Podcast CAMPUS
Al aire

El vicio de leer y en defensa del placer del conocimiento

El nuevo volumen convoca a los lectores insumisos a ejercer la soberanía lectora

En estos días ha comenzado a circular mi nuevo libro, uno más entre los demasiados, que lleva por título El vicio de leer, y por subtítulo Contra el fanatismo moralista y en defensa del placer del conocimiento. Lo publica el sello Laberinto Ediciones, con las buenas artes de Esteban Ascencio y su equipo y que antes ha publicado otros libros míos, y entre ellos, Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela, que, en seis años, ha visto ya su cuarta edición aumentada y definitiva y que es, en muchos sentidos, el hermano mayor de Escribir y leer en la universidad, publicado en Anuies en noviembre de 2019.
Me alegra que este libro ya esté al alcance de mis lectores y también de mis detractores. Gabriel Zaid escribió en cierta ocasión que una buena e inteligente costumbre es leer los libros de los autores con quienes estamos en desacuerdo. Yo sigo esta divisa.

Dicho esto, adelanto algo de lo que encontrarán los lectores en El vicio de leer (Laberinto Ediciones, 2021). Entre todos los libros que he escrito y publicado sobre el tema de la lectura, que no son pocos, considero éste un libro de emergencia, no sólo porque lo escribí a lo largo de estos meses de confinamiento producto del covid-19, sino, y sobre todo, porque la cultura escrita está en un momento de gran riesgo no únicamente por la crisis editorial que trajo consigo la pandemia, sino también por el resurgimiento de la epidemia ideológica y moralista, esa que ve en los libros no tanto sus virtudes literarias como sus posibilidades de uso para el adoctrinamiento político, sobre todo entre aquellos lectores que, cándidos o no, están dispuestos a creer ciegamente que los libros (y, con ellos, los autores y los lectores) deben estar al servicio del poder y sus delirios. De pronto, en México, hasta los periodistas antes críticos del poder y esos delirios eligieron la comodidad acrítica o, peor aún, el servicio matraquero de genuflexiones y loas al poder, porque su vieja crítica no era contra el poder, per se, sino contra el poder del que no formaban parte. La revolución les hizo justicia y ahora adulan o se hacen de la vista gorda para terminar su trayectoria crítica en “el lado correcto de la Historia”, del lado de Danton y Robespierre en el Comité de Salvación Pública.

No. Los libros no deben esclavizar a los lectores en una determinada ideología, creencia o “convicción”. El mayor valor de los libros es hacernos libres porque, por principio, liberan el pensamiento de ideas fijas y militantes. Quienes tienen al texto como fundamento, como un instrumento catequístico y no como un lugar de libre pensamiento y de placer, son peligrosos, y lo han sido en todo tiempo y lugar. Cuando se pierden de vista el placer estético y el gozo del conocimiento, cualquier libro (incluido el mejor) puede servir para justificar cualquier cosa: los fundamentalismos del poder, por ejemplo, ese poder que sólo acepta los libros a condición de que lo enaltezcan. Y es muy triste saber que hay personas que leen y que escriben que están dispuestas a obedecer un mandato por encima de los valores espirituales de la lectura, el placer y el gozo del conocimiento.

Los libros que no nos liberan, nos atan, y a veces esas ataduras las ponemos nosotros mismos al momento de leer. Por ello, este libro está dedicado a la memoria de Stephen Vizinczey (1923-2021), el gran escritor húngaro en lengua inglesa, autor de la obra maestra novelística En brazos de la mujer madura y del alto ejemplo de crítica literaria y ensayo Verdad y mentiras en la literatura. Stephen Vizinczey murió en Londres el 18 de agosto de 2021, a los 88 años y fue un escritor y un ciudadano incorruptible: no se dejó intimidar ni por el poder político de los comunistas húngaros en connivencia con el estalinismo ni por el poder de capitalista de la industria editorial y ni siquiera por el miedo a la muerte.

