El positivismo y el origen de las humanidades en México

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El positivismo y el origen de las humanidades en México

Caso, Vasconcelos y otros pensadores fomentarían una ruptura con el positivismo, que se había convertido en la rutina pedagógica defensora del statu quo

Sin temor a parecer árido, una de las etapas más conmovedoras de la historia nacional se da con el “Ateneo de la Juventud”, creado – de forma paralela- un año antes del estallido de la Revolución; el statu quo del México de aquel entonces se había fracturado y empezaba a reconfigurarse, para ello, desde el terreno educativo y cultural una pléyade de jóvenes se convirtió en faro y derrotero.

José Vasconcelos, uno de sus miembros fundadores era filósofo sí, pero principalmente por la vertiente estética; el gran filósofo de ese grupo sin duda fue, Antonio Caso. Para ello, contextualicemos un poco. Vasconcelos y Caso, decíamos fueron filósofos en un país cuyas escuelas de aquel entonces, no sólo no enseñaban filosofía, sino que no enseñaban humanidades, ambos eran abogados.

Nos dice Alfonso Reyes en su magnífico ensayo “Pasado inmediato” que es un baluarte para la historia de la pedagogía mexicana: “ayuna de Humanidades, la juventud perdía el sabor de las tradiciones, y sin quererlo se iba descastando insensiblemente”. Justo es el tema que apasiona a Caso, recuperar un pensamiento mexicano, con una filosofía más propia.

Como sabemos, el positivismo de Comte llegó a nuestro país a través de uno de sus discípulos, Gabino Barreda, durante el último cuarto del siglo XIX, a principios del XX, figuras como Antonio Caso consciente de que las naciones como los individuos imitan más de lo que inventan, escribía sobre el padre del positivismo: “Comte es un católico que conserva el formalismo de la Iglesia y lo sintetiza con ideas de Diderot, Hume, Turgot y Condorcet”.

Otro de los ateineistas destacados, Pedro Henríquez Ureña, apuntaba como “sentíamos la opresión intelectual, junto con la opresión política y económica de que ya se daba cuenta gran parte del país. Veíamos que la filosofía oficial (el positivismo) era demasiado sistemática, demasiado definitiva para no equivocarse. Entonces nos lanzamos a leer a todos los filósofos a quienes el positivismo condenaba como inútiles, desde Platón que fue nuestro mayor maestro, hasta Kant y Schopenhauer”.

El gran mérito de esta generación estriba como dice Reyes, en que “quien quisiera alcanzar algo de Humanidades tenía que conquistarlas a solas, sin ninguna ayuda efectiva de la Escuela”. Estos autodidactas fermentan como la levadura de forma paralela a un movimiento armado, no lo provocan, no lo validan, son más bien parte sustancial del humor de la época, aunque en más de una ocasión el estruendo de un país convulso les impedía siquiera pensar.

“Aquella generación de jóvenes se educaba, como en Plutarco, entre diálogos filosóficos que el trueno de las revoluciones había de sofocar. Lo que aconteció en México el año del Centenario fue como un disparo en el engañoso silencio de un paisaje polar: todo el circo de glaciales montañas se desplomó y todas fueron cayendo una tras otra”, nos dice Reyes que, por aquella época se exilió a España; su padre el General porfirista Bernardo Reyes, había muerto en la “decena trágica”.

¿Por qué era importante combatir el positivismo?, ni más ni menos porque esta corriente ideológica había justificado a través del “orden y el progreso” a la dictadura como a su séquito oligárquico. “El Positivismo mexicano se había convertido en rutina pedagógica y perdía crédito a nuestros ojos. Nuevos vientos nos llegaban de Europa. Sabíamos que la Matemática clásica vacilaba, y la Física ya no se guardaba muy bien de la Metafísica”, según explica Reyes en el exilio.

Pero un maestro de maestros, don Ezequiel Chávez, en un plumazo define la importancia sistémica del positivismo en nuestro país, pues según este gran educador mexicano, las reformas educativas de 1917 y 1934 “no fueron otra cosa que una resultante de la educación positivista que en las escuelas secundarias y superiores de México fue impartida desde 1867”.

En este escenario irrumpe Alfonso Caso, con una amplitud de pensamiento, fomenta la filosofía en la cátedra y encuentra cuñas y agarres con amplias resonancias, entonces don Ezequiel, su maestro, al ser nombrado director de la escuela de Altos Estudios, congregó a los jóvenes, y creó una facultad de Humanidades enteramente gratuita. Lo que hoy conocemos como Facultad de Filosofía y Letras.

En esta nueva facultad, de acuerdo con el testimonio documental de Alfonso Reyes: por primera vez se oyen los nombres de estas asignaturas: Estética, por Caso; Ciencia de la Educación, por Chávez; Literatura francesa, por González Martínez; Literatura Inglesa, por Henríquez Ureña.

Sin duda un triunfo del Ateneo de la Juventud y de don Ezequiel Chávez de quién hablaremos en nuestra próxima entrega, pues además de su onomástico es uno de los grandes educadores de México que no ha tenido mucho eco en la historia.

Héctor Martínez Rojas
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