Suplemento Campus

Juan Domingo Argüelles

Juan Domingo Argüelles

FABULACIONES
Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura.

Campus 858

La industria del libro y la biblioteca personal

En tiempos de pandemia muchos declaran que ha llegado el momento de deshacerse del ejemplar impreso

La pandemia del covid-19 ha afectado a la economía en general y, como es lógico, esta afectación ha sido más severa con algunas industrias en particular: entre ellas, la industria del libro y, exactamente, la cadena completa del libro tradicional integrada por autores, editores, impresores, diseñadores, ilustradores, traductores, correctores, distribuidores, libreros, promotores, papeleras… En Europa, donde los editores no recurren mayormente a los apoyos del Estado para subsistir, hoy ya existe toda una organización de sellos editoriales, sobre todo medianos y pequeños, que piden la subvención estatal para poder enfrentar esta crisis inédita. Y queda claro que los Estados de la Unión Europea tienen no sólo la responsabilidad de atender este llamado, sino también la obligación de patrocinar el retorno exitoso de la industria editorial y de la reinserción del producto libro al mercado, pues la cultura y, especialmente, la cultura impresa es fundamental para el desarrollo educativo y social de las naciones. (No se niegan los beneficios de internet, pero internet no lo es todo.)

Si esto ya se está haciendo en Europa, en América Latina deberá de asumirse también como una responsabilidad ineludible por parte de los Estados que, más de una vez, han utilizado el discurso populista de que son los editores (“¡que ganan tanto dinero!”: exclamación de político populista) los que deben dar apoyo al Estado. Así ha funcionado por décadas este discurso a la par mendicante y chantajista, por parte del Estado mexicano, y que ha continuado incluso hoy en la forma de un “derecho de piso”, esa modalidad de extorsión, propia de los cárteles que te dejan trabajar (más allá de que pagues impuestos) siempre y cuando “te caigas con tu cuerno” y, además (ahí está el chantaje) “para que no te pase nada”. En su ensayo “Pidiendo para libros” (Plural, 1973), Gabriel Zaid se refirió con lucidez a esta herencia priista que está en el ADN incluso de los que dicen detestar al priismo.

Por ejemplo, en el sexenio de Vicente Fox, cuando se inauguró la Biblioteca Vasconcelos, se recurrió a los editores, nacionales y extranjeros, para que “donaran” libros (los más y los mejores que pudieran) para llenar el recinto con lo principal: ¡los libros mismos! Todo lo demás (y también cierta cantidad de libros) lo compró el gobierno; pero, aunque compró losetas, cemento y alfombras, no recurrió a las empresas loseteras, cementeras y textileras para que también le regalaran otra proporción de losetas, cemento y alfombras. Esto, se entiende, que hay que comprarlo, ¡pero los libros los pide regalados!

Esto sucede, dice Zaid, porque el libro no le importa a nadie, mucho menos al Estado: es un objeto simbólico hasta para una bibliotecota. Por ello, en lugar de destinar un presupuesto suficiente para adquirirlo y así, además, fortalecer a la industria nacional del libro, en bien del país, puesto que sin libros una buena parte de la cultura es imposible de desarrollar, se busca a los empresarios editoriales para que le regalen su producto al Estado. En este nuevo gobierno, Educal (empresa del Estado) usó el “derecho de piso” para que los editores, con los que Educal tenía adeudos, aceptaran, como finiquito de la deuda, el 80 por ciento y no el 100 por ciento del pago al que el gobierno mexicano estaba obligado. Se planteó, eso sí, como el apoyo voluntario a fuerza que los editores dieron a la cultura en la Cuarta Transformación.

