Enseñar mediante el muralismo

Firmas invitadas

Jorge Uzeta

Jorge Uzeta

Profesor investigador del Centro de Estudios Antropológicos de El Colegio de Michoacán.

Mural que refiere a las mayordomías en la escuela primaria bilingüe otomí Miguel Hidalgo, comunidad de Cieneguilla, Tierra Blanca, Guanajua

Enseñar mediante el muralismo

Este estilo pictórico continúa siendo un medio de expresión social vigente

Resulta interesante constatar la vigencia, en todo el país, de la pintura mural como un medio de expresión social en el que prácticamente cabe todo: desde la crítica política y la impugnación ideológica, como en el caso del muralismo en Cherán, Michoacán, hasta el de la atracción turística en asociación con festivales gastronómicos, como sucede en algunas zonas urbanas de Mérida, Yucatán. Aunque la presencia de estas expresiones es variable, dependiendo del surgimiento de movilizaciones sociales, de coyunturas políticas o de la sensibilidad de tal o cual cabildo, todas ellas suelen aludir a cuestiones de historia e identidad. En los murales urbanos de Xcalachén, por ejemplo, es notoria la representación de la exuberante flora y fauna peninsular como un puente en el que el pasado maya y el presente yucateco se encuentran; en el de Cherán, por su parte, lo recurrente es la alusión a las particularidades culturales purépechas a través de la representación de festividades propias, de la vestimenta, del cultivo del maíz.

Es por eso que comprobar la persistencia de este tipo de expresiones plásticas como una herramienta o recurso con carácter pedagógico resulta igualmente revelador. Las derivaciones más o menos afortunadas del muralismo de la posrevolución, retomadas por el sistema de educación pública como medio de enseñanza de la historia, tienen mucho que ver en eso. De hecho no es infrecuente que a manera de conmemoración y celebración, se plasmen gestas patrióticas o los perfiles hieráticos de los héroes de la independencia y la revolución en las paredes de primarias públicas urbanas, incluyendo en ellas metáforas de progreso y justicia social. No obstante, el uso de la pintura mural en primarias rurales e indígenas tiene al menos una particularidad destacable al respecto, pues a través de esa expresión plástica se trata de encontrar un punto de equilibrio entre las versiones oficiales de la historia y las propias trayectorias locales y étnicas, incorporando figuras reales o míticas particularmente valoradas.

La escuela primaria bilingüe otomí Miguel Hidalgo, ubicada en la comunidad de Cieneguilla, en el municipio guanajuatense de Tierra Blanca, es una buena muestra de lo anterior. De hecho, a partir de varias expresiones artísticas situadas en el plantel, a la vista cotidiana de todos los alumnos, su conjunto arquitectónico puede ser visto como una suerte de muestrario de las aspiraciones y actitudes locales. Por ejemplo, una escultura y un busto en cantera dan de inmediato el tono del equilibrio al que me refería anteriormente: el prócer Miguel Hidalgo se destaca en un lugar de honor en el patio central, mientras un busto del sacerdote párroco Alvino González, promotor de la escuela pública en la década de 1950, marca la entrada al plantel.

Sin embargo, son las tres pinturas murales que existen en la escuela las que muestran con mayores matices el esfuerzo por integrar equilibradamente historias diferentes, remarcando elementos que, desde la perspectiva local, dan consistencia a la identidad otomí. Si en uno de los murales el cura Hidalgo llama a la insurrección para liberar de la esclavitud colonial, representada por la soldadera hispana que veja y amarra a hombres otomíes y chichimecas, en los dos restantes se muestran características asumidas como propias. En uno de ellos se plasman referentes mitológicos y religiosos en el semidesierto del lugar, con una presencia destacada de animales humanizados. El otro refiere directamente a las mayordomías  y al sistema ritual vigente, cuya naturaleza es la de un catolicismo autóctono que dota de coherencia y unidad cultural a todas las comunidades otomíes del municipio (véase foto).

Lo destacable es que esos murales no sólo aluden a narraciones de la historia nacional y al esfuerzo por introducir narrativas locales y elementos de la identidad otomí como parte ellas, aún a pesar de las notables contradicciones que existen entre ambas. Los murales enseñan también algo más a los alumnos que diariamente los contemplan y que de hecho participaron de varias maneras en sus diseños y ejecuciones: la actitud negociadora con que las comunidades han encarado muchas de sus relaciones con las diversas instituciones estatales, y con la que sus profesores y líderes políticos quieren seguir perseverando. Se trata, desde luego, de un tipo de equilibrio políticamente motivado: actualizar lenguajes y formas de interacción con diferentes instituciones mientras se educa a las jóvenes generaciones en esa vertiente. Así, lo que se enseña en Cieneguilla mediante la pintura mural, es que el perfil y la actualización de la historia y la identidad otomí pueden realizarse a través de la búsqueda de coincidencias prácticas con el Estado y los diferentes niveles de gobierno.

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