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El futuro de la autonomía

¿Tendrán las casas de estudio que incorporar en sus decisiones a agentes externos como políticos y empresarios?

La autonomía universitaria es una idea, pero también un conjunto de prácticas que han coexistido permanentemente entre presiones externas y tensiones internas. La idea moderna consiste en que la autonomía es un supuesto básico (un derecho) para que las universidades puedan auto-organizarse y auto-gobernarse para fortalecer las libertades de cátedra e investigación como ejes del sentido institucional de la universidad pública contemporánea. Es autónoma respecto del Estado y del mercado, de las fuerzas que desean someter a la universidad a un proyecto o a un conjunto de intereses o dogmas que se consideran de un orden superior o prioritario. La larga historia de subordinación de las universidades medievales y coloniales bajo el dominio de la iglesia católica está detrás de la idea moderna, liberal, de la autonomía.

La autonomía contemporánea descansa en la reflexión solitaria y el debate público, en la organización de dudas y la formulación de ideas más o menos novedosas. Es por eso que el principio maestro de la autonomía universitaria es la autonomía intelectual, el ejercicio del pensamiento libre, la crítica, la experimentación y el escepticismo. En los cubículos, aulas, laboratorios y auditorios, a través de redes y comunidades disciplinarias, coloquios, congresos o seminarios, estudiantes y profesores configuran espacios de diálogo y deliberación que acompañan o preceden innovaciones, cambios o aportaciones a la formación profesional, a la investigación científica o la vinculación institucional. Ese es el largo camino que la autonomía universitaria ha pavimentado lenta y conflictivamente en los últimos cien años.  

Sin embargo, un nuevo ciclo de tensiones entre el gobierno y la autonomía universitaria parece confirmarse en los últimos años. Desde la presidencia de la república hasta gobiernos estatales, desde el congreso de la unión hasta los partidos políticos, se han estimulado conflictos en torno al significado y los límites de la autonomía universitaria. Como ha ocurrido antes en otros contextos, la idea misma de la autonomía es cuestionada desde diversos frentes y por diferentes actores. En la experiencia mexicana, la resolución jurídica de esa idea quedó plasmada claramente en el texto del artículo tercero constitucional con la reforma de 1978, en la que se definió a la autonomía como un derecho, como una garantía a las universidades públicas tutelada por el Estado.

Frente a la turbulencia de la coyuntura, las universidades han comenzado a movilizarse contra los cuestionamientos y las descalificaciones del oficialismo y sus aliados. Esta coyuntura marca los perfiles del futuro de la autonomía universitaria. La agenda en construcción tiene que ver con las tensiones permanentes que habitan las relaciones entre las universidades y sus entornos: financiamiento público, libertad académica, compromiso social, responsabilidad pública, auto-gobierno institucional. Esa agenda marca en gran medida los posibles futuros de la universidad pública mexicana.

Factores demográficos, políticos, económicos y tecnológicos constituyen las variables de contexto que marcarán la intensidad de los temas de la agenda. Un crecimiento constante de la demanda por educación superior, el mejoramiento relativo de la tasa de cobertura, la multiplicación de ofertas públicas y privadas de educación superior, configuran fuerzas que relocalizarán el papel y la pertinencia de las universidades públicas del país. Un crecimiento económico errático, de bajo desempeño, incrementarán las desigualdades sociales y confirmarán el carácter mesocrático de las universidades publicas, sometiendo a un esquema de financiamiento federal deficitario a estas organizaciones. Un mayor intervencionismo gubernamental orientado hacia el control del desempeño obligará a las instituciones a desarrollar estrategias de defensa y negociación de sus autonomías. La digitalización y la inteligencia artificial marcarán cambios en los procesos de formación profesional y el desarrollo de las actividades de investigación en las diversas disciplinas y áreas del conocimiento que se cultivan en las universidades, o presionarán hacia la exploración de nuevos campos científicos y profesionales.

Nuevo significado

El escenario futuro de las universidades será una combinación compleja entre la prolongación de tendencias que ya existen y la aparición de nuevos fenómenos que presionarán por un ajuste al significado y las prácticas de la autonomía. El incremento de una lógica neo-utilitarista sobre la universidad dominará las políticas públicas, y se combinará con las exigencias sobre transparencia, rendición de cuentas, compromiso y responsabilidad social de las universidades. La demanda por educación y aprendizajes a lo largo de la vida, obligarán a las universidades a formular esquemas mucho más flexibles y abiertos para incorporar nuevas poblaciones de ciudadanos (de mayor edad y experiencias) a las aulas presenciales y virtuales universitarias. Los modelos de formación dual con empresas públicas y privadas, el desarrollo de patentes y prototipos, la asociación con organizaciones locales, nacionales o internacionales para el desarrollo e instrumentación de proyectos culturales, serán parte de los nuevos esquemas de vinculación con los entornos sociales.

En este escenario, el cogobierno universitario se modificará sustancialmente. Los órganos colegiados tradicionales (consejos universitarios, colegios académicos, juntas de gobierno) modificarán su composición y funciones, incorporando actores universitarios y no universitarios. Las decisiones académicas y de gobierno dejarán de ser competencia exclusiva de estudiantes, profesores y directivos, para considerar también las voces de gobiernos, empresarios y liderazgos sociales, políticos y culturales. Un nuevo ciclo de tensiones será procesado bajo nuevas reglas y estructuras del poder universitario.

Estos pueden ser los rasgos básicos de un futuro utópico o distópico de la autonomía universitaria. La temporalidad de este imaginario escenario futuro se construye desde ahora y es fruto del pasado reciente, y podría alcanzarse en los próximos diez o veinte años, digamos, hacia el 2030 o el 2040. Como toda visión prospectiva, los escenarios son gobernados por hipótesis surgidas del cálculo y la imaginación, que se alimentan del pesimismo o del optimismo, esos estados de ánimo tan frecuentes cuando se piensa en lo que puede ocurrir en el futuro. No son profecías catastróficas ni pronósticos luminosos. No obstante, pueden ayudar a orientar la reflexión y el debate sobre lo que las comunidades intelectuales y políticas pueden o deben hacer para construir un nuevo significado de la autonomía universitaria para el siglo XXI en entornos dominados desde hace tiempo por la incertidumbre.

Acerca del autor

Adrián Acosta Silva
Estación de paso en Investigador del Cucea de la Universidad de Guadalajara

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