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Juan Domingo Argüelles

Juan Domingo Argüelles

FABULACIONES
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura.

Juan Domingo Argüelles Juan Domingo Argüelles Padre Poder: poesía y política

En el Diccionario de política, dirigido por Norberto Bobbio y Nicola Matteucci, el colaborador Mario Stoppino nos recuerda que, en la larga tradición de la filosofía política y las ciencias sociales, el análisis ya clásico que hizo Max Weber del poder no ha perdido vigencia. Y explica:

“Del poder legítimo, que es frecuentemente designado con la palabra autoridad, Weber individualizó tres tipos “puros”: el poder legal, el poder tradicional y el poder carismático. El poder legal, que es especialmente característico de la sociedad moderna, se funda en la creencia de la legitimidad de ordenamientos estatuidos que definen expresamente el papel del detentador de poder. La fuente del poder es, pues, la ‘ley’, a la cual obedecen no sólo quienes prestan obediencia (los ‘ciudadanos’ o los ‘asociados’), sino también el que manda. El aparato administrativo del poder es el de la burocracia, con su estructura jerárquica de superiores y de subordinados, en la cual las órdenes son impartidas por ‘funcionarios’ dotados de competencias específicas”.

En cuanto al poder tradicional, Weber lo definió como aquel que se basa “en la creencia del carácter sacro del poder existente ‘desde siempre’”, y, siendo así, advierte, la fuente del poder no es otra que la denominada tradición “que impone también vínculos al contenido de los mandatos que el ‘señor’ imparte a los ‘súbditos’. En el modelo más puro de poder tradicional, el aparato administrativo es de tipo patriarcal, y está compuesto de ‘servidores’ ligados personalmente al señor”.

Finalmente, el tercer tipo de poder legítimo, en la definición de Max Weber, es el poder carismático, que, explica Stoppino, “se basa en la sumisión afectiva a la persona del jefe y al carácter sacro, la fuerza heroica, el valor ejemplar o la potencia del espíritu y del discurso que lo distinguen de manera excepcional. La fuente del poder se conecta con lo que es nuevo, que no ha existido jamás y por ello el poder tiende a no soportar vínculos predeterminados. El que manda es típicamente el ‘guía’ (por ejemplo, el profeta, el héroe guerrero, el gran demagogo), y aquellos que le prestan obediencia son los ‘discípulos’. El aparato administrativo es escogido sobre la base del carisma y de la entrega personal, y no constituye por ello ni una burocracia ni un aparato de servidores”, pues sus aliados no tienen más propósito que complacer al Jefe Máximo y, especialmente, ¡no contradecirlo jamás!

Queda claro que de los tres tipos de poder legítimo que distingue Weber, el único realmente moderno es el legal; los otros (el tradicional y el carismático) están más cerca de las religiones y las creencias mágicas que del derecho. Aunque existan en la modernidad, el poder tradicional y el poder carismático son propios del patriarcalismo y del pensamiento mágico. Las leyes, y las instituciones, en tales casos, resultan secundarias, pues quienes detentan el poder encarnan ellos mismos la ley y la institución.

Si la visión política de Weber sigue actual para el mundo del poder y de los súbditos, desde la visión de la poesía esto tampoco ha variado, aunque cambien los nombres de quienes detentan el poder y se alternen las formas de autoridad en la tipología ya descrita. Para el caso de México, el poeta Jorge Hernández Campos tiene un poema memorable sobre el tema, cuyo título es “Padre Poder”. De los avatares sexenales, Hernández Campos dice: “Porque el poder es ese pétreo mascarón/ que resurge/ cada seis años/ siempre igual a sí mismo, siempre/ reiterativo, ambiguo, obtuso, laberíntico,/ siempre equivocado/ e incapaz, que para eso es el poder, de enmendar/ y aprender,/ y nada es posible perdonarle, como tampoco/ hay nada por qué odiarle./ No le habitamos. Nos habita/ como un mal innecesario, o como un vicio/ del espíritu;/ es nuestra larva, nuestro parásito, nos horada/ como a carne, nos acosa como a cuadrúpedos, reprochándonos,/ mientras nos desgarra,/ que seamos ingratos, impacientes, hostiles:/ esta bala, nos dice, me duele más/ en el pensamiento/ que a ti en los sesos”.