Lo que escribió Gabriel Zaid hace casi medio siglo es como si lo hubiese escrito hoy, porque las cosas siguen igual: el Estado cree que los empresarios (todos en general, pero también los del libro) deben apoyar al gobierno, en vez de que éste los apoye a ellos porque sin ellos no hay ni inversiones ni fuentes de empleo ni economía sana ni gobierno estable. Escribió Zaid en marzo de 1973, como si lo hubiera escrito en julio de 2020:

“Cabe hablar de un desprecio de todos los trabajos que tienen que ver con el libro. Mucha gente del gremio así lo siente, y con razón: parece que escribir, editar, etcétera, no da más que obligaciones. Cuando un escritor pide dinero en vez de compensaciones simbólicas, parece un horrible prevaricador. Cuando un librero protesta por el robo de un libro, es un odioso capitalista que no comprende el apetito heroico de lectura. Cuando un bibliotecario pide medios para desempeñar su trabajo, ya no digamos un buen sueldo, parece un insolente: favor se le hace con que tenga chamba. Los editores, libreros, escritores, bibliotecarios (a diferencia de los panaderos, dentistas, etcétera), están para ayudar. Su trabajo no tiene valor económico”.

Si los altos funcionarios y burócratas son los primeros que creen esto, el “pueblo bueno” termina también por creerlo, satanizando a la empresa privada; y como el actual es un “gobierno de austeridad” (al que no le importa que la austeridad mate), se le pide al empresario del libro que apoye al gobierno aflojando el cuerpo, para que los burócratas y los jerarcas de la burocracia recauden el “derecho de piso”: esos burócratas chicos y grandes que lo son, ¡precisamente!, por trabajar en la burocracia, esto es en el gobierno, aunque algunos “inocentes” (que austeramente ganan casi 100,000 pesos mensuales) digan que son militantes y no burócratas, como si no supieran que sus sueldos no los paga el partido, sino el gobierno.

Por si fuera poco, mucha gente desinformada ha llegado a decir que bien pudiera ser éste el momento (“la coyuntura ante la crisis pandémica”) para deshacernos de lo impreso y aprovechar las “ventajas” que posee lo digital. Al igual que los burócratas que se dicen militantes, esa gente necesita informarse, pues a pesar de que los dispositivos electrónicos para almacenar y leer libros son sin duda muy útiles, hasta el momento, en la mayor parte de los países, y especialmente en los países de habla española, el libro tradicional o físico, el impreso en el soporte de papel, sigue siendo la mejor forma de preservar y transmitir la cultura escrita. La facturación del e-book en los países de lengua española no llega ni a 5 por ciento.

Por ello, no es el momento de deshacernos de los libros físicos, sino al contrario: es la coyuntura (con las lecciones que nos está dando la pandemia, en el confinamiento y la soledad) en la que debemos recuperar la biblioteca personal como herencia indispensable del conocimiento, ante el abaratamiento de las temáticas y los géneros que ofrece la “civilización del espectáculo” (Vargas Llosa dixit), en la que se lee para, básicamente, “divertirse” o “entretenerse”; y todo ello como consecuencia de un mercado que se fue deformando por el nulo interés cultural y educativo de los gobiernos. (Y que ahora el Estado publique libros con dirigismo hacia lo ideológico es también una irresponsabilidad: un dinero tirado a la basura. Leer ideológicamente, dijo Harold Bloom, puede ser peor que no leer nada.)

Por otra parte, muchos de los más importantes libros fueron publicados inicialmente para dos mil o tres mil lectores que todavía leían en serio, y que aún los hay; los demás, que devoran esas trivialidades derivadas de YouTube y Facebook, que se venden a pasto, seguirán en su asunto, y es su derecho, pero esto nada tiene que ver con el desarrollo formativo.

Entre las lecciones que está dejando el confinamiento por del covid-19 hay que destacar dos: Estamos ante una crisis de la economía que los políticos y los gobiernos han propiciado y que no saben hoy cómo resolver, porque, en palabras de Rob Riemen, “hay que entender que en los políticos no está la solución a los problemas, porque ellos son el problema”. En cuanto al libro y a la industria editorial, hoy más que nunca, no hay que perder a los lectores serios y exigentes que todavía existen y de los cuales depende el futuro de la lectura como extensión educativa y cultural. Y esta lectura se está haciendo, en el 99 por ciento en México, sobre el libro físico, sobre el libro tradicional en papel. En consecuencia, el futuro de muchos lectores depende, no hay duda, de que exista al menos una pequeña biblioteca universal en casa. “Biblioteca universal”, digo, no colección de retazos ideológicos.

_________

*Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son ¿Qué leen los que no leen? (Océano, 2017, nueva edición definitiva), Antología esencial de la poesía mexicana (Océano/Sanborns, 2017), Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018) y Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

 

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