Gobiernos felices con súbditos ignorantes

De nada sirve tener un país de gente que lea si sus lecturas son impuestas por autoridades o empresas

Solemos culpar de nuestro bajo índice lector al pobre y no al universitario.

Continúo con las respuestas que le di por escrito a Alejandro Zenker, director general de Ediciones del Ermitaño y director de Quehacer Editorial, revista para pensar, repensar y debatir en sus páginas el ecosistema del libro y la lectura en México. Todo ello en relación con esta era pandémica del covid-19.

1. Para que tenga sentido la bibliodiversidad hay que trabajar en la formación de públicos lectores, del mismo modo que para el desarrollo de la ópera hay que trabajar en la formación de públicos operísticos, y lo mismo en la danza que en la pintura y en la música clásica por excelencia. La gente no leerá más libros porque se los regalen (¡y hay que ver qué clase de libros le regalan!), la gente no leerá más porque los libros-folletos se ofrezcan a precios económicos (¡y hay que verquehacer también sus contenidos!). Ninguna persona que carezca del gusto, de la afición de leer, leerá más porque le regalen o le ofrezcan baratísimos productos sin mayor calidad estética o de muy baja calidad artística. Y ese gusto, esa afición se tienen que educar hasta volverse necesidad. Es una tontería pensar que la gente no lee únicamente porque los libros “son caros” o “no son gratuitos”. Hay universitarios, ¡y muchos!, que tienen dinero para comprar libros (incluso caros) y no los compran porque padecen analfabetismo funcional. Por supuesto, la bibliodiversidad es algo que está muy lejano en estos momentos en México, porque la cultura editorial del Estado se ha empeñado no en una diversidad, sino en la uniformidad que va desde las cartillas morales a los catecismos y guías “éticas” dizque “para fortalecer los valores de México”. Esto es ignorar una de las mayores verdades filosóficas, una que André Comte-Sponville sintetiza en estas pocas palabras, a manera de pregunta: “¿Cómo podría un libro hacer las veces de la vida?”. Los ideólogos y los moralizantes creen que los libros se escriben, y se leen, para hacernos “buenos” (a sus autores y a sus lectores), pero con una clase de “bondad” que, por supuesto, ellos tienen que aprobar, porque lo que es bueno para alguien, aunque sea ético, puede ser muy malo desde la óptica de este gobierno. Y todos sabemos que los que es bueno para unos puede ser una pesadilla para otros. ¿Los lectores no pueden ser malhechores? La historia demuestra que sí, con Hitler y Mao a la cabeza: lectores, y autores, que tenían bibliotecas.

2. Si uno respeta a los potenciales lectores, les dará que leer, los ayudará a buscar lecturas, los acercará a los libros (sin que necesariamente los aleje del cine, la música y otras artes en general), pero no les hará interrogatorios judiciales sobre lo que han leído, ni tampoco los forzará a leer lo que a uno le parece lo mejor, si esos potenciales lectores, al buscar su destino, toman caminos de lectura que no son los nuestros. Hay que respetar las lecturas de los demás, y no hay que asomarse por encima de sus hombros para denigrar lo que están leyendo porque no coincide con lo que nosotros quisiéramos imponer. La imagen del infierno que yo tengo, en relación con lo que se ha llegado a denominar “un país de lectores” o “una república de lectores” (idealismos vacíos en utopías totalitarias) es la del universo o microuniverso donde todo el mundo lleva los mismos libros bajo el brazo, lee lo mismo, cree en lo mismo y, además de todo, cree de veras que la lectura, por sí misma, supera y releva a todas las demás experiencias del arte y la cultura. Si no tenemos en cuenta que la lectura es sólo una más entre las experiencias maravillosas de la vida, corremos el riesgo de volvernos unos petulantes insoportables y unos necios que suponemos que todos aquellos que no leen libros y que, especialmente, no leen los mismos libros que nosotros, no son otra cosa que unos cretinos. Los verdaderos cretinos son los que se asumen “buenos” porque leen libros.

