencia es algo, creo yo, que asoma en un gran ensayista, que no sería precisamente mi caso, pero sí el de Jorge Cuesta. En un proceso creativo, en cambio, yo siento que es indispensable que la inteligencia quede oculta, que esté rigiendo lo que se hace pero que al mismo tiempo no se note porque, entonces, lo que uno ve es otra cosa, es una vertebración y no una encarnación: un esqueleto y no la piel, y lo que uno va a hacer en un libro es el amor. Si uno ya no hace el amor con las gentes, o con las cosas, o con la vida, o con los libros, como que ya no hay derecho. Por eso estamos como estamos: porque la gente piensa en la riqueza, en el poder y en la fama, menos en el amor que, por otro lado, nos da terror.

Si no fuera escritor,¿qué le gustaría ser?

No es que me guste ser escritor. Así que la pregunta no es válida por ese lado. No me gusta ser escritor. Lo soy no sé por qué. Hay muchos escritores que rechazan totalmente el acto de escribir. Creo que habría necesidad de hacer un libro sobre el horror que tiene el escritor acerca de la escritura o con la escritura. Ejemplos hay muchos, pero me viene a la mente el caso de Sor Juana, quien dice que siente verdadera repugnancia por lo que escribe. Esto pudiera prestarse a un coqueteo, pero de alguna manera hay un dolor al decirlo. También está Dostoievski, quien dice: De todas las cosas que yo hago, que me cuestan siempre mucho trabajo, la más dura para mí es escribir una novela. Y como el de Sor Juana y el de Dostoievski hay muchísimos casos. Pero si yo pudiera tener veinte años, sería una gente dedicada a la arqueología; porque este es un país maravillosamente arqueológico, sembrado todo de señas, y sería para mí lastimoso ser médico en lugar de estar en Monte Albán. Esto no sé si no lo supe a tiempo o si, definitivamente, no tuve nunca madera de arqueólogo.

 

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