Asignaturas o campos formativos ¿es ese el dilema?

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La propuesta de la SEP que plantea una nueva estructura para la formación básica hace eco de otras propuestas en el pasado de aglutinar las materias en áreas disciplinarias o ejes formativo

El documento “Marco Curricular y Plan de Estudios 2022 de la Educación Básica Mexicana”, suscrito por la Dirección de Desarrollo Curricular de la SEP y dado a conocer, para su consulta y aportaciones, en el primer trimestre del año, se inicia con un apartado introductorio en que se presentan los rasgos fundamentales de la propuesta de transformación curricular.

Ahí se indica que “se plantea una estructura de campos formativos, en lugar de asignaturas, que favorecen la integración del conocimiento”. También que “se han incorporado un conjunto de ejes articuladores relacionados con la igualdad de género, la interculturalidad crítica, la inclusión, el pensamiento crítico, la educación estética, la vida saludable, y el fomento a la lectura y la escritura”; que el modelo se propone “transitar de grados escolares al establecimiento de contenidos por fases de aprendizaje” (págs. 5 y 6).

La lectura de esas aseveraciones llevó a pensar que el nuevo currículum de educación básica que está construyendo la SEP implicaría reemplazar las asignaturas por campos formativos y sustituir los grados escolares por fases de aprendizaje. Se ha aclarado que eso no es precisamente así, sino que se trata de construir una estructura curricular de orden dual, en la que permanecen las asignaturas pero se agrupan en campos formativos y que persisten los grados escolares pero los aprendizajes son identificados a través de las fases que el modelo propone. Algo por el estilo.

También se ha dicho, en las presentaciones de las mesas de análisis y en conferencias a cargo de especialistas afines al proyecto, que el planteamiento curricular representa una auténtica innovación pedagógica a través de la cual, se supone, se conseguirá que la educación básica forme en estudiantes auténticamente comprometidos con la problemática de sus comunidades e inculque en ellos significados y valores que puedan ser vinculados con tradiciones, saberes, relaciones y procesos de sus comunidades (pág. 77).

Sin ánimo de polemizar con esas afirmaciones, no resulta ocioso hacer un somero recuento de las ocasiones en que se ha propuesto la articulación de las asignaturas de primaria y secundaria en agrupamientos por áreas disciplinarias o ejes formativos, cuáles han sido las fórmulas propuestas en distintas etapas y cuáles los obstáculos de implementación que impidieron la estabilidad de las mismas.

Probablemente el primer intento formal de articulación de materias por áreas de conocimiento en la educación básica se remonta a la propuesta desarrollada por el Consejo Nacional Técnico de la Educación (CONALTE) creado en 1957. En el sexenio de Adolfo López Mateos (1958-1964) la política impulsada por el secretario de Educación, Jaime Torres Bodet, en segundo periodo al frente de la SEP, buscó articular varios elementos: un programa de expansión acelerada de la educación primaria y secundaria, que sería conocido como Plan de Once Años; la reforma de planes y programas de estudio, cuyo diseño se encomendó al CONALTE; la producción de libros de texto gratuitos y la reforma de la educación normal. La propuesta del organismo consistía, según lo documenta José Antonio Carranza, para la educación preescolar cinco áreas: a) protección y mejoramiento de la salud física y mental; b) comprensión y aprovechamiento del medio natural; c) comprensión y mejoramiento de la vida social; d) adiestramiento en actividades prácticas, y e) expresión y actividades creadoras. La primaria debía tener unidad y organizarse en seis áreas: a) protección para la salud y mejoramiento del vigor físico; b) la investigación del medio y el aprovechamiento de los recursos naturales; c) la comprensión y el mejoramiento de la vida social; d) las actividades creadoras; las actividades prácticas y f) la adquisición de los instrumentos de la cultura, lenguaje y cálculo (J. A. Carranza, 100 años de educación en México 1900-2000, editorial Noriega, 2003). En secundaria se mantenían, como tales, las asignaturas aunque su número se reducía a seis por año se incrementaba práctica de actividades artísticas y tecnológicas.

La propuesta derivó en la reforma de los planes y programas de la educación básica puesta en marcha a partir de febrero de 1961. Al término del sexenio, en 1964, la SEP publicó el volumen “Programas de educación primaria aprobados por el Consejo Nacional Técnico de la Educación” en que se razona en torno a la orientación y contenido de las áreas de estudio: “La estructura del programa aparece distribuida en dos grandes grupos: las metas y las áreas; las metas responden a la unidad requerida por el texto constitucional; para las áreas se ofrece el conjunto de experiencias y actividades encaminadas a lograr el aprendizaje, base del trabajo escolar de cada año de la educación primaria. Enseguida, el documento describe detalladamente las características y posibles actividades que deben realizarse en cada una de las seis áreas.” (E. Meneses, Tendencias educativas oficiales en México, 1934-1964, Porrúa, pág. 480).

En el periodo se incrementó el número de escuelas normales, en virtud del numeroso cuerpo docente requerido por el programa de expansión de la educación básica; asimismo se reformó la enseñanza normal para adecuarla al nuevo planteamiento curricular. La normal “quedó reorganizada en dos etapas: una cultural vocacional de un año y otra profesional de dos años. Las asignaturas se redujeron a tres por semestre, con insistencia en las prácticas y el estudio dirigido” (P. Latapí, “Reformas educativas de los últimos cuatro gobiernos: 1952 a 1975”, Comercio Exterior, diciembre 1975).

No obstante la intención del titular de la SEP, así como los empeños del CONALTE para modificar la estructura curricular de la educación básica impulsando la organización de la enseñanza aprendizaje en torno a las áreas de conocimiento referidas, lo cierto es que durante la década de los sesenta se preservó la docencia por asignaturas y la evaluación de conocimientos por materias. Ello no resta mérito a la significativa obra educativa de Torres Bodet, pero el propósito de una reorganización a fondo no habría de cumplirse a cabalidad. Habría un segundo intento relevante en la reforma educativa del sexenio de Luis Echeverría. Lo revisaremos la semana entrante.

Acerca del autor
Roberto Rodríguez Gómez
UNAM Instituto de Investigaciones Sociales | roberto@unam.mx

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