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SUPLEMENTO SOBRE EDUCACIÓN SUPERIOR

23 de octubre de 2020 11:28 PM

Adrián Acosta Silva

Adrián Acosta Silva

ESTACIÓN DE PASO
Investigador del Cucea de la Universidad de Guadalajara.

Este otoño, situado en la crisis pandémica, marcará cambios importantes para las instituciones de educación superior

Hojas de otoño: leyes, decretos y universidades

Tres reformas de ley perfilan un fin de año complicado para la educación superior mexicana.

En el paisaje otoñal que caracteriza la coyuntura de la crisis pandémica, se perfila un fin de año complicado para la educación superior mexicana. Tres iniciativas federales destacan en el horizonte: la reforma al reglamento del Sistema Nacional de Investigadores, la aprobación de la Ley de Ciencia, Tecnología e Innovación, y la Ley General para la Educación Superior. La primera ya fue decretada y publicada por el poder ejecutivo federal la semana pasada, mientras que las dos iniciativas de Ley, al parecer, serán discutidas y, en su caso, aprobadas por el legislativo en el actual período de sesiones. En su conjunto, estas reformas al marco normativo y operativo de la educación terciaria, la ciencia y la tecnología, tendrán impactos significativos en las universidades públicas del país.

Aunque aún es dífícil apreciar con claridad la magnitud de las implicaciones de esas iniciativas, se puede afirmar que tendrán efectos importantes en las relaciones entre los procesos de formación, investigación y producción de conocimento en las instituciones de educación superior. Las reformas configuran nuevos entornos de políticas especialmente para el nivel del posgrado que ofrecen las universidades públicas y los centros especializados de investigación. Por ello, quizá sea pertinente reflexionar sobre la complejidad de las relaciones que articulan los delicados vínculos entre los procesos mencionados.

En primer lugar, habría que reconocer que, como todas las formas de la acción social, los procesos de formación, investigación y producción de conocimiento son resultado de relaciones sociales entre individuos, grupos e instituciones. Es decir, no son relaciones naturales, obvias, mecánicas, sino construcciones sociales basadas en la tensión, la coordinación y la cooperación. La lógica  de dichas relaciones  surge de largos procesos de diferenciación e integración de las actividades docentes y de investigación en todas las áreas científicas y humanisticas. Las figuras de los estudiantes de posgrado (maestrantes, doctorantes) y de los profesionales de la investigación (los científicos e investigadores), que interactúan en espacios especializados para el desarrollo de sus actividades (programas, institutos, centros universitarios), son la expresión simplificada de la complejidad de las relaciones sociales que sostienen y estimulan la diversificación, diferenciación e integración de las disciplinas y subdisciplinas en todos los campos de la investigación.

En segundo lugar podría preguntarse: ¿cómo se construye el conocimiento en la universidad? Mediante la vinculación entre aprendizaje e investigación, como lo sabemos desde la aguda  observación  que el profesor Wilhelm von Humboldt hizo desde su cubículo de la Universidad de Berlín a principios del siglo XIX, y que sentó la bases de uno de los principios fundacionales de las universidades modernas: las libertades de enseñanza e investigación. Pero esa relación supone prácticas básicas, socialmente compartidas en el ámbito de la universidad:  la reflexión solitaria, la discusión colectiva, la observación y la lectura, la experimentación constante, el uso de nuevas metodologías y tecnologías. Esas prácticas son a la vez herramientas básicas del oficio y de la profesión científica y académica, que se aprenden y transmiten de generación en generación, en contextos institucionales específicos, con recursos elementales: aulas, laboratorios, bibliotecas, profesores, condiscípulos, jardines, cafeterías. Esos recursos son esencialmente recursos públicos que las universidades organizan institucionalmente para favorecer el desarrollo de la docencia, la investigación, la difusión de las ciencias, la cultura o las artes.

Hay sin duda un fuerte componente individual en la formación y fortalecimiento de grupos y redes de investigación y de conocimiento. Todos los científicos, investigadores, estudiantes de posgrado “caminan a hombros de gigantes” por utilizar la conocida metáfora de Newton. Pero en las universidades contemporáneas esos esfuerzos individuales no bastan. Es necesaria la instrumentación de políticas que favorecan la formación de climas institucionales, culturales e intelectuales apropiados para reconocer el talento, impulsar la curiosidad, organizar procesos formativos estables, coherentes y sustentables.  Desafortunadamente, esas políticas han sido erráticas, contradictorias e insuficientes a lo largo de los últimos años.

En tercer lugar, está el tema de los desafíos. La multiplicación de centros, institutos, programas, dedicados a la investigación y al posgrado en prácticamente todas las áreas del conocimiento, es producto de la persistencia, la paciencia y el esfuerzo de diversas comunidades para la institucionalización de prácticas académicas apropiadas para legitimar los espacios de formación, investigación y producción del conocimiento. Fortalecer esos espacios es el desafío rutinario del presente y el futuro de los distintos campos disciplinarios. Y en México, como en prácticamente todos los países, esas prácticas son del interés público, alentadas, apoyadas o inducidas por los gobiernos nacionales a través de distintos instrumentos financieros, organizativos o normativos.  La experiencia mexicana muestra que el CONACYT, el SNI, y el financiamiento público a las universidades autónomas federales y estatales, son las herramientas que han permitido desarrollar un subsistema nacional de formación, investigación y conocimiento.

No es claro que las nuevas reformas puedan apoyar el fortalecimiento de ese subsistema. Hay señales cruzadas provenientes de algunos de los contenidos del nuevo instrumental federal. La práctica eliminación de la biotecnología como parte de las prioridades gubernamentales, la eliminación de los fideicomisos, la centralización burocrática de las decisiones, los recortes presupuestales a la educación superior, forman parte de un ciclo que se antoja complicado para las universidades públicas.  Será un otoño difícil. 

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