3. Sabemos que la alfabetización es el primer paso de todo lector. Sin alfabetización no hay lectores de libros, aunque los haya de nubes, de noches estrelladas, de tiempos para la cosecha, etcétera. El problema con el sistema educativo es que alfabetiza para luego “escolarizar” y no precisamente “educar”. Hay que tener en cuenta que la escuela no tiene, entre sus propósitos, la formación de lectores: su trabajo fundamental es conseguir que los alumnos cursen las materias de un plan de estudios, aprueben y logren pasar al otro nivel escolar. Si alguien sale de las aulas en México como un lector irredento es por excepción, no por regla ni mucho menos por las virtudes del sistema educativo. En México tenemos un porcentaje ínfimo (entre 3 y 4 por ciento de analfabetismo real), y un día llegaremos a cero en este terreno; en cambio, tenemos un analfabetismo funcional muy alto al que se suman muchísimos universitarios. Dice bien Gabriel Zaid: si los universitarios leyeran de veras, habría un auge nunca visto en la industria editorial, porque los ejemplares se agotarían muy pronto y no habría siquiera oportunidad de almacenarlos. En cambio, una edición de dos mil ejemplares tarda años en agotarse, y siempre le echamos la culpa de nuestro bajo índice lector al pobre, al campesino, al no universitario. Pero ellos no son culpables de los bajos índices de lectura en nuestro país; lo son quienes fueron a la universidad y luego se deshicieron de los libros porque ya son graduados que creen no necesitar libros. Cuando los preuniversitarios llegan a la universidad, han leído, por lo general, muy pocos libros, y cuando salen de las aulas universitarias, ya graduados, únicamente han leído los libros o capítulos de libros (¡en fotocopias!) que les sirvieron para aprobar las materias y titularse. Esto es lo que produce el sistema educativo en México: un desdén por el libro y por la lectura autónoma, porque al libro se le considera nada más una herramienta (la famosa lectura instrumental) para aprobar materias, escalar niveles de escolarización y, finalmente, titularse. ¿Cuándo cambiará el sistema educativo? Cuando se entienda de veras que una educación sin lectura autónoma e instrumental de libros es tan sólo una escolarización: algo que no merece llamarse educación; tan sólo, quizá, amaestramiento, como dijera Kant. Pero para que esto cambie también se necesitan gobernantes y autoridades que no sean tan ignorantes ni ostenten esa enorme ignorancia haciendo virtud de su ineptitud y su inopia.

4. Se equivocan quienes creen que al poder político le interesa formar lectores críticos; su interés es (de)formar lectores sumisos y conformistas. Ningún gobierno, ningún Estado promueven la lectura masiva de libros que vayan en contra de su ideología. Eduardo del Río, Rius, me dijo lo siguiente ante esta pregunta tan sencilla: “¿Crees que a los gobiernos les interesa realmente que la gente lea?”. Respondió: “Obviamente, no. Los gobiernos son felices con súbditos ignorantes”. Por ello, siempre que los gobiernos promueven un corpus de libros para la lectura masiva, lo hacen con títulos y con autores que son ideológicamente afines. Así, manipulan a la población que los lee, o bien tiran el dinero de los contribuyentes en libros que poca gente lee, aunque se los traten de meter por las narices. También está el caso del corpus de los libros intrascendentes que promueven las grandes empresas transnacionales de la industria editorial: si alguien lee, cada mes, los libros y los autores más vendidos que aparecen en las listas de rigor, no diremos que se volverá tonto, pero, casi seguramente, habrá perdido una buena parte de su tiempo en trivialidades. En el caso de los gobiernos ideológicos y autoritarios, en este tema de la promoción masiva de libros y de los programas de lectura, aquéllos siempre encargan estas tareas a personas que coinciden con la ideología gubernamental y no porque, precisamente, sean muy capaces en la materia, y no esperemos de ellos que promuevan la insumisión o la subversión, sino, como es obvio, la obediencia y la sumisión. Es que el poder era malo hasta que llegaron ellos.

Sobre la firma
Fabulaciones | Web

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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