Podcast CAMPUS
Al aire

El futuro de la educación superior: prospectiva o ilusión

Reencauzar su funcionamiento será una tarea que se extenderá más allá del sexenio

Conjeturar sobre el futuro de la educación superior ha sido de moda en esos últimos años. En el tiempo pretérito de los viajes internacionales, me di cuenta, durante una visita a la Universidad de Tsukuba, en Japón, que el campus estaba tapizado por banderolas y anuncios, en inglés y en japonés, instando a los universitarios a imaginar una nueva identidad institucional. Cuando estalló la pandemia, el anhelo por superar un presente desconcertante condujo a arrancar más ejercicios de proyección, tal el auspiciado por la Unesco mediante el proyecto denominado “Futuros de la Educación Superior: pensar más allá de los límites”.

La prospectiva va entonces viento en popa. Las disrupciones acarreadas por el covid-19, sumadas a añejos disfuncionamientos estructurales, inspiraron llamados a “reinventar” la educación superior, en prácticamente todo el mundo. Por el contexto, sin embargo, esos se tradujeron sobre todo en narrativas basadas en aspiraciones. Permitieron otear lo deseable sin arraigar las propuestas de cambio en condiciones de posibilidad.

Las circunstancias en México son delicadas. Desde marzo 2021, las instalaciones de educación superior cerraron sus puertas, respetando las preconizaciones sobre la gestión del covid-19 y se instalaron en una suerte de stand by perdurable. Catorce meses después, pese a la continuidad de las labores de enseñanza e investigación, muchos sujetos, colectivos e individuales, están obnubilados por el retorno a las aulas y la superación de los problemas acumulados durante el extenso periodo de clausura. Han fincado sus expectativas de corto plazo en la reapertura, con oídos sordos a decisiones políticas y normativas, quizás más transcendentales para el futuro que las fechas y etapas del regreso.

En un plano de inmediatez, la ansiada re-ocupación física de los espacios universitarios inscribe el porvenir cercano del sistema en un escenario de salida de crisis. Mediante una encuesta, el INEGI enlistó, entre los disfuncionamientos a atender, el abandono escolar, sobre todo entre los estudiantes vulnerables, la evaluación de los saberes adquiridos y el fortalecimiento de las competencias tecnológicas de los actores universitarios. De manera convergente, los especialistas apuntaron la urgencia de revertir la distensión de la relación de aprendizaje, los efectos psicológicos negativos del confinamiento y las dificultades, anímicas y operativas, que conlleva para todos la reanudación de la presencialidad. Advirtieron la importancia de reorientar algunas dinámicas de desarrollo institucional como la internacionalización y de preservar hábitos positivos adquiridos, durante la pandemia, aunque haya sido por obligación.

En otros escenarios, de mediano y largo plazo, gurús y redes convocaron a refundar la educación superior, con base en abordajes remediales o innovadores. Con afanes de reforma o de revolución educativa, advirtieron que era apremiante reconfigurar la profesión docente, rescatar prácticas exitosas de vinculación e interculturalidad y emprender una reingeniería burocrática para aumentar la efectividad de la gestión. Instaron a ampliar la participación de los académicos al gobierno institucional, aumentar la contribución de las IES a sus entornos y esclarecer cómo proveer servicios suficientes a los usuarios, dada la regulación restrictiva sobre el outsourcing.

Indicaron al respecto que las reorientaciones de las políticas públicas y de la normativa constituyen un encuadre para vislumbrar cambios sustantivos en educación superior. En particular, la publicación de la Ley General de Educación Superior (LGES), el 20 de abril 2021, alineada sobre el proyecto de gobierno de la 4T, planteó el acceso progresivamente libre al nivel y su gratuidad, a partir del año escolar 2021-2022. Esas decisiones implican, potencialmente, un rompimiento con el qué hacer acostumbrado de un sistema educativo público, selectivo y de pago. Generan preocupaciones, debido a la fragilidad financiera del sector, agudizada por las decisiones gubernamentales de austeridad y reducción del gasto en la administración pública, aplicadas desde 2019.

Para quienes hemos vivido la catástrofe educativa de los ochenta del siglo pasado, en donde una combinación letal entre el derrumbe de los recursos presupuestarios atribuidos a las instituciones públicas y una fuerte presión demográfica para el ingreso a ese nivel acarreó un desgaste casi irreversible, la coyuntura que recién estamos viviendo reaviva viejos traumas. El gobierno suscribió el compromiso, en la LGES, de dotar los establecimientos de recursos para alcanzar los objetivos enunciados como prioritarios, vía la apertura de un Fondo. Pero, no informó acerca de la naturaleza, reglas de operación y medios económicos de ese mecanismo. En consecuencia, se ignora si bastará esa iniciativa para concretar un proyecto de educación superior, generoso e incluyente pero, hasta ahora, desligado de estrategias y falto de criterios orientadores.

Los atisbos de que el futuro de la educación superior es sombrío están confirmados por una avalancha reciente de amparos y denuncias contra varias universidades. Agobiadas por restricciones, esas no pagaron a tiempo los sueldos de algunas categorías profesionales, incumplieron arreglos financieros con sus jubilados o no pudieron sufragar los aumentos salariales pactados con los sindicatos. La multiplicación de focos rojos parece revelar que la educación superior está acercándose a un punto de quiebre. A efectos de apaciguamiento, es indispensable consensuar cualquier proyecto de cambio educativo, en vez de enunciarlo a partir de posiciones ideológicas. Pero, ¿hay voluntad de aunar esfuerzos en torno a intervenciones concertadas y planificadas, con una estimación de costos, insumos y resultados factibles o se impondrá una lógica de conflicto, con expectativas de ganancias políticas? Aun en circunstancias propicias, que se antojan improbables por ahora, dejar atrás el marasmo tardará. Reencauzar el funcionamiento de la educación superior será una tarea de largo aliento que se extenderá más allá del ciclo sexenal vigente.

Esas consideraciones remiten a un diagnóstico bastante pesimista sobre la situación presente. Son, asimismo, parte de un alegato pro domo para argumentar porque no pude responder adecuadamente a la invitación girada por el editor de Campus de que, en esta edición conmemorativa, los editorialistas esbozáramos una visión del sistema de educación superior. Elaborarla a partir de la crisis irresoluta, pero abismal, en la que estamos enfrascados me fue imposible. Ante ese intento frustrado por dar forma a un proyecto alterno de educación superior, sólo me queda esperar que los lectores sean benévolos si, en ese artículo, sólo hice de Casandra, o de ave de mal agüero, en lugar de evocar un tranquilizante pero, a mi juicio, ilusorio, futuro promisorio para la educación superior.

Acerca del autor

Sylvie Didou Aupetit
Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav)

Deja un comentario


newsletter
campus

Recibe directamente en tu correo electrónico la edición semanal de Campus con los artículos de opinión más destacados sobre el sector educativo y los temas de coyuntura nacional e internacional.

Bienvenido

Contenido exclusivo para suscriptores

CAMPUS

Ingresa a tu cuenta

Regístrate a Campus

Contenido exclusivo suscriptores

Modalidad en línea

  • Examen de Habilidades y Conocimientos Básicos

ESTAMOS PARA SERVIRTE

Mándanos un mensaje para atender cualquier apoyo que necesites sobre el sitio Campus, el suplemento semanal, nuestros productos y servicios.

ceneval

descargalaversión digital

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on telegram
Share on pinterest
A %d blogueros les gusta esto: