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SUPLEMENTO SOBRE EDUCACIÓN SUPERIOR

24 de octubre de 2020 12:13 AM

Juan Domingo Argüelles

Juan Domingo Argüelles

FABULACIONES
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura.

¿Para qué leer a la velocidad de la luz?

Si para alguien la lectura es una pérdida de tiempo, esto no cambiará leyendo más rápido

En su libro Del clisé al arquetipo (1973), Marshall McLuhan y Wilfred Watson explicaron lo siguiente: “La lectura a una velocidad ordinaria de unos cuantos cientos de palabras por minuto remite la mayor parte de un libro al inconsciente, en tanto que la lectura acelerada a varios miles de palabras por minuto, al recalcar la danza del significado a expensas de la palabra y la sintaxis, es un teatro del absurdo, ya que enfrenta al lector a los clisés del pensamiento”.

Dicho de otro modo: leer a la velocidad ordinaria, que es exigencia y deleite del lector atento, consigue que disfrutemos la escritura en su texto y su contexto; en su textura, esto es, en su trama y su tejido verbal (que no otra cosa es el texto), más allá del significado o la anécdota que contiene lo escrito.

Todo texto (una novela, un cuento, un poema, un drama, una comedia, una prosa poética, un ensayo, etcétera) es, por encima de todo, un “artefacto verbal” que no se reduce, jamás, al significado o a la anécdota. Quien únicamente busca significado o anécdota en un libro o en un texto, más le vale leer un resumen, una síntesis o, simplemente, saber en dos palabras de qué trata el libro o el texto, pues, para él, esto es más que suficiente.

En cambio, un lector que de veras desea apreciar en su integridad y en su esencia un libro, un texto, leerá sin prisas, con pausas para detenerse a pensar en lo que está leyendo, con momentos para levantar los ojos de las páginas y gozar en la memoria una idea, una línea, una frase, una palabra y todo aquello que se va integrando a nuestra conciencia estética e intelectual, para poder decir que realmente hemos leído, disfrutado y comprendido un libro, un escrito que no es sólo “información”, a menos, por supuesto, que únicamente leamos documentos técnicos u oficios burocráticos: escritos sin ninguna dimensión estética y con nula complejidad intelectual.

Cuando la lectura de un libro, o de un texto, se hace nada más para desentrañar un significado o para encontrar una anécdota, invariablemente se pierde lo mejor del libro que es, a la vez, lo mejor de la lectura: la forma en que está escrito, las pausas, el ritmo, las inflexiones, los recursos sintácticos, la musicalidad (o no) del idioma, los mecanismos simples o prolijos para decir algo, la poética (o no) del texto, la eficacia para narrar, explicar, filosofar o poetizar.

Nadie puede decir que ha leído ni mucho menos que ha disfrutado un libro porque ha pasado voraz y velozmente sobre las páginas y, al final, su única conclusión es que el libro trata de esto y de esto otro, como si los libros fueran escritos, nada más, para entregarnos un mensaje de cinco o seis palabras. Por ello, António Lobo Antunes dijo, no sin ironía, que la Odisea, de Homero, podría resumirse en una brevísima frase de Ulises: “Mi mujer [Penélope] me está esperando”.

Pero este resumen tan precioso y preciso de Lobo Antunes no equivale a la lectura morosa y amorosa, de la Odisea. A partir de un concepto de Virginia Woolf, Mc Luhan y Watson llegan a la conclusión de que “el mero acto de leer es en sí mismo una experiencia adormecedora y semihipnótica”. De ahí que leer a la velocidad de la luz (hay quienes afirman que pueden leer más de mil quinientas palabras por minuto), después de tomar un curso de “lectura rápida”, deja todo en la superficie y, además, ese ejercicio debería tener otro nombre distinto al de “lectura”.

¿Cuánto tiempo necesitamos para leer el aliterado y genial endecasílabo de San Juan de la Cruz (quizá el verso más hermoso que haya producido la lengua española) “un no sé qué que quedan balbuciendo”? Lo diré: necesitamos un instante, pero también una eternidad. Este solo verso necesita ser leído y releído una y mil veces, y seguiremos asombrándonos del genio idiomático que no únicamente dice lo que dice o lo que creemos que dice, sino que dice siempre más mientras más lo releemos.

La lectura veloz como panacea es otro caso de la “realidad líquida” de nuestro tiempo que tan espléndidamente estudió y definió Zygmund Bauman: una realidad precaria y provisional en la cual no importa el qué, sino el para qué inmediatista. Pasar sobrevolando por las páginas de un libro y despacharlo en media hora es simular la lectura para únicamente llegar a conclusiones generales: y es propio de la gente que no quiere leer, sino haber leído. ¡Así, podemos despachar una biblioteca entera en seis meses, y habiendo “comprendido el cien por ciento” de lo leído, de acuerdo con la promesa “certificada” de los cursos de lectura veloz! Es, de alguna manera, como deshacernos de los libros y de la lectura misma.

Circula en internet un video de unos niños chinos que supuestamente están leyendo y pasan las páginas de los libros en instantes: como robots cuyas manos son tan rápidas como el parpadeo. Uno tiene que suponer que es una caricatura, una parodia, pero parece que no lo es. En todo caso, es un “teatro del absurdo” como lo definieran McLuhan y Watson en Del clisé al arquetipo. La moda de la Speed Reading o lectura veloz, nacida en Estados Unidos hace poco menos de un siglo, promete, en el ámbito educativo, cuatro cosas: “leer más rápido (mil o más de mil palabras por minuto), para comprender más y mejor”; “aumentar la memoria para pensar más rápido”, “estudiar con mayor provecho, para ahorrar días, semanas y hasta meses” y “aprobar exámenes sin grandes esfuerzos, para sacar mejores notas”.

Pero si ya tratando de leer a un ritmo normal (doscientas palabras por minuto o menos), los estudiantes no comprenden nada, sobrevolando las páginas compren menos que nada. ¿Y para qué se querrá “ahorrar días, semanas y hasta meses” al estudiar con el método de la Speed Reading? No se sabe para qué, pero puede suponerse: ¡para dejar de estudiar al despachar un libro de doscientas páginas en una hora!

Será tal vez por esto que, cada vez, más profesionistas con posgrados y altas especializaciones no saben redactar una oración simple ni son capaces de realizar el resumen de un libro. Y, seguramente, por esto mismo, muchísima gente cree, cada vez más, que se lee un libro o un texto para únicamente hallar un significado: ¡de qué trata el libro!, como si esto no se pudiera saber sin leerlo: yendo, nada más, a una enciclopedia o a un manual.

La lectura inteligente es otra cosa: se lee para apreciar y comprender, en toda su dimensión estética e intelectual, una obra, así sea científica e incluso técnica. En el caso de las humanidades, se lee un libro no sólo para “saber” e “informarse”, habiéndolo “comprendido”, sino también para ver, percibir, conocer, contemplar y, con frecuencia gozar, cómo están puestas ahí las ideas, como se entretejen y complementan las palabras, cómo crean ritmo los recursos idiomáticos, cómo una frase nos demanda permanecer en silencio no un minuto ni dos, sino más tiempo, para comprenderla y disfrutarla, cómo una metáfora o una imagen, en el caso de la poesía o de la narrativa literaria, nos revelan un mundo hasta entonces ignorado.

Por supuesto, hay libros que no tienen ninguna gracia ni entrañan ninguna dificultad ni están hechos para leerse con el disfrute del idioma y sus recursos retóricos, poéticos, filosóficos o narrativos. Pero (con excepción de los textos indispensables de la escuela o de la universidad), en este caso, yo diría que tampoco hay que perder el tiempo leyéndolos, así sea con métodos de lectura veloz. No hay que leernos, simplemente, ¡y no se pierde nada!

*Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018) y Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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