Hacia el final de su poema, Hernández Campos aconseja: “No lo vivamos más, pacientes, como pasión,/ sino como un problema de virtud”.

Pasión y problema de virtud pueden ser, indistintamente, los ejercicios de la libertad de creer, de pensar y de expresar lo que se cree y piensa. Decirlo es una cosa; escribirlo es otra, porque lo que se dice (entre dientes, en familia, en un breve corrillo y aun en el ágora) generalmente se lo lleva el viento, en tanto que lo que se escribe queda fijo, al menos por un tiempo, antes de evaporarse, pues es ley (Marx y Engels la formularon extraordinariamente en el Manifiesto) que “todo lo sólido se desvanece en el aire”.

En México, todo lo bueno es voluntad del Presidente, del Tlatoani en turno: del Señor Presidente convertido en Hijo Laico de Dios Transfigurado. Todo lo soluciona el Señor Presidente. Todo lo bueno lo hace él. Hace que llueva, que florezca el maíz, que nazcan las criaturas, que alcancemos la felicidad. Sin el Tata Presidente nada es posible. Lo saben los que lo saben y hasta los descreídos, que alguna vez lo fueron, hoy lo agradecen. Por eso, el lunes 28 de enero de 2019, desde sus inicios, la Cuarta Transformación, en medio del bochorno, se convirtió en la Cuarta Genuflexión. El transformado y genuflexo fue, por cierto, un periodista, quien empuñó el micrófono para denunciar que había sido vetado de todos los medios de comunicación del anterior gobierno, y sus palabras fueron más allá de todo nivel de gratitud al Señor Presidente que hizo el milagro de devolverlo a la vida pública (y de quien, por cierto, cuando no era el “Señor Presidente”, como lo es hoy, sino simplemente “El Peje”, el periodista transformado, y genuflexo, se burlaba de él en la radio).

Luego de relatar algunos chismes, para que viera el Señor Presidente que tiene en él a un aliado, el periodista dijo lo siguiente (ante la cara de vergüenza de sus colegas): “Gracias a usted regreso, nuevamente, a los medios de comunicación. Ahora que llega usted se me abren las puertas; la libertad de expresión termina con la ‘ley mordaza’, y yo estoy muy agradecido al Presidente de la República. ¡Gracias a usted! ¡Si usted no hubiese llegado a la Presidencia yo seguiría vetado! ¡Tenía yo la fe, pero…!”. Aquí, el presidente lo interrumpe para acotar: “Vamos a decir que es por la voluntad de los ciudadanos que decidieron que lleváramos a cabo un cambio en el país: fueron millones de mexicanos que votaron por un cambio verdadero”. Pero el periodista desespera ante la interrupción de su salvador, y vuelve al uso de la lengua sólo para que los zapatos del Señor Presidente luzcan más brillantes: “¡Señor Presidente, Señor Presidente!, muchas, muchas gracias. Gracias a usted regreso a trabajar. ¡¡¡Gracias a usted, no al pueblo de México!!! ¡¡¡¡Gracias al Presidente de la República, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos!!!! ¡¡¡¡¡Muchas gracias!!!!!”. Y, después de esto, el peso del silencio aplastó la libertad de prensa.

“El Presidente” es otro poema emblemático de Jorge Hernández Campos. Él ya sabía lo que el periodista renacido apenas descubrió hasta hace poco. Hernández Campos hace hablar al Presidente: “Yo hago brotar las cosechas/ caer la lluvia/ callar el trueno/ sano a los enfermos/ y engendro toros bravos”.

La poesía siempre se anticipa. La poesía sabe de política más que la política y más que los políticos. Lo malo es que la gente no lee poesía para informarse de la política y de todo la profundo de la vida. Por eso hace el ridículo, y dobla la cerviz, ante el Padre Poder.

 

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*Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018) y Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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