Por ello le dedico este libro a él, y a su entereza y fortaleza, que nos dejó esta enseñanza esencial no sólo literaria sino vital: “Hay dos clases básicas de literatura. Una te ayuda a comprender, la otra te ayuda a olvidar. La primera te ayuda a ser una persona libre y un ciudadano libre, la segunda ayuda a la gente a manipularte”. ¡Y cuántos que son manipulados por el poder hoy se siente hasta orgullosos de ello porque, como es claro, están acompañados de otros iguales a ellos! Ya vendrá el fin de su brevísimo tiempo en esa Jauja y entonces apostarán a que olvidemos sus actos, y como la memoria de la gente, en general, es corta, conseguirán su objetivo, pero hay quienes tenemos, además de una memoria no muy mala, el apoyo de una excelente hemeroteca que da cuenta de sus virtudes y de su ignominia.

Fabricar lectores
En El vicio de leer dialogo sobre la lectura, el arte, la vida y la enajenación política, esta última siempre interesada en torcer el rumbo de la libertad estética para que el arte y los artistas se pongan al servicio del poder como soldados, como “pueblo uniformado”, diría el clásico, pero en este caso uniformado por una sola idea: la del control de todo.

Me refiero en el volumen a la imposibilidad de fabricar lectores (¡cuántos regímenes despóticos no han soñado con esto y algunos lo han puesto en práctica!); también, a la literatura elitista y a la supuesta “literatura para el pueblo”, a la literatura de libros con mensaje (obviamente ideológico), a la lectura placentera, que tanto les escuece a los poderes y a los ideólogos del poder, porque el placer es incontrolable; asimismo, a la masa, al individuo y al poder, al placer de la lectura en Karl Marx, a la falacia de los libros caros mediante la cual el Estado y el gobierno publica libros que le convienen políticamente y los regala para el adoctrinamiento.

También ocupo algunos espacios para los promotores y mediadores, que pueden estar de un lado o del otro: del lado para ayudar a los lectores a hacerlos personas libres y ciudadanos libres, o del lado de hacerlos manejables para que se les manipule, como bien dice Vizinczey. Otros temas son la prohibición de los libros y los escritores y la tentación del poder. Por mencionar varios de ellos.

El primer epígrafe de El vicio de leer está tomado de André Comte-Sponville, una de las inteligencias contemporáneas más lúcidas, y dice así: “Podemos desear aquello con lo que gozamos (se llama placer, y cada cual sabe que hay un gozo del placer); podemos desear lo que sabemos (se llama conocer, y cada cual sabe que hay un gozo del conocimiento, al menos cuando se ama la verdad; y podemos desear lo que hacemos (se llama actuar, y cada cual sabe que hay un gozo en la acción)”.

Este libro invoca y convoca a la soberanía lectora y a los lectores insumisos, bajo la certeza de dos insignes: Friedrich Nietzsche, quien orgulloso escribió: “De todas las cosas buenas que he descubierto, lo que menos deseo perder es la alegría del conocimiento”, y George Orwell, quien nos advirtió: “Si existe un significado para la palabra libertad es el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír”. Asumimos plenamente este derecho.

Deja un comentario


newsletter
campus

Recibe directamente en tu correo electrónico la edición semanal de Campus con los artículos de opinión más destacados sobre el sector educativo y los temas de coyuntura nacional e internacional.

Bienvenido

Contenido exclusivo para suscriptores

CAMPUS

Ingresa a tu cuenta

Regístrate a Campus

Contenido exclusivo suscriptores

Modalidad en línea

  • Examen de Habilidades y Conocimientos Básicos

ESTAMOS PARA SERVIRTE

Mándanos un mensaje para atender cualquier apoyo que necesites sobre el sitio Campus, el suplemento semanal, nuestros productos y servicios.

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en linkedin
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en pinterest
A %d blogueros les gusta esto: