El gusto literario y otros gustos

Juan Domingo Argüelles
Colaborador en Fabulaciones | + posts

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018) y Escribir y leer en la universidad (Anuies, 2019). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

Decir que todas las opiniones son iguales es ignorar el perfeccionamiento que nos brindan la experiencia y la educación

Pensar que no hay malos lectores equivale a dar por sentado que no existen los libros artísticamente malos. En El gusto literario (1931), Levin L. Schücking sentencia: “es una ilusión creer que puede darse un arte que esté más o menos a salvo de una pugna de opiniones”. En este libro, que el Fondo de Cultura EConómica (o tempora, o mores) publicó en español hace 71 años, el sociólogo alemán examina los aspectos relacionados con el gusto de la época, la relación del hombre con las cosas y de qué manera pasan al olvido artistas y escritores que fueron celebérrimos en su momento, en tanto que otros, desdeñados por sus contemporáneos, fueron después revalorados. Schücking explica lo que todavía mucha gente no entiende, incluida aquella que es parte del “medio literario” o del “ámbito artístico”:

“El arte es una especie de sismógrafo que registra las menores variaciones del estado de reposo espiritual predominante. En las artes, sobre todo en las plásticas, es donde el espíritu de la época adquiere configuración y forma. Una persona dotada de sensibilidad realmente refinada puede descubrir en el arte toda la vida espiritual, tal como ciertos curanderos naturistas afirman leer en los ojos el estado del cuerpo entero”.

Sensibilidad refinada exige Schücking, pero también inteligencia y preparación, esto es, formación estética, y, con todo ello, o pese a ello, no dejarse llevar por la impresión simplista, las ideologías, las antipatías y, sobre todo, por las simpatías. El gusto de una época determinó que Byron (1788-1824) fuera, literalmente, un “superventas” en las primeras décadas del siglo XIX, aunque hoy muy pocos lo lean. Tal vez un día pase esto mismo con Gabriel García Márquez y Haruki Murakami, por ejemplo, y con tantos más que hoy triunfan.

La “pugna de opiniones” a la que se refiere Schücking tiene que ver con muchas cosas, incluidas las perversiones del gusto y la descarada comodidad de citar, para el caso, dos máximas clásicas que sacan a cualquiera de un apuro: “en gustos se rompen géneros” y “sobre gustos no hay nada escrito”. Cabe decir que, así como hay buenos gustos, los hay también malos, y si bien es fácil evadir una discusión aceptando que “sobre gustos no hay disputa”, no debemos olvidar que el gusto también se cultiva en las artes de entender, apreciar, saber, conocer y, sobre todo, distinguir. De otro modo no habría preeminencias.

Quienes dicen que sobre gustos no hay nada escrito es porque no han leído ninguno de los muchos libros que existen al respecto, desde la Fisiología del gusto (1825), de A. Brillat-Savarin, hasta el mismo El gusto literario, de Schücking, pasando por otros cientos de títulos que se refieren a los buenos y a los malos gustos. Aceptar que todos los gustos sean “respetables”, para mantener la cordialidad, la moderación, la paz y la urbanidad, no quiere decir que todos los gustos sean equivalentes. En su Nueva guía de descarriados (1977), José Fuentes Mares mostró su desacuerdo por el hecho de que la gente pretenda zanjar una discusión aseverando que todos los gustos valen lo mismo sin tomar en cuenta que en los gustos intervienen importantes factores como la sensibilidad, la inteligencia, la educación, la formación cultural y artística, las experiencias y un largo etcétera que hacen la diferencia entre admirar a Picasso y no admirarlo, entre embobarse con un libro ramplón y no hacerlo.

Y regresando al término “respetable”, en su estricto sentido (“digno de respeto”), no conozco, por cierto, a nadie respetable que diga que la poesía de Pessoa (un genio, sin duda) no le gusta, o que le parece mala o que no le resulta sublime y, en cambio, se alboroce asegurando que Amado Nervo vale más que mil Pessoas y, por si fuera poco, que su gusto (es decir, su palabra) es la ley. Sin embargo, debe haber gente por allá, en alguna parte del país, los estados, los municipios, los pueblos y caseríos que crea de veras esto y que, además, se vanaglorie de su gusto. Y, por si fuera poco, ¡sin haber leído realmente a Pessoa!

En su Fisiología del gusto, Brillat-Savarin sentencia: “Puede llegarse a cocinero; se nace asador”; de donde se concluye que todo arte (incluido el arte de amar, como bien lo demostró Erich Fromm) se aprende y perfecciona, y el gusto es un arte que se refina con la educación. Decir, por ejemplo, que los poemas de Luchi Jiménez son tan buenos como los de Emily Dickinson, revela, en quien lo dice, que no ha cultivado el gusto poético; afirmar que una historieta de Marvel es tan genial como Hamlet, de Shakespeare, lo único que revela es que no se ha leído a Shakespeare. La calidad de los gustos revela la educación estética.

La experiencia es indispensable en el perfeccionamiento. En su célebre Discurso a los cirujanos (1938), Paul Valéry afirmó: “Con toda la ciencia del mundo no se hace un cirujano. Sólo el hacer lo hace. El nombre mismo de vuestra profesión, señores, pone en evidencia este hacer, porque lo propio de la mano es hacer. La vuestra, experta en toques y en suturas, no es menos hábil y ducha en leer, con la pulpa de la palma de la mano y las yemas de los dedos, los textos tegumentales, que hacéis transparentes. […] 
No sólo esto. La mano es filósofa.
[…] La cirugía es el arte de hacer operaciones”. La objetividad, la ecuanimidad y la corrección también están en el gusto perfeccionado que es, a la vez, técnica, habilidad y talento: ciencia y arte que se perfeccionan en quien posee una vocación.

Mas no se crea que el mal gusto, en el arte, es monopolio de los escasos de inteligencia, sensibilidad y preparación. Gente sensible e inteligentísima, ilustrada e ilustre, puede expresar y hasta ostentar perversiones del gusto. Es cierto que “entre más tontos, más audaces” (Augusto Monterroso dixit), pero la inteligencia no evita siempre los abismos de la tontería en relación con el gusto y el disgusto. Monterroso advierte este mal gusto en Nabokov. Escribe: “Leo las conferencias sobre Don Quijote que Vladimir Nabokov impartió durante un tiempo en la Universidad de Harvard, ahora publicadas en libro por sus herederos: Lectures on Don Quixote, y me sorprende la cantidad de tonterías que dice y repite satisfecho, lo que hace sin duda confiado en su bien establecida inteligencia”. Nabokov dedicó todo un curso para denostar la obra maestra de Cervantes, a la cual califica de “historia muy deshilvanada y chapucera, que sólo se mantiene en pie porque la maravillosa intuición artística de su creador hace entrar en acción a don Quijote en los momentos oportunos”.

A Nabokov no le gustaba el Quijote, y acerca de su autor afirmaba que pecaba de “zafiedad literaria”. Para él, ni el caballero ni su escudero tienen gracia alguna. Por ello, Monterroso lamenta, desilusionado: “La inteligencia se casó una vez más con la tontería […]; pienso en los estudiantes de Harvard (que suelen no ser tontos) escuchando embobados al autor de Lolita, y en las autoridades de Harvard sonriendo complacidas”.

Es necesario decir que ni la animadversión ni la simpatía, en relación con las obras y los autores, son argumentos para juzgar la calidad del arte, cosa que suelen hacer tanto los tontos como los inteligentes, tanto los no instruidos como los ilustrados. La seguridad necia de nuestro gusto y el juicio que hacemos sobre los gustos que no son nuestros delatan, muchas veces, nuestras simpatías y antipatías fanáticas o prejuiciosas. Se nos olvida que hay escritores odiosos, y hasta criminales, que son grandes artistas, y que los hay también, en su persona, simpatiquísimos, amabilísimos, unos panes de Dios, pero pésimos artistas.

Que el arte y los artistas nos gusten o nos disgusten por los defectos o los aciertos morales, nada tiene que ver con el arte, sino con el moralismo y, a veces, peor aún con el patriotismo y la identificación ideológica. Solemos confundir la verdad con el gusto; y la suprema verdad, por supuesto, está siempre en nuestro gusto: porque preferimos no razonar.

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