Tocar fondo

Adrián Acosta Silva

Adrián Acosta Silva

ESTACIÓN DE PASO
Investigador del Cucea de la Universidad de Guadalajara.

Tocar fondo

La frase es una metáfora elástica, y más en el contexto de la política, donde pareciera no haber profundidad suficiente

El Presidente, la Secretaría de Hacienda, la OCDE, la OMS, políticos del oficialismo, economistas, médicos, analistas simbólicos de la vida pública, suelen utilizar la frase “ya tocamos fondo” para referirse a una situación límite, una crisis cuyos efectos más corrosivos ya pasaron. Es por supuesto una metáfora, una frase coloquial para apaciguar conciencias o para convencer a otros de que las cosas ya no pueden estar peor, de que en adelante lo que sigue es la recuperación de lo que sea: la economía, la salud pública, el ánimo, la seguridad. Son palabras políticamente correctas para inyectar optimismo, alentar expectativas, devolver la confianza.

El problema es definir cuál es el fondo, cómo lo podemos medir. Borges decía que “hay profundidades sin fondo”, que tocar fondo es una expresión ambigua dado que, “como el espacio es infinito, podemos seguir cayendo indefinidamente”. Paul Auster afirmaba que el fondo de las cosas es como lo peor de las cosas: un término elástico.  Tocar fondo significa que tocamos el suelo, algo por debajo de la superficie de las cosas, un límite que ya no se puede traspasar. Sin embargo, la frasecilla una y otra vez termina por contradecirse. El fondo puede ser más profundo de lo que se imagina o se cree. No puede anticiparse; solo puede medirse después de las crisis.

El tema viene a cuento por la situación sanitaria y económica que atravesamos. Estancados en las horas bajas del consumo, la productividad, la caída histórica del PIB, el desempleo, el número de contagios y muertes, el presidente afirma que “ya tocamos fondo”, y lo que viene una recuperación rápida “en el próximo trimestre”.  Habituados a las representaciones gráficas de los datos de la crisis, vemos publicadas todos los días curvas, picos y valles que ilustran cifras, tasas de crecimiento, índices, temporalidades, territorios, colores de gravedad de la situación (rojo, naranja, amarillo, verde), relatos optimistas o catastróficos de la gestión gubernamental de la pandemia. Es el extraño lenguaje de la crisis.

Pero nada garantiza que el fondo ya se haya tocado. Las aguas profundas de la crisis son multidimensionales, confusas, complejas. El desempleo formal e informal de millones es difícil de medir y a veces siquiera de estimar. La ruptura de las cadenas productivas llevan mucho tiempo en repararse. La educación es un territorio de confusión gobernado por la incertidumbre. Las lecciones del pasado remoto y reciente muestran que la destrucción económica y la desconfianza política o social pueden ocurrir en períodos muy cortos, a gran velocidad: dos guerras mundiales, las crisis financiera de 1929, la crisis de la deuda de los 80´s,  el “efecto tequila” de 1994-1995, o la de 2008-2009, terremotos, sequías, inundaciones. Pero lleva un tiempo considerablemente mayor recuperarse de sus efectos. La rapidez es el signo de la crisis; la lentitud, el de la recuperación.

La ilusión del fondo es además relativa. La desigualdad  preexistente de las condiciones y contextos sociales explican cómo el impacto de la crisis es muy distinta entre estratos sociales, poblaciones y territorios. La tradicional vulnerabilidad de los sectores más pobres se agudiza, mientras que las clases medias reducen expectativas para sortear en mejores condiciones las adversidades. Las élites que tradicionalmente habitan los exclusivos salones  de la riqueza, suelen fortalecer sus posiciones de poder y prestigio frente al resto. Las crisis, lo sabemos, incrementan dramáticamente las brechas y fracturas de la desigualdad social.

La plasticidad es una propiedad del fondo; nunca es un suelo parejo, duro, sólido.  Es un pantano de aguas lodosas e inestables, arenas movedizas que pueden dejar atrapados a gobiernos y sociedades por un largo tiempo, acumulando tensiones, pasiones e incertidumbres. El fondo es la representación de un lugar imaginario, una metáfora marina (profundidad/superficie), o religiosa (cielo/infierno) que alimentan muchas filosofías de farmacia relacionadas con el bien y el mal, la condena y la salvación. “Tocar fondo” o “lo mejor está por venir” son frases toda-ocasión de políticos y funcionarios, de curas y fieles, de terapeutas y enfermos.

Pero también es una metáfora política, útil para narrativas optimistas que alimentan la sensación de que todos, en algún momento, flotaremos hacia algún lado, aunque tampoco se sepa muy bien que signifique eso. Invocar cualquier fondo real o imaginario supone también la representación de una superficie imaginaria, luminosa, tranquilizadora de la vida social. En este mundo simbólico, los escepticismos de Borges o de Auster son recursos de realismo químicamente puro, a los que puede agregarse el sonido metálico que nos regala el Licenciado Cave en “Oración idiota”: el fondo es la estación terminal donde todos nos podremos reunir.  

Adrián Acosta Silva
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