El mundo en el que vivimos

Héctor Martínez Rojas
PERIODISTA | + posts

Con Nuestra dependencia de la tecnología y las redes sociales Hemos pasado de preocuparnos por el periodismo objetivo ante el nuevo dilema del algoritmo objetivo

Desde 2005, año en que se empezó a extender Facebook, el mundo ha adquirido otra faz. Hace unos días, Netflix subió a su plataforma el documental “El dilema de las redes sociales”, el cual despierta un cierto temor de cómo la inteligencia artificial se ha enquistado en nuestras vidas a través de estas herramientas de comunicación.

Hemos empezado a vivir en las pantallas. De acuerdo con el documental citado, los diseñadores y programadores de, por ejemplo, Gmail, toman decisiones que afectan a por lo menos a dos mil millones de personas que usan este correo electrónico.

El mayor problema es el modelo de negocios de estas empresas súper rentables que literalmente, compiten por la atención de sus usuarios, es decir, su objetivo es “engancharnos”. “Si no pagas por el producto, lo más probable es que tú seas el producto”, se afirma en este documental del 2020.

En una década, pasamos del dilema del “periodismo objetivo” vs el “algoritmo objetivo”. Los comunicadores de la vieja guardia saben que el periodismo objetivo no existe, de ahí derivamos que el algoritmo tampoco es objetivo, su finalidad es literalmente, acecharnos y si nos dejamos, conocernos mejor que nosotros mismos.

¿Cuántas veces realizamos una búsqueda en Google y ese mismo día tenemos anuncios en nuestras redes sobre la búsqueda que hicimos hace 15 minutos? El negocio es expedito. Se dice que solamente dos sectores llaman “usuarios” a sus clientes, el narco y la tecnología. La pregunta es ¿Cuánto de nuestro tiempo, ¿cuánto de nuestra vida estamos dispuestos a entregarles?

 Nuestro celular se ha convertido en una herramienta que carga con nuestras intimidades, desde nuestras conversaciones en WhatsApp, hasta las fotos de las vacaciones pasadas. Con ello, los algoritmos desarrollados por estas empresas pueden anticipar nuestros actos, nuestras comparas, gustos y caprichos. El algoritmo lo sabe y nosotros ni siquiera somos consientes de lo que ellos saben de nosotros. A todas luces es una pelea injusta.

Antonio Caso, decía que la verdadera educación “informa”, es decir, forma desde adentro; sin duda las redes están hechas para eso, al entregarles de manera voluntaria nuestra intimidad: la foto en la comida de cumpleaños, el autorretrato con nuestra pareja, la publicación que certifica nuestra visita a tal o cual lugar, con ello, como dijera don Juan, nos cargamos de historia personal, emergen los denominados “influencers”.

El tema no es menor, si recordamos la tradición tolteca, a la cual le hemos dedicado diversas líneas en este espacio, ellos tenían una serie de comportamientos conductuales con miras a llevar una vida ahíta de libertad y conocimiento, pero con las redes, de forma sistémica hacemos lo contrario. No sólo perdemos libertad al estar enganchados y arriados, sino que, como dijera el clásico, las redes funcionan con el imperativo “de acuerdo con el tamaño del sapo es la pedrada”.

Google muestra información diferenciada sobre un mismo tema, de acuerdo con tus hábitos de búsqueda, a la región en la que vivas, según muestra este documental dirigido por Jeff Orlowski y escrito por Davis Coombe y Vickie Curtis. Pero más aún, este documento señala a las redes sociales como las difusoras de las noticias falsas, la posverdad, en consecuencia: la polarización social.

Ahora bien, con la pandemia, el uso de la tecnología de comunicación a distancia se aceleró hasta hacerse necesaria. En el mundo de la educación, se contempla que la formación de las actuales y posteriores generaciones será al menos, híbrida. La educación a distancia se está consolidando a pesar de las brechas que también está generando, pues como sabemos, no todos tienen las mismas oportunidades de acceso a estas herramientas.

Aunado a ello, el confinamiento ha forzado a que las relaciones interpersonales se den en mayor medida a distancia y por vía electrónica, vía que esta monitoreada las 24 horas para conocer nuestras emociones y elucubraciones, algo así como la policía del pensamiento de Orwell.  

Todavía vivimos en un mundo donde las ballenas como los árboles valen más muertos que vivos; es decir, vivimos en un mundo sin corazón; así que “si el mundo se va al carajo, que se vaya”, dice el cantante Rubén Albarrán en el episodio de “Pan y Circo” dedicado al cambio climático; pero Albarrán no se refiere al planeta, a la madre tierra, la frase se emplea considerando “el mundo” como “el mundo de nuestros actos”, nuestra economía y nuestros privilegios. “Sería muy triste dedicarte a escrolear toda la pandemia”, dice en un programa de YouTube, el actor Luis Gerardo Méndez; y es que esa posibilidad es más que latente.

Ahora bien, estos recursos tecnológicos que generan abundantes ganancias para las empresas del sector, tienen un costo energético y es algo de lo cual también poco sabemos. De acuerdo con el documental “Conexiones: la ciencia detrás de todo” -también puesto en línea en Netflix este 2020, y protagonizada por Latif Nasser-, una búsqueda en Google utiliza la energía equivalente al encendido de una bombilla de led por tres minutos; mientras que una hora de streaming, equivale a la energía que gasta esta misma bombilla durante ¡cinco días!

La voracidad es insaciable, en los últimos 50 años, se estima que la capacidad para procesar información ha aumentado en un billón de veces y esto seguirá creciendo, por ahora estas grandes empresas de redes sociales puedan afirmar que alrededor nuestro hay 10 mil individuos comportándose de forma similar a la nuestra, al menos, en la pantalla. El algoritmo, la inteligencia artificial, con nuestro beneplácito, nos dirige y gobierna. Veo el tiempo en pantalla de mi celular y registra un promedio diario de cuatro horas; mi jornada ha sido reducida.

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