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Ian Bostridge y su lectura de Viaje de invierno de Schubert

El tenor nos sorprende con este gran ensayo, una valiosa visión de la obra del compositor vienés tanto para los especialistas como para los apenas iniciados

a la memoria de mi dilecto René Avilés Fabila, en su quinto aniversario luctuoso.

Ya maltrecho y menguado por las terribles secuelas de la sífilis, Franz Schubert (Viena, 1797-1828) publicó su medular y trascendental ciclo de canciones para voz y piano Winterreise (D. 911, opus 89) el mismo año de su muy prematura muerte. El conjunto de lieder al que más tiempo y trabajo le dedicó quien con justicia ha sido considerado el gran maestro del género, influyendo en otros notables compositores que lo enriquecieron como Schumann y Mahler, el poeta romántico alemám Wilhelm Müller sobrevive en buena medida gracias a que el gran genio vienés se inspiró en veinticuatro poemas suyos para concebir este hondo y decantado Viaje de invierno, al igual que su no menos bello y quizá más popular y previo La bella Molinera (D. 795, opus 25) de 1823.

Escrito por Schubert para tenor y piano, como el mencionado Die schöne Müllerin, lo cierto es que con mucha frecuencia se transponen ambos a otros rangos vocales ––el mismo compositor estableció esta rica posibilidad––, siendo las varias versiones del gran batítono berlinés total Dietrich Fischer-Dieskau las de referencia, en especial las que interpretó y grabó con uno de sus acompañantes de cabecera, el sabio y finísimo pianista inglés Gerald Moore. Si bien estas dos obras maestras de madurez de Schubert plantean exigencias tanto para los intérpretes como para los oyentes por sus complejos lenguaje y estructura, por su elaborada armonía, Winterrese trae además consigo la profundidad de pensamiento metafísico que convirtió su entreverado desarrollo ––he ahí el constante retrabajo de la partitura que plantea un perfecto equilibrio entre ambos instrumentos––  en una obsesión para su entonces más ensimismado y melancólico creador, ya tocado de muerte pero igual consciente de que todavía tenía mucho por delante que decir.

Compuesto en dos muy diferenciadas pero conexas partes de doce lieder cada una, la primera hacia inicios de 1827 y la segunda a finales del mismo año, Tobias Haslinger las publicó por primera vez por separado, la primera empezado el siguiente 1828, y la segunda, ya póstuma y cuyas pruebas todavía alcanzó a corregir Schubert días antes de su muerte, hacia finales de ese fatídico diciembre del mismo año. Müller había muerto el año anterior, en 1827, a la misma edad de nuestro eterno poeta joven Ramón López Velarde de quien este 2021 se conmemora su centenario luctuoso (“La edad de Cristo azul se me acongoja”), por lo que ya no alcanzó a conocer las versiones musicalizadas de sus poemas en ambos ciclos, y de los cuales si bien se acostumbra interpretar fragmentos por separado, lo cierto es que cada uno de ellos establece una ruta total tanto literaria como musical.  Y aunque escritos originalmente para tenor, se sabe que su cercano amigo el barítono Johann Michael Vogl fue quien los presentó y dio a conocer en varias giras por Austria y Alemania, experiencia inaugural que de alguna manera establecería el canon de que las mayores y más célebes intrepretaciones se consumaran con cantantes de esta tesitura, incluida la citada de referencia de Fischer-Dieskau. 

Objeto de innumerables estudios e interpretaciones desde que volvió a emerger de la oscuridad tras la muerte del compositor, el tenor inglés Ian Bostridge ha sorprendido a la docta comunidad musical con su más que ilustrativo y no menos inspirador gran estudio “Viaje de invierno” de Schubert. Anatomía de una obsesión (Barcelona, 2019), que en español ha visto la luz ––en impecable traducción de Luis Gago–– en la amplia colección de música con que cuenta ya la espléndida editorial Acantilado. Particularmente especializado en el género del lied alemán, de la canción de concierto en otros idiomas, y si bien en su más bien selecto repertorio cubre también autores y obras de los periodos barroco, clásico, romántico y hasta contemporáneo (sus interpretaciones de parte del ecléctico acervo para voz de su compatriota Benjamin Britten, por ejemplo, han merecido muy favorables comentarios por parte de la crítica especializada), su gran pasión ha sido el amplio catálogo schubertiano para su instrumento, de lo cual da clara constancia este sólido y muy bien documentado libro sobre el más enigmático y elaborado de los ciclos vocales del célebre compositor vienés. Uno de los modelos por excelencia del lied romántico, Bostridge se inscribe con este esclarecedor documento en la mas bien reducida nómina de intérpretes que ha conseguido además abonar con talento y buen juicio a la bibliografía especializada.      

Una valiosa recomendación de mi muy querido amigo y colega Fernando Fernández,  el también inteligente y culto musicólogo inglés consigue con este revelador estudio uno de los más hermosos compendios en derredor de la vida, la personalidad y el inspirado genio creador de uno de los músicos más visionarios del periodo romántico, injustamente visto muchas veces apenas como un mero epígono ––¡brillante!–– de su admirado Beethoven que murió apenas un año antes que él. Es más, Bostridge llega a afirmar que si bien el conocido ciclo del músico de Bonn An die ferne Geliebte se publicó más de dos lustros antes, lo cierto es que los de Schubert ocupan un lugar más destacado en la historia del género donde su impronta estableció un antes y un después. El sabio intérprete nos invita a seguir línea a línea los versos de Müller y la maravillosa música que los redimensiona ––él mismo alude a la referenciada versión de Fischer-Dieskau––, revelándonos sus hondos significados e intenciones, y cómo el dotado compositor logró hacerlos suyos y expresar a través de ellos los contrastantes sentimientos e ideas de quien para entonces atravesaba la etapa más dura y atribulada de su corta pero vehemente existencia, reluciendo de igual modo aquí su no menos singular genio melódico.

Dedicados varios de los poemas a la memoria del gran Carl Maria von Weber, compadre de Müller, Bostridge nos recuerda que el propio Schubert invitó a un grupo de amigos a su modesto alojamiento para interpretárselos él mismo, ya abatido por los estragos de la mortal enfermedad, y esa experiencia íntima, nos dice el ilustrado tenor, representaría oxígeno puro en su otrora corpulenta pero para entonces ya disminuida naturaleza. La anatomía de esa última gran obsesión de Schubert, quien aquí se expresa entre líneas y sin dilación, de frente a la muerte y con un profundo amor por la vida, por el amor trágico pero igualmente redentor, por la naturaleza inspiradora que es también cobijo después de atravesar el Leteo, logra ser descrita por Ian Bostridge con pasión y conocimiento de causa, ofreciéndonos con este gran ensayo un valioso documento tanto para los especialistas como para los apenas iniciados en un intenso mundo interior ––y el exterior que lo influyó y marcó, pues el hombre es él y sus circunstancias, parafraseando a Ortega y Gasset–– plagado de vicisitudes pero también rebosante de sorpresas. Por otra parte, se trata de una edición hermosa, sumamente bien cuidada, con un ilustrativo encarte de imágenes a color que contribuyen a contextualizar ––y disfrutar–– tan extraordinario trabajo de varios años.

Acerca del autor

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Mario Saavedra
Escritor, periodista, editor

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