En recuerdo de René Avilés Fabila en su ochenta aniversario

El escritor nos dejó lecciones de literatura punzante y periodismo valiente

a nuestra siempre querida Rosario

El pasado 15 de noviembre hubiera cumplido ochenta años el notable escritor y periodista René Avilés Fabila, cuya sorpresiva muerte cuatro años atrás nos ha dejado un muy profundo pesar, sólo amainado por su vívido recuerdo. Si no siempre es fácil viajar con otras personas, con Rosario y él hicimos, Susana y yo, memorables excursiones por países y ciudades que en su mayoría descubrimos juntos, como la de un año antes a Grecia y a Turquía donde nos volvieron a sorprender su energía y su vitalidad, que ni en los calores más extremos flaqueaban. Un gozo adicional fue experimentar su admiración en la Acrópolis y frente al Partenón en Atenas, o en la no menos deslumbrante y seductora Estambul, o ante el revelador arte minoico en Heraclión en Creta, o mirando esa maravilla que es la Biblioteca de Celso en Éfeso, o incluso ––superando su fobia a las alturas–– en un asombroso viaje en globo al amanecer el Capadocia. Este y otros felices recorridos por la Europa Central están consignados en un modesto pero sentido homenaje en un triple ensayo que lleva por título Tres tiempos, tres grandes maestros: Rafael Solana, Fernando Vallejo y René Avilés Fabila, contenido en un libro colectivo para el que generosamente nos ha convocado el actor y escritor ––cercano amigo mutuo–– Carlos Bracho.

Una de las más hondas herencias de Rafael Solana, compartimos una misma admiración por su memoria que buscamos contribuir a mantenerla viva ––así lo escribiste en tu generoso prólogo a mi libro sobre él Rafael Solana: Escribir o morir––, y esa complicidad, al paso de los años, se fue haciendo cada vez más fuerte, más intensa, porque de igual modo se convirtió en amigo entrañable, en maestro, en hermano. Luego de haber tenido entrada más que generosa en el suplemento dominical El Búho de Excélsior, ese gran proyecto suyo que enriqueció por más de diez años el quehacer periodístico nacional, con sus secuelas primero de la revista y luego del portal que hacia con sus propios recursos y por amor al arte, sus muestras de cariño y solidaridad fueron muchas y crecientes por más de tres décadas.

Su literatura a la vez imaginativa y punzante, ya referencial por su singularidad y su ingenio, por su vitalidad y su humor cáustico dentro de una tradición más bien proclive a la solemnidad y a un realismo a ultranza, tendrá que ir ganando con el tiempo el lugar que se merece. ¿Quién duda ya que El gran solitario de Palacio o Tantadel o La canción de Odette o Réquiem por un suicida son clásicos de nuestras letras? Su legado es prolífico y variado, con tantas tonalidades como las tenía su personalidad y su inteligencia seductoras, y sus muchos lectores quisiéramos verla publicada, como un todo, como un más que justo homenaje, y tendría que ser en el Fondo de Cultura Económica, alguna vez su casa, si bien creo que para ese propósito tendrán que soplar mejores vientos.

Una lección sigue siendo su periodismo valiente y frontal, sin estridentismos ni mucho menos concesiones, congruente con lo que pensaba y en lo que creía, a favor de aquellas causas justas por las que consideraba había que luchar con denuedo, y que le hicieron muchas veces un escritor incómodo, pero también muy leído por quienes veíamos en tu implacable crítica un signo indispensable de vitalidad. En el periodismo, como en la literatura, fue un maestro, un incansable oficiante por más de cincuenta años, y esas lecciones están consignadas en sus varios libros de memorias y en documentos de gran valor como La incómoda frontera entre el periodismo y la literatura, hoy ya un libro de texto en las universidades que imparten la carrera, como la UAM donde fue fundador y maestro emérito. 

Censurado con sus dos primeras novelas: Los juegos y El gran solitario de Palacio, por decisión de un ciego y sordo establishment tanto cultural como político, cuando muy pocos se atrevían a escribir sobre ciertos temas y de la manera en que él sabía a hacerlo, qué duda cabe que esa acidez de su pluma fue causa de que no recibiera en vida los reconocimientos que merecía, si bien tuvo otros que quienes lo querían y admiraban promovieron en gratitud a su generosidad sin par. ¡Lo más preciado es nuestro talento creador, por qué escatimarle el reconocimiento que merece!

Maestro devoto y no menos desprendido, que sembró en tantas generaciones de escritores y periodistas, desgraciadamente no todas las veces recibió la respuesta de agradecimiento que él sí tuvo a manos llenas para con tus mentores y colegas mayores, entre otros, Rulfo, Revueltas, Bonifaz Nuño o el mismo Solana. El Búho fue, sin excepción, un lugar de encuentro maravilloso entre los mayores y los jóvenes, entre quienes consideraba ya habían hecho una obra no siempre reconocida del todo y aquéllos todavía imberbes que en ese extraordinario espacio cultural tuvimos su amistoso espaldarazo. Entre lo mucho que vivimos con don Rafael, nunca se cansó de decir que su influencia había sido determinante para que le dieran el Premio Nacional de Periodismo, pero todos sabíamos que era un reconocimiento más que merecido a un muy valioso trabajo no sólo periodístico sino de promoción de la cultura, que fue otra de sus quijotescas empresas, y para prueba sólo algunos botones: en la universidad (la UNAM y la UAM), con el Museo del Escritor, con la Fundación que lleva su nombre, con el apoyo de su extraordinaria compañera de viaje que por amor pero también por convicción hizo suyas sus causas.

Sobre su estimable obra he escrito mucho y sin duda lo seguiré haciendo con placer y con deferencia. De igual modo un sibarita empedernido, que vivió la vida como quiso y por lo mismo fue un maestro también en esa materia, disfrutó a plenitud las gozancias que le dan sentido a la existencia. Hombre culto y sabio, con un gran sentido del humor, era un gozo viajar con él, comer y beber sin titubeos, apreciar las herencias más dignas de esta condición humana nuestra por desgracia casi siempre más proclive a la destrucción y al canibalismo: “homo hominis lupus”. Fue un triunfo para mí, recuerdo, propiciar su reencuentro con nuestro también muy querido y admirado Fernando Vallejo, otro de mis grandes maestros en este correr sinuoso de la vida. Y como la vida es de estelas, la suya fue extensa y provechosa, como hijo, como esposo, como hermano, como amigo, como maestro, y Rosario e Iris son para Susana y para mí parte de ese legado invaluable.

Mario Saavedra
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